Iván Igartua-El Correo

  • El documental ganador del Oscar ‘Mr. Nobody contra Putin’ es un rotundo alegato por la libertad y la dignidad del individuo frente al colectivismo y sus apisonadoras

En la pasada edición de los premios Óscar, el galardón al mejor documental fue para ‘Mr. Nobody contra Putin’, una producción checo-danesa codirigida por el cineasta norteamericano David Borenstein y el ruso Pavel Talankin. La cinta fue grabada en distintos momentos a lo largo de dos años por el segundo de ellos, profesor y videógrafo en un colegio de Karabásh, una población de poco más de 10.000 habitantes situada cerca de los Urales y considerada uno de los lugares más contaminados del mundo a causa de la inmensa mina de cobre que se encuentra en sus inmediaciones.

Talankin filma escenas cotidianas de la escuela en la que trabaja, dando respuesta a los encargos de la dirección del centro. Tras la invasión de Ucrania, decretada por el Kremlin el 24 de febrero de 2022, sus grabaciones comienzan a reflejar toda una serie de cambios que llegan hasta los rincones más remotos de la Federación Rusa. El principal consiste en la reconversión de la escuela en sede de formación del espíritu patriótico, reconcentrado y único, visceralmente antiucraniano y belicista. Las maestras leen en las aulas comunicados oficiales que proclaman la necesidad de desmilitarizar y desnazificar el país vecino, mientras Talankin recoge la reacción -más bien su ausencia- en los rostros impasibles de los alumnos. Menudean los desfiles con la bandera nacional a primera hora de la mañana y se invita a militares y paramilitares a dar charlas muy gráficas acerca del uso de todo tipo de armas. En las calles la gente se suma a toque de corneta a concentraciones y pasacalles blandiendo la Z que Moscú ha convertido en el símbolo de la adhesión a su guerra.

En su despacho, que luce la enseña blanquiazul de la resistencia democrática, el joven profesor suele reunir a un pequeño grupo de estudiantes afines. El hermano de una de sus alumnas ha sido enviado al frente de Ucrania. De ahí a unos meses desertará, pero con tan poco éxito que es capturado de inmediato y devuelto a la primera línea de batalla, donde -según se nos dice- fallecerá poco después. Otros exalumnos están siendo también reclutados por el ejército y su destino no será, previsiblemente, muy distinto. La cámara graba discretamente las conversaciones acerca del futuro, que tiene ya poco de incierto, y las fiestas de despedida, que son un monumento a la desolación.

La pregunta lógica que se hace el espectador es cómo un documental de estas características pudo ser filmado en la Rusia actual para después proyectarse en Occidente. Talankin contactó a través de redes sociales con el equipo de Borenstein, que buscaba conocer de primera mano el ambiente que se respiraba en los centros educativos tras el inicio de la invasión de Ucrania. Pavel no esconde su afán por dejar constancia de cuanto está sucediendo en su escuela, un proceso gradual de adoctrinamiento y propaganda masiva que va penetrando en todos los estamentos casi sin oposición (el fatalismo de su madre, bibliotecaria en el mismo centro, es tan descorazonador como representativo).

A lo largo de toda la película, la mirada de Don Nadie se asemeja a la cámara imaginada por Christopher Isherwood en el arranque de ‘Adiós a Berlín’, una cámara «con el obturador abierto, pasiva, minuciosa», solo que la de Talankin no es «incapaz de pensar», sino que, más bien al contrario, piensa y siente vivamente las consecuencias de la transformación que está experimentando la escuela, reflejo de lo que ocurre en el conjunto del país.

Como es natural, la emisión de esos materiales solo resultaba posible una vez que Talankin hubiera salido de Rusia. Con la excusa de un viaje al extranjero de apenas unos días, Pavel abandona su pueblo natal en 2024 sin intención de regresar por el momento. Se lleva ocultas las grabaciones que servirán para montar el documental. Salvando algunas distancias, revive así en carne propia la tradición -profundamente rusa y soviética- de los manuscritos censurables o prohibidos que eran trasladados en secreto a Occidente (como la novela ‘El doctor Zhivago’ de Borís Pasternak, confiada por el escritor a Sergio D’Angelo e Isaiah Berlin, entre otros).

Pero también aquí hay una diferencia: los autores disidentes solían contar en tiempos con el apoyo de conocidos extranjeros que pudieran esquivar mejor, aunque no sin riesgo, los controles del régimen y hacer llegar así las obras a editores occidentales (como sucedió con Feltrinelli en Italia, que publicó la novela de Pasternak en 1957). Pavel Talankin, en cambio, transporta él mismo su material, arriesgándose por partida doble, por la integridad del testimonio y por su integridad física. Inaugura así una manera especial de registrar y relatar la realidad contra el cerrojazo de la tiranía.

En la ceremonia de los Óscar salió al escenario para reclamar en ruso el fin de la agresión en lo que fue un alegato, contenido pero a la vez rotundo como el propio filme, por la libertad y la dignidad del individuo frente al colectivismo y sus apisonadoras.