Francisco Rosell-El Debate
  • Estirando el título de la obra de Fray Luis de León, se diría que España es «la perfecta casada» con la mentira de quienes la mandan. Lo sufrió con el COVID, lo volvió a ser con el Gran Apagón y ha vuelto a serlo con la tragedia de Adamuz

Bajo la apariencia de asistir al «Salón Kitty» del sanchismo, rememorando el burdel berlinés utilizado en la II Guerra Mundial por el espionaje nazi, dado el putiferio del PSOE refundado por su líder máximo en los prostíbulos de su suegro, la sala de vistas de Tribunal Supremo que juzga a dos miembros de «la banda del Peugeot», su mano derecha Ábalos y su aizcolari Koldo Eizaguirre, que encabezó Sánchez para su abordaje del PSOE y del Gobierno está evidenciando como la casa madre socialista parece un gran lavadero de dinero negro de las coimas por adjudicaciones y licencias oficiales. Así lo ratificó ayer la empresaria Carmen Pano asegurando que trasladó 90.000 euros en dos endosos de 45.000 para obtener una cédula de operadora de hidrocarburos para la mercantil Villafuel. La primera en taxi y la segunda conducida por su amigo Álvaro Gallego, quien detalló que «era una bolsa transparente metida dentro de otra donde se veía que había tacos de billetes». A la par, Pano refirió la adquisición de un chalet en la urbanización costasoleña de La Alcaidesa para Ábalos por facilitar el gatuperio.

Bajo ese telón de fondo que podría desplomarse encima de Sánchez y que podían obligarle a fijar su residencia en Pekín en uno de sus jubileos anuales a San Xi Jinping, emergen igualmente las incurias que subyacen tras la catástrofe de Adamuz con sus 76 fallecidos como al Gran Apagón que dejó a oscuras España como antes con un COVID que finiquitó la vida de decenas de miles de compatriotas mientras los bribones socialistas se daban la vida padre. Si el entonces secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, con la masacre yihadista del 11-M de 2004, proclamó que España no se merecía un Gobierno que le mintiera, al parecer, ahora sí como si los españoles se hubieran hecho a vivir la mentira cual empedernido fumador se habitúa a la nicotina.

No en vano, con la falsía de «Noverdad» Sánchez, ciertos españoles adoptan la hipocresía imperante en los sistemas totalitarios. «Sabemos -consignó el Nobel Solzhenitsyn, a propósito de la URSS de su ‘Archipiélago Gulag’- que nos mienten. Ellos saben que mienten. Ellos saben que sabemos que nos mienten. Sabemos que ellos saben que sabemos que nos mienten. Y, sin embargo, siguen mintiendo». De hecho, hay incluso recalcitrantes que, sabedores del que el sanchismo les engaña, sólo le exigen que sean los mejores al entender que la mentira impregna toda la política.

Es más, estirando el título de la obra de Fray Luis de León, se diría que España es «la perfecta casada» con la mentira de quienes la mandan. Lo sufrió con el COVID, lo volvió a ser con el Gran Apagón y ha vuelto a serlo con la tragedia de Adamuz. Si desde el 24 de enero de 2020 el jefe de Riesgos Laborales de la Policía Nacional, José Antonio Nieto, al que segaron la cabeza tres meses después coincidiendo con el anuncio -3 de marzo- del Estado de Alarma, avisó de lo que se venía encima mientras el Gobierno negaba la realidad a la espera de festejar en paz el 8 de marzo, Día de la Mujer, otro tanto con un eclipse de abril que se avizoraba desde enero que «nos podemos quedar a cero total», según las grabaciones divulgadas en la comisión del Senado. ¿Y qué decir de Adamuz cuando 24 horas antes se produjo la señal que hubiera evitado el mortal choque? Sin embargo, todas esas inacciones culposas se han saldado sin una dimisión ni del presidente ni de sus ministros de Sanidad, Salvador Illa, hoy al mando de la Generalitat; de Transición Ecológica, Sara Aagesen, y de Transportes, Óscar Puente. A tal amo tal honor por parte de sus siervos.

Si con el COVID se optó por la «ceguera consciente», con el apagón y el descarrilamiento se ha impuesto la «ignorancia deliberada». Así, Sánchez y su ministro Illa adoptaron tal ceguera voluntaria con el COVID con la complicidad de sus terminales mediáticas que hablaban de que se trataba de asustar a la gente como la Iglesia -llegaron a decir- había instrumentalizado el SIDA contra los homosexuales o sencillamente se bromeaba cantando a coro «coronavirus, oe» mientras la gente caía como moscas. Los causantes de estas bribonerías luego han sido recompensados con un programa de divulgación científica en TVE-2 y con un show nocturno en TVE-1 con nómina galáctica.

Una vez salvó La Moncloa y cosechó la Generalitat con esa «ceguera voluntaria», Sánchez ha empleado, junto a la ministra «Apaguensen» y al «Follonero» Puente, la «ignorancia deliberada» apelando a teorías conspirativas de un ciberataque con un fundido eléctrico sólo achacable a la temeridad de experimentar con champán en vez de con gaseosa para presentarse ante el orbe como un superhéroe verde o deslizando sabotajes para encubrir una negligencia criminal como acredita el último informe de la Guardia Civil sobre el siniestro más grave de la alta velocidad en sus 34 años de existencia.

Con la desdicha de Adamuz se ha dispuesto el mismo manual que cuando el Gobierno le saltó los fusibles a toda España aventando causas ignotas y luego si te vi no me acuerdo. Váyase por partes. ¿Cómo no iba a estar Sánchez al corriente cuando lanzó su añagaza del ataque cibernético del ensayo en marcha para poner su voluntad política por encima de las leyes de la conducción de la electricidad en las que «la [energía]solar está muy bien para el verano y para la playa, pero para esto, por mucho que digan… con estos bandazos llegará un momento en que…», como verbaliza una charla entre la central de Red Eléctrica y Endesa desde su control de Sevilla?

Otrosí. ¿Cómo podía ignorar Puente al cabo de las semanas que los sistemas de seguridad y mantenimiento detectaron el día antes la rotura de la vía, pero que no saltaron las alertas porque el sistema no estaba configurado? Disponiendo de información de primera mano de ADIF, empeñada en retirar pruebas que complicaran la investigación judicial, siguió mareando la perdiz para que lo último desplazara a lo importante. No hubo, en fin, error humano ni sabotaje, sino una soldadura deficiente ejecutada sin la supervisión de inspectores oficiales, junto a una alerta mal configurada en contra de los pliegos de adjudicación.

Ahora bien, según la jurisprudencia anglosajona, con la «ceguera consciente» (COVID) basta para ser condenado con tener conciencia de la alta probabilidad del delito, como la de quien cobra por pasar una maleta con droga, aunque no se cerciore del contenido, así como con «la ignorancia deliberada» (apagón y descarrilamiento) son participes de delito quienes hacen caso omiso de su deber de vigilar las potenciales conductas punibles de sus subordinados. Ambas invidencias confluyen en esa común ceguera ideológica que imposibilita pensar y que precipita estos malos tiempos en los que los locos guían a los ciegos en una España que se hace a vivir en la mentira en el ambiente moralmente contaminado que se adensa estos días en el Tribunal Supremo.