José Ignacio Calleja-El Correo

  • León XIV afirma que la guerra contra Irán no es justa y señala a Trump como responsable directo de una decisión ajena a los valores del cristianismo

No creo que sea necesario salir en tromba desde la Iglesia para defender a León XIV de los arrebatos del presidente Trump. El líder estadounidense se pierde solo en sus declaraciones desquiciadas. Lo divino y lo humano están en su mente al mismo nivel, cosa que sería de alabar si fuera para bien y no para banalizar lo que le venga en gana, o sea, el ‘mal’.

Puede tener algún interés acercarse a las motivaciones que mueven a Trump en su enfado con el Papa actual, cuando hubiera sido más comprensible este choque con el anterior, Francisco. De hecho, en su primera visita al Vaticano, la fotografía que se editó del encuentro con Francisco era la viva imagen de un funeral adelantado. Pero más profundamente, Francisco denunció una y otra vez que estaba desarrollándose ante nuestros ojos una tercera guerra mundial «a pedazos», cosa que se ha verificado en el tiempo para todos. Al lado de esta denuncia, Francisco siempre mantuvo una posición teórica sobre la guerra, tanto en la de agresión como en la defensiva, que reclamaba del cristianismo la no violencia activa como forma moral de afrontar los conflictos extremos.

De hecho, se pudo conocer que la diplomacia vaticana, cerca de la Secretaría de Estado y, sobre todo, el arzobispo observador de la Iglesia católica ante la ONU, y en referencia a la guerra de Irak, en alguna ocasión -2014-, moderó esta declaración de Roma sobre la guerra justa, matizando sutilmente que algunas formas de defensa armada habían de ser consentidas en situaciones como las que se daban en ese momento. Estas cosas pasan y Francisco, sin corregir públicamente esa voz de sus diplomáticos, mantuvo que lo escrito, escrito está: los medios alternativos que constituyen la no violencia activa pueden llegar a ser muy fuertes en presión política, económica, diplomática y cultural; el problema es querer darles esa firmeza por los Estados.

Así han seguido las cosas hasta el presente, de manera que propiamente la vieja teoría escolástica de la guerra justa tolerada -siempre defensiva y con sus condiciones bastante precisas- sigue vigente en las enseñanzas de la Iglesia, y a ella se atiene el Papa León XIV. En su forma última y más moral, la llamamos deber humano de responsabilidad en el cuidado de las víctimas, y por tanto, derecho de injerencia humanitaria de la comunidad internacional, incluso con uso de la fuerza, por causa de la dignidad de los más desvalidos en un conflicto insoportable.

El caso de Gaza ha sido y es un supuesto de manual por su evidencia, pero también de que lo dicho ha brillado por su ausencia: seguimos dependiendo de las grandes potencias y sus intereses. Por tanto, es lógico que el ciudadano medio sea absolutamente escéptico sobre la cuestión, pero la Iglesia lo ve y tiene que recordarlo como una oportunidad de la paz en crecimiento. Depende de los poderosos y su descaro para negarla, pero también de los pueblos y su coraje para creer en ella y practicarla. Todo en la vida, en lo bueno y en lo no tanto, llega por los que contestan la banalidad del mal y convierten en conciencia común lo que parece discurso de ilusos.

Con estos elementos, tan de primer acceso al tema, León XIV ha tomado la paz como centro de su predicación social y lo ha concretado al caso de la guerra en Irán que, después de lo vivido en Gaza, nos ha alcanzado a todos. Por desgracia, ha sido el mercado de petróleo -el dinero– lo que nos ha hecho caer en cuenta de que la guerra no tiene fronteras y que llama daños colaterales a todos los inocentes que se lleva por el camino. Y el Papa ha hecho otra cosa, además, y es afirmar que con los criterios morales clásicos hasta hoy, la guerra en Irán no es justa, y se ha referido a Trump y Estados Unidos como responsable directo de una decisión ajena a los valores que el cristianismo defiende.

Como fuera que León XIV es y tiene la misma nacionalidad que Trump, y como los dirigentes de un país siempre piensan que por delante del juicio moral está la nacionalidad, y suponen que la cultura ha de venir en auxilio del orden necesario o estatu quo que ellos necesitan; y como disponen de la religión como un elemento ornamental en un conjunto de perfección nacional ficticio, el señor Trump ha estallado contra el ciudadano y Papa Prevost.

Trump, que no acepta que le contradigan, no puede aceptar que ‘su’ guerra no sea justa, que siendo Prevost del país, se interponga en su carrera por conservar la condición de primera potencia mundial, que no valore el reconocimiento que da a la religión en su política y que ignore, aparentemente, las maldades del régimen de Teherán. Incomprensible para Trump, pero muy razonable para quien, en cristiano y humano, piensa que la paz es el objetivo y el camino.