Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • Pedro Sánchez busca en Pekín un protector mundial, y lo ha encontrado en el presidente Xi Jinping

El presidente Sánchez está otra vez de viaje oficial en China, el cuarto en cuatro años. En comparación, desde 2018 solo ha realizado dos visitas oficiales a Estados Unidos, y solo una vez fue recibido por el presidente Biden. Simultáneamente, ha dejado de ser invitado a las reuniones europeas informales donde se debaten las decisiones estratégicas de la Unión Europea. En resumen, su entusiasmo por China crece proporcionalmente a su pérdida de influencia en el mundo occidental. En justa retribución, Pekín muestra creciente interés, satisfacción y elogios por Sánchez y España.

España, bazar oriental de Europa

¿Cómo debemos tomarnos esta curiosa relación, la más importante de la política internacional de la calamidad sanchista? El hecho incontestable es que la magnífica relación de Su Sanchidad con China es el reverso de su creciente insignificancia internacional y de la abierta enemistad con Estados Unidos e Israel, trabajada con entusiasmo digno de mejor causa. Pedro Sánchez busca en Pekín un protector mundial, y lo ha encontrado en el presidente Xi Jinping.

Sus partidarios habituales argumentan que estos viajes buscan reforzar una inmejorable relación económica, pero solo es otra de las patrañas oficiales. El déficit comercial con China no ha parado de subir en los últimos años y ya asciende a más de 40.000 millones € de diferencia entre las exportaciones españolas, por valor de casi 8.000 millones € en 2025, y las importaciones de China por más de 50.000 millones € el mismo año (los datos están disponibles en esta web). Además del déficit fiscal hay otro cualitativo: las importaciones de China son de equipos industriales, automóviles eléctricos y tecnología de alto nivel, mientras casi la tercera parte de las exportaciones españolas son de rica carne de cerdo.

Bajo el mandato de Sánchez, China ha más que duplicado sus exportaciones, y además a sectores estratégicos relacionados con la seguridad mediante compañías chinas como Huawei -por ejemplo, los servidores informáticos de la Policía Nacional-, vetada en la Unión Europea por la facilidad con que el gobierno chino puede controlar sus canales de comunicación y obtener información estratégica. Como siempre, esa relación ha sido particularmente provechosa para el núcleo duro de la corruptocracia socialista, y el expresidente Zapatero aparece profundamente implicado en la promoción de nuestra dependencia de China en su papel de lobista.

La penetración cultural

No se trata solo de una colonización económica que, por cierto, va en dirección contraria a la integración en la economía europea, sino de algo más sibilino a lo que quizás no prestamos suficiente atención: la propaganda ideológica que presenta a China como un modelo alternativo a Occidente digno de admiración: enriquecimiento y desarrollo tecnológico sin los fastidios políticos de la democracia, resueltos con una dictadura paternalista. Pekín también ha movido ficha presentando a Sánchez como nuevo héroe del pacifismo mundial frente al belicismo de Trump y un campeón alineado con China en la defensa de la soberanía de los pueblos y los derechos humanos, lo que proviniendo del gobierno de Xi Jinping es algo más que un sarcasmo: las cifras de ejecuciones en China son un secreto oficial, pero los indicadores sugieren que posee el récord mundial, quizás ahora disputado por sus socios verdugos de Irán.

El periodista Javier Benegas está probando la profunda penetración en la esfera comunicacional española de argumentaciones favorables a China, es de suponer que generosamente regadas por Pekín con las gabelas monetarias habituales en estos casos. Los chinos han aprendido de los fracasos rusos la superioridad de la paciencia, la seducción y la astucia sobre el trazo grueso, la brutalidad y la grosería en materia de propaganda. Buena parte de la China se orienta a destacar las hazañas del país en materia de ciencia y tecnología mediante una oleada asombrosa y constante de semi verdades en medios de divulgación y prensa generalista que, cada poco tiempo, bombardean al lector con titulares sobre que China ha conseguido solucionar los problemas de la fusión nuclear, convertido los desiertos en bosques ejemplares o edificado en dos años el puente más elevado del mundo. Pocos lectores tienen la paciencia de verificar tanta maravilla por parcial y propagandística que sea, por lo demás respaldadas por el veloz ascenso tecnológico y científico del antiguo Imperio del Centro.

Corruptocracia y capitalismo de Estado

Pero lo que realmente atrae a la corruptocracia socialista de China no es su tecnología, ciencia ni avances económicos. No, lo atractivo es el modelo económico-político que ha elevado algo que ya padecemos, el capitalismo de amiguetes, a otro nivel de perfección. Aún se habla de China como una dictadura comunista, pero lo cierto es que dejó de ser comunista hace bastante tiempo. En la lucha por el poder desatada tras la muerte de Mao en 1976, se acabó imponiendo el astuto Deng Xiaoping, un pragmático maquiavélico que fue capaz de sobrevivir a las purgas masivas de la revolución cultural, rehabilitarse y ganar para sí el mando de la multi milenaria nave china del Estado. Deng derrotó a los maoístas e impuso un programa de reformas económicas conducentes a una forma china de capitalismo de Estado, justo a tiempo de impedir que China siguiera el camino de la URSS hacia el colapso.

También reprimió a sangre y fuego las protestas civiles que exigían democracia para china, ciertamente limitadas a unos pocos intelectuales y muchos miles de universitarios masacrados. El resto de los chinos se contentó con salir de la miseria maoísta, vivir en un país previsible y en orden, y enriquecerse en una economía avanzada, lo que consiguieron a velocidad récord haciendo justicia a las tradiciones confucianas de laboriosidad, iniciativa, obediencia a la autoridad y disciplina social. A cambio del derecho a enriquecerse, aunque siempre con el visto bueno del partido, la dictadura pide sumisión política y no cuestionar la ideología oficial, sea la que sea en cada periodo. No es algo tan distinto de lo que funcionaba en el Imperio chino antiguo.

En definitiva, en China la gente gana mucho dinero, la corrupción florece controlada por el partido -con escarmientos para sus Ábalos y Koldos cuando comenten errores groseros-, no hay justicia ni prensa independiente que pueda controlar a los políticos, y estos son todos del mismo partido, sin molestos debates parlamentarios o elecciones disputadas con rivales. Eso es la China de Xi que disputa la hegemonía a los Estados Unidos de Trump. ¿Se imaginan si Sánchez y compañía consiguieran un modelo similar para su propio feudo español, acaso bajo benevolente supervisión del lejano patrón de Pekín? No crean que es demasiado descabellado.