- A los efímeros hombres concierne sólo preservar en el tiempo las ascuas de eternidad a las cuales llamamos arte. Y transmitirlas. Intactas. Rendirse sin resquemor a ellas. «Guernica» no es de Guernica. Ni es de nadie. Ni siquiera de Picasso. Lo intemporal no se toca. Ni se pone en riesgo
Todo hombre medianamente culto del siglo veinte conoce –en sus diversas versiones– la «traicionera» imagen de René Magritte : una pipa de fumador; óleo, dibujo, grabado. Bajo ella, una anotación escueta: Ceci n’est pas une pipe («Esto no es una pipa»). El título de la versión en óleo sobre tela de 1928-29 revela sin ambigüedad la intención conceptual del artista: «La Traición de las imágenes».
Porque de eso se trata. Desde Platón. La imagen miente. Por necesidad. Siempre. Eso dispara la razón humana hacia la paradoja esencial de los signos. Ni la imagen, ni tampoco siquiera las palabras, dan la realidad. Dan siempre y necesariamente una representación de ella. Que la trastrueca. La «Salomé» de Caravaggio, que desarma con su mirada oscura al paseante en las Colecciones Reales de Madrid, no es una mujer: ni Salomé ni ninguna otra. Es la melancolía que habita el ojo de quien superpuso formas y colores hasta lograr que una común tela fuese trocándose en soporte de un fantasma primordial, de una obsesión intemporal de la mente humana: la paradoja insalvable del deseo y el miedo, de lo mejor y lo peor fundidos en un solo instante. Michelangelo Merisi di Caravaggio fue un criminal bastante aborrecible. Su «Salomé» es sagrada, porque no es depósito ni de los crímenes de Merisi ni de la sangre vertida del Bautista. Es depósito de una luz que desgarra el alma de quien sabe mirarla. Sólo eso. Lo demás es anécdota y concierne nada más que a los idiotas. No, esto no es temporal Salomé. Esto es pintura trocada en concepto eterno.
Olvídense de la Guernica bombardeada, aquellos que quieran asomarse al decisivo blanco y negro del cuadro de Picasso. No, esto no es Guernica. Es una tela de 776,6 x 349,3, en la cual resuenan horrores indistinguibles de la fantasmagórica historia del siglo veinte. Y no habla del pintor que forja la obra: admirado o detestado, da lo mismo. Ni del financiador que pagó al cuadro: el gobierno de la República Española, añorado o arrojado a los infiernos. Ni habla del hecho sobre cuya anécdota se alza: por más horrible o más trágica que esa anécdota sea. Todo eso, para un cuadro, para éste como para cualquier otro, es anécdota. Lo era Salomé para Caravaggio. El cuadro que exhibe el Museo Reina Sofía de Madrid habla de esos vidrios rotos que, en blanco y negro, componen el sanguinario rompecabezas del siglo veinte: el sanguinario rompecabezas de lo humano. Sin una nota de color: ni siquiera aquella lágrima en rojo que Picasso consideró, en algún momento del proceso pictórico, incluir y que al final fue desechada. Cualquier color hubiera aniquilado la furia ausente de sentido que recorre el cuadro. Y que hiere a quien ante él se planta. Le guste o no. Porque el gran arte nada tiene que ver con los gustos de nadie.
No, esto no es Guernica, aldea vasca cruelmente bombardeada por aviones alemanes en abril de 1937. Esto es «Guernica», óleo sobre lienzo de 776,6 x 349,3, encargado –y pagado– por el gobierno de la República Española al más cotizado de los pintores españoles de su tiempo. Cosa de geometría, luz y maestría largamente depurada. Lo que puedan los deseos humanos –personales, políticos, transitorios siempre– proyectar sobre él, resulta grotescamente irrelevante. Nadie, nada, que no sea la eternidad, tiene derechos sobre él. A los efímeros hombres concierne sólo preservar en el tiempo las ascuas de eternidad a las cuales llamamos arte. Y transmitirlas. Intactas. Rendirse sin resquemor a ellas. «Guernica» no es de Guernica. Ni es de nadie. Ni siquiera de Picasso. Lo intemporal no se toca. Ni se pone en riesgo.