Editorial-El Correo
- Pierde un número creciente de apoyos entre sus aliados europeos, la Iglesia católica y las bases republicanas por su despótico mandato
La caótica estrategia desplegada por Donald Trump desde que desembarcó en la Casa Blanca por segunda vez ha comenzado a pasarle factura. La «fuerza» con la que el presidente de Estados Unidos adorna una gestión temeraria, a riesgo de poner patas arriba a medio mundo, pierde fuelle ante la opinión pública. En este caso, no solo por su errática forma de negociar en Oriente Medio y en Rusia tras la invasión a Ucrania. Tampoco por una sobreexposición que le sitúa en demasiadas ocasiones al borde del exabrupto y de una exageración impropia del liderazgo que se le supone. La espita abierta por su despótica visión de las relaciones internacionales, con un trato vejatorio hacia la labor de la UE, la OTAN y la propia Iglesia católica, ha provocado una creciente fuga de apoyos entre quienes eran aliados históricos de EE UU.
La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ha sido la última afectada en Europa de la beligerancia de Trump, que equivoca colaboración con pleitesía. Mientras siga sin comprender que la voladura de puentes es incompatible con la necesaria diplomacia, más tiempo se alargará la crisis que mantiene en jaque al mundo, con graves consecuencias sobre todo para las poblaciones civiles de los países atacados. El rosario de enfrentamientos le ha llevado a ganarse simbólicamente más enemigos. Entre los líderes europeos, Pedro Sánchez fue señalado por el magnate por no plegarse a sus exigencias en defensa. Como el presidente español, Meloni se acaba de situar en su diana por negarle el uso de las bases conjuntas en la guerra ilegal contra Irán. Macron y Starmer también fueron objetivos de sus dardos, en una andanada que ha llegado hasta la Iglesia que dirige su compatriota Robert Prevost, que le ha cuestionado su «autoridad».
Al magnate seguro que le remueve el impacto de la crisis energética en el bolsillo del americano medio. Pero se nota por sus leves correcciones que se ha pasado de frenada con su mesiánica decisión de presentarse como Jesucristo, en una imagen que ha causado una indisimulada indignación entre los creyentes de las bases republicanas que le auparon al poder. Queda por demostrar qué es más peligroso en el intento de recuperar el orden mundial. Si un Trump con ínfulas renovadas de arrastrar a los aliados que le queden a un incierto destino a golpe de testosterona. O un presidente de EE UU cada vez más solo, con la única e interesada compañía de Israel y de un equipo de asesores que proyecta la política delirante de su líder.