Manuel Marín-Vozpópuli

  • Nos rebela más un estúpido beso robado a una futbolista que un lodazal de corruptos que vieron negocio seguro en las muertes por coronavirus

Han bastado tres sesiones del juicio a José Luis ÁbalosKoldo García y Víctor de Aldama para que se confirme lo que ya intuíamos. Que la pandemia no fue una oportunidad sobrevenida que el entonces mandamás del sanchismo improvisó sobre la marcha para forrarse. En 2020, la pandemia solo fue la coartada perfecta y más inmoral posible para afianzar una estrategia que había sido prediseñada de antemano en 2017 y 2018, la de lucrarse, no fuera a ser que las horas muertas y el tedio del kilometraje a bordo de un Peugeot resultasen en balde. No sabían que habría una pandemia, pero sí que iban a llenarse los bolsillos en cualquier caso porque a eso venían. La pandemia fue solo la ocasión idónea, la palanca, la aceleración de un proceso que ya había comenzado antes de forma incipiente con el trapicheo oscuro con los hidrocarburos y los mangoneos por Navarra.

Por norma general, después de investigaciones de meses y de colecciones de titulares con prostitutaschistorrassobrescomisiones, cafeteras y lingotes de oro, los juicios suelen tender al tedio. Todo suena a contado. Todo parece repetido. Todo se daba por conocido, y lo jurídicamente relevante, todo aquello que pueda sustentar una eventual condena, se da por amortizado. Triunfa lo anecdótico, el gato de Jésica, la biblioteca de Oviedo, la miss consultando libros de trenes… Y el juicio se empieza a convertir en una parodia, en un meme. Pero no es lo anecdótico o lo trivial lo que importa. Ni ese gato, ni la barba de náufrago de Koldo, ni la minifalda de Miss Asturias, ni los pasteles de Aldama. Es irrelevante si Jésica es ahora una fantástica dentista o si otra ‘sobrina’ se quejaba a Koldo de que la ponían a «trabajar» de cara a la pared. Todo eso es un divertimento, una frivolización, la espuma de una ola real, la de la corrupción, que está dejando de importarnos de pura abulia y repetición. Días atrás, un antiguo magistrado de la Sala Penal del Supremo comentaba que no entendía cómo los periodistas hacemos casus belli de lo superficial y anecdótico sin que expliquemos con acierto el valor real de las pruebas en una vista oral. Y tiene razón.

Lo cierto es que en tres simples sesiones de un juicio tan complejo, el primero que sitúa al sanchismo frente al espejo de su hipocresía regenerativa de nuestro sistema corrupto, ya hay tres conclusiones muy evidentes: la ética del poder del sanchismo fue sucia desde el primer momento; la desconexión ciudadana de la corrupción, concebida como un fenómeno inevitable y como parte de un paisaje ante el que sólo procede resignarse; y el sorprendente reforzamiento electoral del bipartidismo de PSOE y PP pese a ser los partidos principalmente señalados por la corrupción en los últimos tres lustros.

Por más que la maquinaria de La Moncloa se empecine en encapsular la corrupción en individuos concretos que hoy y mañana se sentarán en el banquillo, véase Santos Cerdán también, nada de lo que va confirmándose en el juicio podía ser ajeno al presidente del Gobierno. Se conocía en todo ADIF el enchufismo indecente de prostitutas con dinero público y el modelo de amenazas propias de gángsters que instauró Koldo para protegerlas. Era público y notorio que rescates financieros de aerolíneas como Plus Ultra estaban viciados desde su origen. Sabían que en Ferraz entraba dinero negro y que se pagaban en efectivo gastos que ahora no cuadran a la Guardia Civil. Nada, ninguna decisión última del Consejo de Ministros, como la licitación y ejecución de contratos de mascarillas, o de obras para constructoras afines, podía realizarse sin el conocimiento previo y la autorización del presidente del Gobierno. No es creíble, aunque penalmente sea irrelevante hoy, que Pedro Sánchez estuviese siempre en babia. Eran sus adláteres, su núcleo duro el que delinquía.

Y en este contexto, los españoles estamos perdiendo nuestra capacidad de asombro. Nos divierte el torrentismo, nos aburre el fondo gris de lo jurídico, nos provoca abulia. Que juzguen, sentencien rápido, y a otra cosa. Quizás sea una reacción pragmática de autodefensa para no pensar demasiado en los sistemáticos hachazos fiscales al bolsillo de este Gobierno. Quizás a los jóvenes indignarse ya no les resuelve su creciente inquietud por no poder acceder a una vivienda. Quizás a los viajeros en la alta velocidad ferroviaria no les consuele ya nada. Nos rebela y afecta más un estúpido beso robado a una futbolista que un lodazal de mierda y un cortijo de corruptos que vieron negocio seguro en las muertes por coronavirus. El uso y abuso de la corrupción nos ha robotizado, ha dejado de importarnos mientras dirimimos debates insustanciales sobre si la corrupción penaliza más o menos en las urnas. La indolencia social, esta apatía para rebelarse, este cinismo de los socios de Sánchez, verdaderos cooperadores necesarios de esta degradación del sistema, resulta inquietante. Vivimos en una adormecedera riéndonos de lo difícil que tenía Jésica alquilar un piso porque tenía un gato. Pero el dinero de aquel Ministerio no se usaba para mantener o robustecer la infraestructura ferroviaria. Nos encerraron en casa mientras hacían negocios turbios y ahora nadie agita una cacerolada.

El populismo extremista y el fanatismo ideológico de Podemos nacieron aquel 15-M como una rebeldía airada y violenta frente a la corrupción de un bipartidismo que se agotaba en sí mismo. Al grito de «no hay pan para tanto chorizo» agitaron la bandera de una regeneración que pretendía tomar el cielo, y el Parlamento, por asalto. Todo era mentira. Sí, siguen bastando tres sesiones del juicio a Ábalos, para demostrar que aquel modelo de reacción social se ha quebrado de pura falsedad. Hoy la corrupción no sólo está reforzando al bipartidismo, sino que está fulminando aquella fórmula extremista sencillamente porque nunca fue creíble. Porque PodemosSumarBNGCompromísERC… son conniventes con la corrupción. Por eso el PP aumenta su expectativa de voto y el PSOE se mantiene en cifras más razonables de lo que sería esperable por lógica indignada y castigo ciudadano. Sorprendentemente, es la corrupción que Ábalos y Sánchez decían aborrecer lo que sigue sosteniendo al PSOE porque la penalización es mínima. Y el ‘caso Kitchen’ ni siquiera roza al PP ya. Ni Rufián, ni Irene Montero, ni Pablo Iglesias parecen haberse enterado aún de que Sánchez los ha fagocitado y sólo están en pura supervivencia. Ya no van a rentabilizar ninguna hipotética condena por corrupción socialista.