- Por mucho que el nacionalismo vasco quiera convertirlo en símbolo de su victimismo ideológico, el Guernica trasciende ese estrecho y falseado significado. De otra manera, nunca habría alcanzado el rango internacional que tiene como símbolo mundial de la paz.
Lo que más me ha llamado la atención de los diversos parlamentos del último Aberri Eguna, que siempre conviene oír para recordar lo que es de verdad el nacionalismo vasco, ha sido la comparación que ha hecho el lehendakari entre el posible traslado del Guernica a Bilbao con el del féretro de Franco desde el Valle de los Caídos al cementerio de Mingorrubio.
Literalmente ha dicho: «¿Sacaron a Franco de su tumba en el Valle de los Caídos y no son capaces de traer un cuadro de Madrid a Euskadi?».
Pretendía equiparar dos gestos incluibles en eso que se llama memoria histórica por estar íntimamente relacionados. Pero la verdad es que han sonado como contrapuestos, extraños a más no poder uno del otro.
Más bien, lo que daba a entender es que la solución para el traslado podría ser similar. Es decir, por vía aérea. Para lo cual habría que llevar el cuadro suspendido de un helicóptero desde Madrid a Bilbao, porque no habría aparato aéreo que pudiera meterlo en su bodega sin enrollarlo. Salvo quizás un Antonov ruso, que además sólo podría aterrizar en Vitoria, pero no en Bilbao.
Por lo que he podido consultar al respecto, dadas las dimensiones del cuadro, pretender llevar por el aire un objeto así sería directamente suicida.
Con sus tres metros y medio de alto por casi ocho de largo, produciría un «efecto vela» que imposibilitaría llevarlo colgado, con riesgo total para el aparato que lo intentara. Y eso sin contar con que las vibraciones del motor desintegrarían la pintura del lienzo en pocos minutos.
La comparación del lendakari ha retratado perfectamente al personaje. Pero todo esto pasa porque el nacionalismo vasco está muy mal acostumbrado.
En España, salvo honrosas excepciones de políticos que muy de vez en cuando le dicen las verdades, lo normal es la condescendencia, cuando no la admiración e incluso la pleitesía.
Ya me explicarán, si no, el sentido de aquel aplauso con el que se despidió a Aitor Esteban, el hoy presidente del PNV, de sus labores como portavoz en el Congreso. Ni que fuera Castelar.
Hay un papanatismo generalizado en España hacia los nacionalismos, que es lo que al fin y a la postre les concede toda la legitimidad.
Una legitimidad obtenida a través del respeto a las diferencias, en beneficio de un movimiento político que nunca disimuló sus verdaderas intenciones, pero que en España consigue una consideración que en otras latitudes sería escandalosa.
Se aprecia en todas las facetas de la vida pública, incluidas las culturales.
Autores afectos al nacionalismo que necesitan, que buscan la bendición de España, de Madrid concretamente, vía publicaciones y premios, para aparecer como consagrados en el País Vasco. Y España se la da, lo cual está provocando que en el País Vasco cada vez haya más gente que se sume al nacionalismo.
«Hay un papanatismo generalizado en España hacia los nacionalismos, que es lo que al fin y a la postre les concede toda la legitimidad»
De ello, la elección de Imanol Pradales Gil es el ejemplo supremo.
Un individuo que por ascendencia familiar pertenece al sector de población vasca procedente de la inmigración de otras partes de España, contra la que se alzó el nacionalismo originario como muestra de discriminación y de supremacismo.
Ahora, tras haber sido elegido por los patanegras del partido, pretende encarnar la quintaesencia de lo vasco, con ese tonito que emplea en los mítines imitando a sus antecesores en el cargo, pero que resulta impostado. Porque es una mera copia del original.
Acaba de pronunciarse el ministro de Cultura dando aparente carpetazo a la pretensión del PNV de trasladar temporalmente el cuadro a Bilbao.
Pero nada hace pensar que el nacionalismo vaya a desistir de sus intenciones, como han demostrado en toda su trayectoria política. No sé si vendrá el cuadro de Picasso ahora o dentro de diez años. Pero, si por mí fuera y después de esto, preferiría no verlo nunca en el País Vasco.
Y ello por una serie de razones que paso brevemente a enumerar sin pretender ser exhaustivo, y vaya por delante que ninguna tiene que ver con la de la conservación del cuadro.
1. Porque por mucho que los nacionalistas quieran convertirlo en símbolo de su victimismo ideológicamente interesado, el cuadro, afortunadamente, trasciende con mucho ese estrecho y falseado significado. De otra manera, nunca habría alcanzado el rango internacional que tiene como símbolo mundial de la paz.
Es inimaginable que un PSE o un PP vasco pidieran el traslado, lo cual constituye el hecho más significativo de la política vasca de los últimos cincuenta años: la conciencia extendida entre la gente de que todo lo que se consigue para el País Vasco lo consigue el nacionalismo. Así es como este se ha ido imponiendo, y el antinacionalismo, empequeñeciendo.
Pues, por una vez, que no lo consiga. Y que eso sirva de precedente.
2. Porque sería como confirmar que el arte y la condición personal del artista no tienen nada que ver. Y, por esa regla de tres, nadie entre los que piden el cuadro, y tampoco entre los que rechazan la petición, se quiere acordar ahora de que Picasso maltrataba a sus mujeres.
«La izquierda y el nacionalismo contextualizan en este caso al artista dentro de su propia época. Cosa que no harían nunca con el franquismo, al que consideran el mal absoluto»
La izquierda y el nacionalismo contextualizan en este caso al artista dentro de su propia época. Cosa que no harían nunca con el franquismo, al que consideran el mal absoluto por encima de toda contextualización.
Están reconociendo una vez más, de manera implícita, que toda su ideología feminista está al servicio de sus intereses políticos.
3. Porque se confirmará lo que ya sabíamos: que el Museo Guggenheim de Bilbao sólo es relevante por su continente, pero no por su contenido. Y que el papanatismo que sienten los nacionalistas por lo anglosajón sólo es equiparable al que sienten muchos españoles por el nacionalismo.
4. Porque esto demuestra que el nacionalismo vasco tiene muchas cosas que admirar del resto de España.
Pues bien, que las siga admirando, pero de lejos.
5. Porque el cuadro no se titula Gernika, sino Guernica, que es como se denomina la villa en castellano. Un idioma que también se habla en Guernica de modo mayoritario, como en el resto del País Vasco (esto quizás no tiene que ver con que venga el cuadro o no, pero había que decirlo).
6. Porque vendría una obra uno de cuyos motivos estéticos principales es un toro, que es la representación por antonomasia de España.
Recordemos que las juventudes de la izquierda abertzale han estado demoliendo algunos de los toros de Osborne que quedaban todavía por el País Vasco. El último, el de Ribabellosa (Álava). Antes, otro que había en Tudela (Navarra).
Y nadie del PNV ha dicho nunca esta boca es mía por esos atropellos. Más bien, todo lo contrario.
Lo único por lo que me gustaría ver venir el cuadro de Picasso al País Vasco sería por verlo también cuando saliera de vuelta para Madrid. Pero les prometo que no me importa ahorrarme esa experiencia.
*** Pedro Chacón es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV/EHU.