Pedro García Cuartango.ABC

  • El PP ya pagó por el caso Kitchen, que fue la causa aducida por Sánchez en su moción de censura

El significado etimológico de ‘corrupción’ hace referencia a la acción de romper, alterar o destruir. Lo que se daña es el orden moral en beneficio propio, según la acepción latina. No hay más que leer a Suetonio o Tito Livio para darse cuenta de que la corrupción fue una de las causas del declive de Roma. «Corruptio optimi pessima», rezaba el viejo aforismo.

Esto es aplicable tanto al caso Kitchen, que se empezó ayer a juzgar en la Audiencia Nacional, como al ‘affaire’ de las mascarillas que sentará, a partir de hoy, a Ábalos y Koldo García en el banquillo del Supremo. Los dos escándalos tienen un denominador común: que las conductas delictivas no sólo se cometieron al amparo del poder, sino que además fueron negadas y encubiertas hasta que la evidencia hizo imposible el ocultamiento.

Hay siempre en el ejercicio del poder una tendencia a la pérdida de los límites y al abuso de las prerrogativas. Diría incluso que hay una ley no escrita que se puede verificar empíricamente: a mayor tiempo de permanencia en el Gobierno, más aumenta la corrupción. El poder genera anticuerpos para resistir las alternativas.

Ábalos y Koldo no fueron un episodio fortuito ni un caso de deshonestidad individual. Fueron el producto de un sistema. Sin la complicidad de Sánchez, no hubieran podido manipular contratos ni obtener un lucro personal. El presidente no ha asumido ninguna responsabilidad política por su laxitud.

El caso Kitchen es incluso más grave porque toda la maquinaria policial del Estado se movilizó para silenciar a Luis Bárcenas de forma delictiva y mediante métodos mafiosos. Se sientan en el banquillo el exministro de Interior, su número dos, el exdirector operativo de la Policía y varios comisarios, entre los que destaca Villarejo, perejil de todas las salsas.

Da miedo pensar que quien tenía encomendada la seguridad de los ciudadanos utilizó el aparato del Ministerio de Interior para cometer graves delitos. La finalidad del operativo era tapar la corrupción del PP, de la cual Bárcenas tenía pruebas, como personalmente me consta. La pregunta es si todo se hizo con el consentimiento de Rajoy, lo que parece probable, aunque no sea demostrable.

Ciertamente, el PP ya pagó por el caso Kitchen, que fue la causa aducida por Sánchez en su moción de censura. Feijóo estaba muy lejos de este asunto. No se puede decir lo mismo sobre Pedro Sánchez, que sigue insistiendo en su inverosímil teoría de que se enteró por la prensa de la corrupción de Ábalos, Koldo y Cerdán.

Ninguno de los dos casos hubiera sido posible si no se hubieran desmantelado los controles. Nada sucedió por casualidad. El denominador común es que esas conductas delictivas surgieron de una forma de entender y ejercer el poder. Por eso escribió Horacio que, si el vaso no está limpio, el líquido siempre se corromperá.