Ignacio Camacho-ABC

  • Era su sombra, su amigo, su ministro plenipotenciario, su número dos en el partido. El factótum vicario del sanchismo

Ocurrió, hay que insistir en ello, mientras la nación entera sufría los duros confinamientos de la pandemia. Colocaron amantes de pago en las empresas públicas y cesaron a los directivos que se atrevieron a asignarles tareas. Traficaron con mascarillas defectuosas y amañaron contratos públicos al amparo de la opacidad facilitada por el estado de alerta. Llevaron y trajeron bolsas de efectivo –«tacos de billetes»– a la sede del partido sin recibos que justificasen su existencia. Todo presuntamente, claro, hasta que haya sentencia, aunque a estas alturas nadie en sus cabales haría una apuesta contra la condena. Pero todo también apenas unos meses después de haber ganado una moción de censura con solemnes proclamas de regeneración ética.

Y el juicio no ha hecho más que empezar; lo escuchado en esta primera semana son sólo los detalles, morbosos como los testimonios de un ‘reality’ pero relativamente superficiales. Falta el meollo del caso, el tejemaneje de las adjudicaciones a cambio de contrapartidas en especie o dinero contante. Las declaraciones de los investigadores de la UCO y de los propios imputados, quizá dispuestos a acusarse los unos a los otros para salvarse. La posibilidad verosímil de que el veredicto mencione indicios razonables de delitos de mayor alcance susceptibles de abrir nuevas pesquisas judiciales: financiación irregular, tramas de concesión de licencias y obras públicas, rescates de empresas con enchufes de alto voltaje. A dos palmos de distancia de Pedro Sánchez.

Los dos principales procesados lo acompañaron en la campaña de las primarias. Cuarenta mil kilómetros en coche durante los cuales debieron de pasar el tiempo hablando de metafísica kantiana. Nadie asumirá nada. La eterna, gastada canción de un líder honesto traicionado por sus colaboradores de mayor confianza. El sanchismo ha abolido el concepto de responsabilidad política, esencial en el funcionamiento de la democracia: ese principio por el que un gobernante responde de todo lo que sucede bajo su guardia. Dicen que ya cumplieron pidiéndole a Ábalos el acta (y se negó a entregarla aunque al final accediese, demasiado tarde para evitar que el Supremo iniciara una instrucción rápida). La ley del silencio, la recíproca protección de la ‘omertá’ italiana.

Pero fue el presidente el que concedió rango plenipotenciario a su entonces ministro. Lo eligió como muñidor y portavoz de la moción, centralizó bajo su autoridad las compras de material sanitario durante el covid y lo designó número dos del partido, el capataz que garantizaba el orden interno y ponía firmes a los escasos dirigentes críticos. Lo proclamó su amigo, lo quiso cerca, a su lado, le encomendó gestiones delicadas –aquella noche de Delcy en Barajas…- y lo convirtió en el factótum vicario del sanchismo. La corrupción privada no existe, siempre hay alguna clase de beneficiario político o sistémico del latrocinio. Y esa certeza de impunidad obscena a la sombra del poder sobrevuela el ambiente moralmente putrefacto del juicio.