Iñaki Ezkerra-El Correo
- El triunfo que persigue Netanyahu no es el económico que busca el amigo americano
Cada vez queda más claro que no hay una sola guerra de Irán sino dos distintas que, por simultáneas, parecen la misma: la de Netanyahu y la de Trump. La primera era en principio defensiva, aunque ha mutado en ofensiva. La segunda es comercial. Fue comercial desde el minuto cero, desde las mismas vísperas de la operación ‘Furia Épica’ en las que Pete Hegseth, el secretario de Guerra norteamericano, trató de usar su información privilegiada para lucrarse con una inversión de varios millones de dólares en la industria armamentística que no pudo consumarse técnicamente, pero que ahora está siendo investigada por un comité del Congreso. Fue comercial desde que uno de sus principales objetivos era cerrarles el grifo energético a los chinos, los grandes competidores económicos de Estados Unidos, y sigue siendo comercial en estos últimos días en los que Trump ha pasado de la amenaza de destruir la civilización persa en una jornada a pactar ese alto el fuego de dos semanas en el que han mediado los paquistaníes y que rechaza Netanyahu. Lo rechaza, porque el triunfo que busca el primer ministro israelí no es económico, como lo es el que busca el amigo americano.
Pero una cosa es que lo busque y otra que lo encuentre. El gran objetivo que hoy se presenta como un sueño utópico para el 60% de la ciudadanía estadounidense es volver adonde estábamos antes del 28-F. O sea, que para este viaje no hacían falta alforjas nucleares, mientras sí le van a hacer falta a Trump unas buenas dosis de suerte para superar su impopularidad y recuperar su crédito perdido. Y es que, si la guerra de Irak que inició Bush junior solo sirvió para que el mundo estuviera peor que antes de ella, la que ha montado Trump no parece que va a ser menos. Aparte de la recesión prometida, y de ese inédito peaje que los ayatolás han inaugurado en el estrecho de Ormuz, está el precio político y ético que va a tener que pagar en EE UU y en la UE el liberalismo cabal frente a los populismos de izquierda. Si la derrota de Kamala Harris respondió a una reacción de supervivencia contra los excesos buenistas, ‘wokistas’ y estratosféricos del Partido Demócrata, que tanta influencia han tenido en las izquierdas europeas, es previsible que la caída de Trump se traduzca en una extraordinaria legitimación moral y un imparable regreso de esos mismos excesos con renovados bríos.
Dicho de otro modo, Irán tendrá la bomba atómica mientras Europa seguirá discutiendo sobre su rearme y en España triunfará el angélico ‘no a la guerra’ que ignora que ya estamos en guerra con Rusia en el marco ucraniano. En guerra desigual. Menos mal que, amortizado Trump, la OTAN volverá a ser la OTAN con su infravalorado y hortera paraguas de barras y estrellas.