Ignacio Camacho-ABC

  • Adjudicación arbitraria de empleos no desempeñados en pago de servicios sexuales mercenarios. Se llama corrupción en castellano

El juicio de Ábalos ya ha terminado a efectos prácticos. Falta la ruta de las mascarillas, la demostración –o no– de los presuntos cohechos que constituyen el meollo del caso, y obviamente la conclusión que los miembros del tribunal consideren procedente en el fallo. Pero tras la declaración de las ‘sobrinas’ cabe aventurar que el exministro está sentenciado de facto, o al menos que existen serios indicios demostrativos de malversación, prevaricación y abuso de poder en la adjudicación arbitraria de puestos de trabajo que ni siquiera fueron desempeñados, y de un eventual pago en especie de terceros por servicios sexuales mercenarios. Eso se llama corrupción en castellano, aunque en el Código Penal no esté así tipificada, y tiene responsables directos y mediatos.

Pedro Sánchez, sin embargo, tiene un concepto muy relajado de la asunción de responsabilidades. «Asumo la responsabilidad», dijo tan pancho, y así lo siguen repitiendo los portavoces oficiales. Y ya está: asumida queda, palabra de presidente, con eso es bastante. Qué más quieren, como si no fuera suficiente que Su Persona se rebaje a admitir que escogió colaboradores poco recomendables. La doctrina que él mismo aplicó a Rajoy ya no vale, y las palabras de Ábalos en la moción de censura, aquella rigurosa, sarcástica, lección sobre la decencia política, se han perdido en el aire sin que los socios reclamen medidas de otra clase. Unas palmaditas en la espalda, pobre hombre traicionado por amigos desleales, y a tirar para adelante.

La coincidencia con el juicio de la Kitchen ha empujado al Gobierno a jugar al peligroso juego del empate corrupto. Se trata de crear una nube propagandística de reproches mutuos y dejar que los ciudadanos se asfixien bajo una espesa cortina de humo. Polarizar incluso en los asuntos sucios. Sí, nos hemos corrompido pero los adversarios también, así unos por otros y otros por unos. Que cada cual se alinee en un grupo y decida si prefiere a los corruptos del bando contrario o a los del suyo. La dialéctica de los hinchas de fútbol, dispuestos a que su equipo gane de penalti injusto en el último minuto. Y si esa estrategia suicida impulsa los discursos populistas, mejor porque puede restar al PP algunas posibilidades de triunfo.

Aun así, va a resultar difícil contrarrestar el impacto de los testimonios de Claudia y Jésica. O el del hermano de Koldo, Joseba, que entraba y salía de Ferraz con sobres de billetes entregados bajo cuerda. O el de los directivos de las empresas públicas donde las ‘protegidas’ ministeriales ejercían –es un decir– empleos de pega por órdenes provenientes de las altas esferas. O los que todavía quedan por escuchar sobre el tráfico de material sanitario en plena pandemia: Aldama, etcétera. Hasta un gato –¡¡custodia compartida!!– ha aparecido como chusco motivo de pelea en un sainete judicial ante el que los magistrados se esfuerzan por mantener su reglamentaria expresión seria. Y tú, contribuyente, preparando mientras el borrador del impuesto sobre la renta.