Larra desarrolló hace casi dos siglos una tesis de plena vigencia. La incluyó en el artículo «Horas de invierno» que algunas ediciones modernas han retitulado con sus palabras literales: «España, palenque de disputas ajenas».
Venía a decir que mientras los absolutistas y liberales se degollaban en la Primera Guerra Carlista, con casi tanto frenesí como el que emplean los tirios y troyanos de hoy en las redes sociales, eran las cancillerías europeas las que movían los hilos.
España era, en su certera expresión, «el Bois de Boulogne» de los desafíos europeos. El lugar donde aristócratas y magnates se citaban para batirse en duelo por persona interpuesta. El solar ajeno donde se ventilaban las cuentas de los demás.
«Desde Bonaparte, desde Trafalgar, la España es el campo de batalla de los otros pueblos», escribió con su prosa fulgurante. «Aquí vienen los principios encontrados a darse al combate».
Con la particularidad de que no se trataba de un duelo a primera sangre.
Por eso describió el resultado con crueldad desconsolada. «El huésped que había prestado su casa reclamó siquiera el premio de su cooperación; y ¿qué le quedó? Lo que puede quedarle al campo de batalla: los cadáveres, el espectáculo de los buitres y un letrero encima: ‘Aquí fue la riña'».
Larra murió de un pistoletazo de su propia mano en 1837 tras haber dejado escrito este guion de lo que ocurriría un siglo después.
Porque en julio de 1936 España volvió a ser el palenque. Esta vez el duelo no era entre carlistas e isabelinos, sino entre fascistas y comunistas con una débil República atrapada entre dos fuegos.
España se convirtió en el campo de entrenamiento donde Hitler y Mussolini por un lado y Stalin por el otro ensayaron el armamento, las técnicas bélicas y hasta la propaganda que utilizarían en la Segunda Guerra Mundial. En cambio, los gobiernos de Londres y París se escabulleron bajo el burladero de la no intervención.
Las democracias miraron para otro lado y España pagó la cuenta con medio millón de muertos. El palenque nunca es gratis para quien lo presta.
Noventa años más tarde el guion amenaza con repetirse. No con las mismas consecuencias cruentas, pero sí con la misma lógica polarizadora que desgarra a un país.
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El presidente Sánchez acaba de regresar de su cuarta visita a China con el aval del líder de la mayor dictadura de la tierra. Ya no es sólo él quien reivindica estar «en el lado correcto de la Historia». Es Xi Jinping quien lo certifica.
Con esas mismas palabras. Con ese mismo frentismo. La Gran Muralla china ha sucedido al Muro de Berlín y se ha instalado entre nosotros. Ese era el «muro» al que se refirió Sánchez en su tercera investidura.
Cual cipayo cargado de espejuelos, el presidente ha vuelto de Pekín con 19 acuerdos «estratégicos» que van desde la alta política hasta la ciencia y la cultura, arqueología incluida.
El PSOE y sus socios peninsulares y latinoamericanos están, pues, en ese «lado de la Historia» en el que se acaba de proclamar una ley de «unidad étnica» para perseguir a los uigures y tibetanos. El «lado de la historia» en el que se reprime y encarcela a los demócratas de Hong Kong. El «lado de la historia» desde el que se estrecha el cerco militar sobre Taiwan.
Aún seguía Sánchez en Pekín cuando fue el ministro de Exteriores ruso, Lavrov, quien recibió los agasajos del régimen chino. Su canciller Wang Yu declaró sin ambages que China y Rusia «coordinan plenamente sus posiciones» y «se apoyan mutuamente», en beneficio de «la mayoría de la población mundial».
Era lo que decía la Komintern o Tercera Internacional. Es la seguridad de que Vladimir Putin seguirá contando con su gran valedor oriental para depredar Ucrania y desestabilizar Europa.
Sánchez no dijo una sola palabra en Pekín sobre nada de eso. Ni sobre los derechos humanos ni sobre la tutela que China ejerce sobre Rusia.
Tampoco la ha dicho —y esto es lo que nos deja atónitos— sobre el señalamiento por parte del Kremlin de la empresa española Oesía como «objetivo militar legítimo». Él, que retiró al embajador de Argentina para lavar el agravio de un insulto de Milei a su esposa.
Esta amenaza sin precedentes contra una firma tecnológica española de tanto mérito como valor es la última muestra de que como dijo sir Richard Dearlove, ex director del MI-6, en nuestro Wake Up, «aunque a nosotros no nos interese la guerra de Rusia a la guerra de Rusia sí le interesamos nosotros».
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Los silencios de Sánchez no son fruto de la ignorancia, sino de la fría conveniencia electoral. Porque en el trazo grueso de la comunicación volátil prestar vasallaje a Xi es plantarle cara a Trump.
Y nada es hoy electoralmente tan rentable como eso. Se ha demostrado en Canadá, Australia y en buena medida en Hungría. De ahí la «cumbre antitrumpista» de Barcelona convocada bajo el disfraz del pacifismo. Cuando baja Vox, sube el PSOE.
Trump ha conseguido lo que ningún propagandista del régimen comunista de Pekín habría soñado: que los europeos miren a China con mejores ojos que a Estados Unidos.
Trump ha logrado ofender, irritar o exasperar a todos los líderes europeos. Empezó con Merz y Macron, siguió con Starmer y ahora le ha llegado el turno a Meloni por defender al Papa.
Así lo indicaba un reciente gráfico de The Economist en forma de X: el prestigio de China subiendo como su seda, el de Estados Unidos camino del vertedero. Podía haber llevado por título el del último informe del European Council on Foreign Relations: «How Trump is making China great again».
Trump ha logrado ofender, irritar o exasperar a todos los líderes europeos. Empezó con Merz y Macron, siguió con Starmer y ahora le ha llegado el turno a Meloni por defender al Papa.
Sánchez siempre podrá decir: yo me enzarcé con él primero.
Pero la visita a Pekín que nos importa no es la de Sánchez ni la de Lavrov, sino la que el propio Trump tiene prevista para el mes próximo. Porque se avecina un nuevo Yalta.
Será una verdadera reunión en la cumbre en la que Xi y él tratarán de aranceles, tecnología y armas nucleares. De Taiwán, Ucrania e Irán. De todo a la vez. Con el desalmado pragmatismo de quien negocia un reparto del mundo en zonas de influencia.
En lo referente a Europa, Xi seguirá siendo el valedor de la agresión rusa y quien recogerá los frutos del deterioro de la relación entre Bruselas y Washington. Existe el grave riesgo de que Trump deje a la UE a merced de quien Von der Leyen definió como su «rival sistémico».
La gigantesca embajada de China frente a la Torre de Londres, ubicada al fin, pese a múltiples protestas vecinales, en la sede de la antigua Royal Mint, será la atalaya desde la que Xi vigilará el continente.
Y dentro de unos meses España se convertirá de nuevo en el palenque en el que el guante de seda chino y la mano de hierro rusa tratarán de sacar a los Estados Unidos de su actual posición geoestratégica, manteniendo a la vez a raya a la Unión Europea.
El nuestro será un palenque electoral, como los de las peleas de gallos, en el que no tendrán lugar choques militares, pero se desplegarán con igual ferocidad las técnicas de la guerra híbrida. En el que no quedarán soldados muertos, pero si cadáveres políticos.
Por eso las próximas elecciones generales serán las más trascendentes de nuestro medio siglo de democracia. No sólo determinarán el futuro de varias generaciones de españoles. También supondrán un punto de inflexión para la suerte de la Unión Europea.
A diferencia del caso de Hungría, donde Orban era a la vez el candidato de Trump y Putin —es decir de la Liga de las Autocracias en España cada oveja irá con su pareja.
Sánchez será el candidato chino con Putin emboscado en la maleza, Abascal u «Obescal», como le llama Trump, la última esperanza blanca del supremacismo de Mar-a-Lago y Feijóo el paladín del europeísmo.
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Los acontecimientos más recientes corroboran que Vox ha tocado techo y Abascal-‘Obescal’ no pasará en ningún caso del papel de subalterno. Bien para completar una mayoría del PP, bien para bloquearla. Dependerá de lo que Trump pacte con Xi y su común amigo Putin.
Es obvio que Vox se equivocó de compañero de viaje al dejar el grupo de Meloni —cada vez más próxima al PP europeo y subirse al carro de Orban. Su derrota a manos del centro derecha de Magyar le deja sin referente político y sin un respaldo financiero.
Si Trump sale victorioso de la guerra de Irán, estabiliza Venezuela hacia la democracia, obtiene resultados similares en Cuba, no se mete en ningún otro charco y pasa airosamente la reválida de noviembre, Abascal-‘Obescal’ revivirá bruscamente como quien recibe un golpe precordial.
Con Le Pen inhabilitada por la justicia, Abascal-‘Obescal’ puede quedar pronto a la deriva en un barco que se resquebraja por los escándalos financieros y las purgas con que trata de atajar la disidencia.
Sólo los errores del PP, como el de aceptar la denominación «prioridad nacional» para la lógica valoración del arraigo de cara al reparto de ayudas sociales en Extremadura, podrían ayudarle a rebotar.
Pero al final siempre dependerá de lo que vaya logrando en el mundo el palo de su primo con el pelo color de zanahoria.
Si Trump sale victorioso de la guerra de Irán, estabiliza Venezuela hacia la democracia, obtiene resultados similares en Cuba, no se mete en ningún otro charco y pasa airosamente la reválida de noviembre, Abascal-‘Obescal’ revivirá bruscamente como quien recibe un golpe precordial.
También, atención, se acelerará la apuesta militar de Washington por Marruecos. Nada tan irresponsable como ignorar el significado de esa foto que publicamos el viernes, con el ministro de Defensa de Rabat y el subsecretario del Pentágono firmando, bajo sus dos banderas, algo mucho más concreto que lo suscrito por Sánchez en Pekín.
En cambio, si la presidencia imperial del marido de Melania acentúa su legado de caos tabernario y recibe su merecido castigo electoral, el declive de Vox se acentuará y la alternativa de trasladar tropas norteamericanas a suelo marroquí irá diluyéndose.
Ya lo escribí hace dos domingos: «Cuanto peor para Trump, mejor para Sánchez».
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En el palenque español sólo dos pueden ganar. Sólo uno quedará en pie.
¿Será el candidato de quien financia a quien bombardea a Europa o el candidato de Europa? ¿El candidato que acaba de propugnar en China que «Occidente debe renunciar a parte de sus cuotas de representación» o el candidato que impulsa la cohesión europea y la autonomía estratégica bajo el paraguas de la OTAN?
Pedro Xi cuenta con todas las ventajas de su ejercicio abusivo del poder. Usurpación de los medios públicos, coacción permanente sobre los privados, ‘okupación’ de empresas, presiones a los jueces, manipulación del censo electoral y los sondeos…
Es el vademécum de Orban. En realidad, el de todos los autócratas que gobiernan bajo diversos disfraces.
Además, le avala la estadística: de las trece veces que el inquilino de la Moncloa ha tratado de renovar su contrato de alquiler a través de las urnas, lo ha conseguido en doce. Por algo será.
Entre otras razones porque necesita seguir en la Moncloa para proteger a su esposa, su hermano y sus colaboradores más íntimos de la acción de la Justicia.
La única excepción fue la «amarga victoria», el triunfo por los pelos, de Aznar sobre González en el 96. Y aun entonces podría haberse frustrado la alternancia si el derrotado hubiera sido capaz de comprar su quinta investidura con las mismas malas artes con que Sánchez compró su tercera.
El «Manchurian Candidate», dispuesto a ejercer de caballo de Troya dentro de la UE, va a por la cuarta.
De Feijóo se espera una hazaña como la de Aznar, pero con el inconveniente de Vox en el camino. Su alineamiento con los valores y políticas dominantes en la UE quedó patente esta semana en nuestro Wake Up, Spain; Wake Up, Europe. Tanto por lo que dijo él como por lo que dijeron la presidenta Metsola y el comisario Magnus Brunner.
La oposición a la chapucera, apresurada y descontrolada regularización de inmigrantes de Sánchez y el apoyo al incremento de los gastos de Defensa son los últimos ejemplos.
Feijóo está tan identificado con Bruselas que bien debería comparecer en el palenque electoral como ‘EuroAlberto’.
Esta vez los líderes de la UE no pueden permitirse el lujo de permanecer neutrales. Porque si hace 90 años, antes y después del 18 de julio, el palenque español marcó el tremendo destino inmediato del continente, lo que estará en juego dentro de unos meses es si Europa elige al candidato de Xi, al candidato de Trump o al candidato de sí misma.