Ignacio Camacho-ABC

  • Orbán había logrado de Trump y de Putin un padrinazgo simultáneo. Era su ‘royano’ infiltrado contra el consenso comunitario

EL término ‘iliberal’ lo empezaron a usar algunos sociólogos y analistas a finales del pasado siglo, pero fue Viktor Orbán el primer dirigente que lo reivindicó para sí mismo. Y cuadra muy bien con lo que en efecto hizo: convertir Hungría en un sistema con democracia formal pero con alta concentración de poder, mecanismos de contrapeso institucional eliminados o reducidos y una deriva de caudillaje típica de los populismos. Como el de Putin en Rusia, el de Erdogan en Turquía, el de Chávez en Venezuela o el de Mubarak en Egipto. Como el que intenta imponer Trump en Estados Unidos. Como el que Sánchez lleva camino de introducir en España aunque no haya terminado de conseguirlo porque le falta una mayoría estable con la que asegurarse el dominio.

Este tipo de regímenes no tienen ideología clara; pueden ser de derechas o de izquierdas, pero su característica común es la tendencia autocrática. Un liderazgo fuerte –el sanchista no lo es ni lo puede ser sin estabilidad parlamentaria– que ataca la separación de poderes, jibariza la autonomía de las instituciones y utiliza los recursos del Estado para consolidar una hegemonía basada en el uso intensivo de la propaganda. La peculiaridad de Orbán consiste en haber logrado el padrinazgo de Putin y de Trump de forma simultánea, debido a su condición de caballo troyano en una Europa detestada como símbolo decadente del orden liberal (sin i) que irrita a la vez al neoimperialismo postsoviético y al americanismo primario del movimiento MAGA.

De ahí que los partidos del modelo de la posguerra hayan celebrado el cambio húngaro, como antes el polaco, con la esperanza de que se trate de un punto de inflexión en el auge de los proyectos autoritarios. Piano, piano; a Péter Magyar aún le falta un trayecto para asimilarse a los principios del liberalismo clásico, ya sea en el espacio conservador o en el democristiano. Su formación, surgida como una escisión del Fidesz que ha gobernado durante dieciséis años, está en el Partido Popular Europeo pero aún tiene que demostrar con hechos la vocación reformista de sus compromisos programáticos. Lo que se está festejando es más bien la caída del principal obstáculo que saboteaba a golpe de veto el consenso comunitario. Para todo lo demás conviene ir despacio.

Los que peor han encajado la noticia han sido los epígonos españoles de esta esotérica convergencia ‘putiniana-trumpista’. Tienen motivo. Vox no es sólo una formación amiga de Orbán ni un miembro más de la misma estirpe política: es una franquicia. El mandatario recién derrotado era su principal referencia y protector –Santiago Abascal le ha llamado ‘jefe’ en más de una ocasión–, su paradigma, el hermano fuerte de la familia, el patrocinador que le ha inspirado la doctrina, le ha exportado su agenda y hasta le ha proporcionado ayuda crediticia. Ahora la corriente del Danubio viene menos crecida. Y hay algo más: es el primer frenazo serio a la eclosión ultraderechista. Aunque también sea pronto para predecir un cambio de mayor cuantía.