Miguel Gutiérrez Fraile-El Correo
- La pregunta es si una personalidad como la suya puede ejercer la presidencia
Catedrático de Psiquiatría. Real Academia de Medicina del País Vasco
Donald Trump lleva tanto tiempo comportándose como una anomalía que una parte del mundo ha terminado por normalizarlo. Es quizá su mayor éxito y, al mismo tiempo, el mayor peligro. Porque lo que en cualquier otro presidente sería motivo de alarma institucional inmediata, en él se despacha muchas veces como extravagancia, ocurrencia o provocación trasladada al Despacho Oval. Pero no es solo eso. Lo que proyecta desde hace años es un patrón de conducta que obliga a una pregunta incómoda: qué clase de personalidad ocupa la Casa Blanca y hasta qué punto su forma de estar en el mundo agrava las crisis que dice combatir.
Conviene ser prudentes. Nadie serio debería lanzar un diagnóstico psiquiátrico cerrado sobre un dirigente al que no ha examinado. Pero esa cautela no obliga a cerrar los ojos ante lo evidente, que Trump exhibe de forma repetida rasgos de grandiosidad, impulsividad, agresividad verbal, tendencia a la humillación pública del otro, escaso vínculo con la verdad verificable y una necesidad casi compulsiva de colocarse siempre en el centro del escenario. No es una rareza menor de carácter. En el presidente de EE UU es un asunto de seguridad política internacional.
Trump no solo quiere tener poder. Necesita escenificarlo. De ahí su estilo bronco con adversarios y aliados, su inclinación a convertir cualquier reunión diplomática en una prueba de obediencia y su manera de reducir la política a un teatro de dominación personal. La bronca con Volodímir Zelenski en la Casa Blanca fue eso: no un desacuerdo político normal, sino una ceremonia pública de degradación, de demostración de fuerza construida para las cámaras y para satisfacción del propio Trump.
Ese comportamiento encaja con una hipótesis que sobrevuela desde hace años el debate público: el narcisismo. No entendido aquí como simple vanidad, sino como una forma de personalidad que necesita admiración constante, tolera mal la contradicción y vive cualquier límite como una afrenta. Trump parece responder exactamente a esa lógica. No administra el poder: lo personaliza. No representa la presidencia: la absorbe. Todo debe confirmar su grandeza, incluso los hechos.
Ahí aparece otro rasgo decisivo: su relación con la verdad. No miente solo para defenderse u obtener ventaja táctica. Miente como forma de ocupación del espacio público. Construye relatos y actúa como si la seguridad con la que los pronuncia bastara para convertirlos en verdad. En plena crisis con Irán, ha vuelto a presumir de avances negociadores y gestos positivos de Teherán que desde el lado iraní se desmentían en los términos proclamados por Washington.
El problema no es solo la posible falsedad. Es algo más profundo: la impresión de que Trump confunde su deseo con la realidad, su propaganda con los hechos, su necesidad de parecer decisivo con la existencia real de una solución. Cuando un presidente empieza a gobernar desde esa confusión, el riesgo ya no es retórico. Es geopolítico.
También hay en Trump una pulsión megalómana, visible en sus fantasías de rediseñar territorios y tragedias como si el mundo fuera una extensión de su imaginario inmobiliario. Su propuesta de convertir Gaza en una especie de resort no fue solo una obscenidad política. Fue una ventana a su forma de pensar: donde otros ven ruinas, muertos, desplazamiento, historia y trauma, él parece ver una operación de marca, un decorado para su propia idea de grandeza.
A todo eso se suma un dato inquietante: su visible falta de empatía. Trump ha llegado a bromear sobre Pearl Harbor delante de la primera ministra japonesa en medio de la tensión por la guerra con Irán. Es una señal de desinhibición moral. Lo mismo ocurre cuando banaliza la muerte de quienes lo investigaron o convierte heridas históricas y tragedias humanas en material para su humor de dominación.
¿Hay deterioro cognitivo? ¿Hay demencia? Afirmarlo sin pruebas clínicas sería irresponsable. Pero tampoco hace falta ir tan lejos para identificar el problema de fondo. Basta observar lo que muestra en público: impulsividad, grandiosidad, agresividad, incapacidad para aceptar límites, facilidad para instalarse en la falsedad útil y una alarmante ausencia de contención emocional. Y aún queda un elemento esencial: su compulsión por convertir su propia red social en una extensión de su temperamento, un lugar donde el Estado se mezcla con el yo, el anuncio sustituye al análisis y cada mensaje parece escrito no para informar, sino para imponer ánimo, miedo o sumisión.
La pregunta no es si Trump encaja o no en una etiqueta psiquiátrica. La pregunta es otra, y mucho más grave: si una personalidad así puede ejercer con equilibrio la presidencia más poderosa del planeta. Vista la cadena de crisis, humillaciones, exageraciones y provocaciones que va dejando a su paso, lo verdaderamente inquietante ya no es discutir qué le pasa a Trump. Lo inquietante es comprobar lo que le pasa al mundo cada vez que Trump actúa como Trump.