- Lo que enfrenta el mundo libre (libre a su pesar) es una explosión de violenta irracionalidad. La más básica, bastan dos palabras de rito vacío
Diminutos, febles. Indefensos, inermes, necesitados de la tutela de un Estado totalizante. Totalizante, digo. Los totalitarismos del siglo XX ya no hacen falta una vez a la mayoría de individuos les incomoda su libertad. Aquella colección de monstruos apocalípticos fue un brote plenamente europeo. Desde una perspectiva histórica, de eso hace cuatro días; no nos pongamos tan estupendos, ni tan insensatos, como para creer que el «europeísmo» es marca de libertad y prosperidad, prosperidad y libertad, que a fin de cuentas es lo único que queremos, orteguillas. Eso sí, ambas ambiciones son inalcanzables para los herederos de las aberraciones totalitarias. Todas se prolongan fuera de Europa. En concreto, fuera del infame cadáver comunista, como las uñas que le crecen al muerto. Así Corea del Norte. Así Nicaragua.
También el islamismo tal como lo conocemos, peste con un peligro intrínseco: su naturaleza reticular. Donde los nodos no se forman desde obediencias jerárquicas ni asambleas, ni por células. Todo ello está, pero no es el veneno, no es el peligro creciente y fuera de lo común. Lo que enfrenta el mundo libre (libre a su pesar) es una explosión de violenta irracionalidad. La más básica, bastan dos palabras de rito vacío. Se reclamarán de una religión, pero pertenecen al nihilismo. Y el elemento que se le sigue perdiendo a la práctica totalidad de los analistas es que la conducta de esos nihilistas supuestamente religiosos (ciegamente atraídos por el abismo de asesinar sin sentido, con dos palabras) es también una herencia de Europa. De lo peor de Europa.
David Rapaport: «La ola anarquista creó un repertorio táctico y simbólico reutilizado por movimientos posteriores». Si, eso que llaman yihadismo entronca con el anarquismo. Consúltese, del autor citado, Las cuatro olas del terrorismo moderno. Entiendo que, desde la ceguera del lector de titulares selectos y mensajes de bots, puede no ser fácil comprender la continuidad de intención, de espíritu, de amoralidad, entre los nihilistas que Dostoyevski retrató en Los demonios y el imbécil —autoadoctrinado con tres vídeos— que se echa a la calle machete en mano. Ese cuya identidad intentan ocultarnos los medios convencionales, arrogándose una autoridad moral que invita a la carcajada. También, volviendo a la censura, la administración política de sus lectores y audiencias.
Destruir el mundo es lo que pretende el yihadista de barrio, el que se nos ha colado por el ancho corazón de Juanma Moreno y las hondas corrupciones solidarias de una izquierda más liberticida cuanto más enriquecida. Hay otro puente, tan invisible como obvio, entre el suicida y el portador del terror absoluto. Uno desea aniquilar el mundo dentro de sí, cosa que difícilmente podrá refutar el más acérrimo enemigo del solipsismo. Otro necesita destruir lo más valioso que encuentre, sean dos rascacielos llenos de gente, sea un párroco (representante del bien, su mal). Suicidarse destruyendo es la meta última del yihadista, pero también del artista contemporáneo. No hay margen para dialogar ni negociar con ellos. Aunque Europa, cada vez más ignorante, prefiera disfrutar su encogimiento.