Jesús Cuadrado-Vozpópuli

  • Tanta falsificación tiene un único fin: bloquear la alternancia política a cualquier precio

El sanchismo nació corrupto y no hubiera resistido tantos años sin el apoyo fanatizado del clan “nosotros, la izquierda”. Recientemente Julia Otero afirmaba solemne que Franco deportó a su familia desde una aldea de Galicia a Barcelona en los años 60. Es imposible que la comunicadora estrella, con tantos fieles seguidores, ignorase la diferencia entre deportaciones, como las de Stalin en Rusia, y el éxodo rural que acompaña siempre a todos los procesos de industrialización. Para comprender a estos activistas, no hay que fijarse tanto en qué dicen como en para qué lo dicen. En este caso, ya sabes, va del filón “Franco, Franco, Franco” al servicio de la causa. Narrativas heroicas para liberar al Gobierno “progresista” de la obligación democrática de rendir cuentas.

La artimaña se repite. Todo se justifica por principios ideológicos de ocasión, sin importar los hechos. Fanatismo que confunde propaganda con realidad. Por ejemplo, en algo tan supuestamente de izquierdas como la preocupación por los niveles de pobreza. ¿Qué dicen los datos? En los ocho años de Gobierno de Pedro Sánchez, España ha alcanzado el número uno en pobreza infantil entre los 27 de la UE con un escandaloso 30%. El amado líder podría haberse tatuado en la camiseta de la Selección ese número en vez del tramposo de los 22 millones de afiliaciones. Más de dos millones de niños en condiciones inaceptables retratan el cinismo de quienes ejercen de apóstoles de la izquierda eterna, de La Sexta La Ser.

Fachapobres y currelas

Son los mismos señoritingos que desde hoteles de cinco estrellas se declaran portavoces de los trabajadores. Mira esto de Rufián a la hora de postularse, sentado al lado de Irene Montero, como líder de la izquierda auténtica: “La pregunta que tenemos que hacer es por qué un currelas del Mercadona vota lo mismo que Juan Roig”. Para rematar con “¿Quién se equivoca, el currelas o Juan Roig?. ¿No es maravilloso? Pero, aquí, la dificultad la tienen también con la verdad de los hechos. La simple comparación de la inflación acumulada con la evolución de los salarios en el período sanchista retrata, como refleja la Ocde, la pérdida de poder adquisitivo, de los recursos realmente disponibles para las familias de “la clase obrera”. Súmese el aumento en los pagos por IRPF, un 25% más que cuando llegaron al Gobierno, 1.657 euros más cada familia trabajadora por no deflactar, como demuestra el Instituto Juan de Mariana (Impuestómetro 2026). Para recordárselo al cantante Miguel Ríos y otros artistas, cuando llamen fachapobres a los currelas hartos de votar a una izquierda caviar, que les roba.

Finalmente, cuando toda la artillería en defensa de Sánchez agota la munición, queda el recurso al comodín “¿y la economía qué?”. ¡El cohete! Las trampas son las mismas. Se trata de hablar del PIB total e ignorar el per cápita, de obviar que se ha pasado de 46 millones de habitantes a 50, gracias a una inmigración sin control que está en el origen del predominio de empleos de escaso valor añadido. Datos imprescindibles para entender por qué el país ha caído en estos años del puesto 12 al 19 en renta por habitante en la UE, o por qué tantos países europeos están superando a España en este indicador. Polonia, por ejemplo. En los años del sanchismo, este país pasó del puesto 23 al 18, de un 62% de la renta media europea al 92%, alcanzando a España. Resulta que el cohete eran otros.

Tanta falsificación tiene un único fin: bloquear la alternancia política a cualquier precio. Un ejercicio llamativo de “banalidad del mal”. Así ha sido, al menos, hasta que el Tribunal Supremo entró en escena. Hacerse los tontos, en el sentido de  Hannah Arendt, ya no va a ser tan sencillo. Todo el ejército de propagandistas, de Iñaki Gabilondo a Sara Santaolalla, se enfrenta a un desafío titánico para sostener que Sánchez no sabía nada, a pesar de las evidencias que afloran diariamente desde el banquillo del alto tribunal. El activismo internacional enloquecido del presidente del Gobierno le delata. Como en la Hungría de Viktor Orban, y a la espera de Andalucía, el miedo a perder el poder se ha instaurado en el conglomerado sanchista.