- Más allá de los desafíos tecnológicos y de seguridad, que copan nuestras agendas con alarmas de urgencia, el gran tema vuelve a ser de carácter cultural. Occidente, no sólo Europa, tiene que ser capaz de adaptarse a un tiempo nuevo
Esto no va de Hungría. La derrota de Orbán está siendo vivida por unos con alivio y por otros con tristeza. Es normal si tenemos en cuenta que hizo de su país el catalizador de las tensiones culturales y políticas del conjunto de Europa. Pero no deberíamos perder de vista que a no más tardar habrá elecciones en Francia, generales y presidenciales, donde las huestes de Le Pen podrán acceder al poder y que Alternativa por Alemania no para de crecer en aquel país. El eje París-Bonn, luego París-Berlín, ha sido el pilar sobre el que se ha desarrollado el proceso de integración europeo, con sus aciertos y sus errores, con sus éxitos y sus fracasos. Ese eje puede quebrarse en breve.
El ciudadano de a pie está desbordado por un conjunto de cambios que cuestionan su forma de entender la vida. Es normal, porque la revolución tecnológica es un auténtico tsunami, que se está llevando por delante muchos de los acuerdos e instituciones que han regido nuestras vidas. Por eso es también normal que crezca la desconfianza en las elites tradicionales, incapaces de mantener un orden obsoleto ni de ofrecer alternativas creíbles, y que la gente busque en nuevas formaciones políticas la solución a sus problemas.
Sólo cuando probamos algo nuevo podemos valorarlo. En el mercado de la política las nuevas formaciones podrán aprovecharse de la desafección respecto de las tradicionales y del desconocimiento que los ciudadanos tienen de ellas. El papel lo soporta todo, pero la gestión no. Tras un tiempo al frente de la cosa pública la ventaja desaparece y la gente puede constatar si sus intereses han sido debidamente defendidos o no.
Orbán ha cuestionado la política tradicional desde la derecha parlamentaria, sacando buen partido de los excesos cometidos por una izquierda postsocialista, que bajo la bandera del «progresismo» ha planteado batallas culturales sobre la ecología, el género, las migraciones, la economía o la propia la democracia. Sin duda, su mejor aliado ha sido el Partido Popular Europeo, por no ser capaz de dar una respuesta coherente a la andanada «progresista», cuando no por asumir parte de sus propuestas en un intento de incorporarse a una falsa modernidad.
Orbán ha sido derrotado porque ha perdido la confianza de sus conciudadanos y sí, había razones para ello que tienen una dimensión europea. Se puede criticar a las elites bruselenses por hacer lobby en favor de causas políticas concretas. Es verdad, hay funcionarios que actúan descaradamente en favor de determinadas políticas de género o ecológicas, por poner dos ejemplos particularmente llamativos. Sin embargo, es falso que logren orientar la política en un sentido determinado. Son políticos electos, en la Comisión, en el Consejo y en el Parlamento los que han venido impulsándolas. Se ejecutan las políticas que la gente quiere. La solución, por lo tanto, no pasa por dar la espalda a la Unión ni por limitar sus competencias, sino por dar la batalla de las ideas.
Sin raíces ni un ciudadano ni una comunidad podrá hacer frente a ningún reto relevante. La tradición y la identidad son activos imprescindibles, pero no deben confundirse con el nacionalismo, que implica un rechazo al «otro». Resulta ejemplar asistir a la creación de grupos parlamentarios nacionalistas, incapaces de convivir en uno solo en Bruselas y Estrasburgo. Nada hay más contradictorio que una Internacional Nacionalista, porque lo característico de un nacionalista es el rechazo a su vecino. Los populismos de este sesgo canalizan las ansiedades populares, pero no dan respuesta a los grandes retos de nuestro tiempo, como la revolución tecnológica o, más sencillamente, la seguridad nacional.
¿Cómo es posible que sus líderes saludaran con alborozo a un personaje como Trump que exige la soberanía limitada de los estados de su «área de influencia» y el derecho a mercados cautivos? ¿Cómo no entendieron que su crítica a la Unión Europea buscaba el fin del dique de contención a la actividad de las empresas norteamericanas en el Viejo Continente a costa de las autóctonas? ¿Cómo se puede ser nacionalista y aceptar la injerencia de otro estado en sus asuntos domésticos? La cuestión de Groenlandia, las amenazas arancelarias y, más recientemente, la guerra de Irán forzaron a un buen número de estas formaciones a marcar distancia con Trump, revertiendo un acercamiento políticamente suicida.
En el caso de Hungría ha habido dos temas más de indiscutible gravedad: sus vínculos con Rusia y su apertura a las inversiones de China. El expansionismo ruso no está justificado y supone una grave amenaza para el conjunto de Europa. El colonialismo comercial chino está haciendo un enorme daño a nuestra industria, con el consiguiente efecto en el mercado laboral. A medio plazo implica pérdida de soberanía y la generación de una dependencia letal. Al final los húngaros han concluido que esa no era la línea a seguir para defender sus intereses nacionales.
La seguridad nacional en su sentido más amplio sólo es posible desde un marco europeo, de igual manera que ocurre con la revolución tecnológica. Ningún Estado puede enfrentarse a estos retos de manera autónoma. El riesgo de convertirnos en satélites de otras potencias es muy grande y no queda tiempo para reaccionar. Una Europa más unida no implica un sesgo ideológico determinado. Una Europa democrática será lo que sus ciudadanos quieran y es evidente que en estos momentos no tienen muy claro cuáles son sus objetivos.
El conjunto de Occidente está viviendo una etapa de desconcierto. Siendo realistas estamos al principio de una etapa de grandes cambios, que modificarán nuestros usos y costumbres, dando paso a una nueva sociedad. Cuanto mayor es la tormenta que asola a un buque más necesaria es la autoridad y liderazgo del capitán. El ser humano tiene una impresionante capacidad de adaptación al cambio, siempre y cuando entienda qué está ocurriendo, tenga claro cuáles son los objetivos por alcanzar y confíe en sus dirigentes. No hay atajos. Ni el populismo nacionalista, ni el progresista, ni el relativismo de los partidos tradicionales son alternativas realistas.
Son muchos los problemas a los que nos enfrentamos, pero el más grave es que no sabemos lo que queremos. «No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa». Esta es una frase de José Ortega y Gasset que encontramos en su obra Ideas y creencias, publicada en 1940. Acababa de finalizar la Guerra Civil y de comenzar la II Guerra Mundial. Un mundo se derrumbaba y otro emergía, dando paso a la III Revolución Industrial y al orden liberal internacional. Nosotros estamos viviendo el capítulo siguiente, el del fin de ese orden ante el empuje de la globalización y la revolución tecnológica. Es comprensible nuestro desconcierto, por eso el mayor reto de nuestro tiempo es superarlo, estableciendo un nuevo programa colectivo.
Más allá de los desafíos tecnológicos y de seguridad, que copan nuestras agendas con alarmas de urgencia, el gran tema vuelve a ser de carácter cultural. Occidente, no sólo Europa, tiene que ser capaz de adaptarse a un tiempo nuevo. La fortaleza de sus raíces y el legado de su historia son sus mayores activos, pero sin voluntad de ser poco valdrán.