Luis Ayllón-ABC
- Sánchez puede tener razón en oponerse a las decisiones bélicas de Donald Trump o de Benjamin Netanyahu, pero para España no es nada conveniente
¿Cuál es el lado correcto de la historia, ese en el que todos los políticos quieren que se les sitúe? A nivel internacional, las acciones de Donald Trump hacen dudar a muchos gobernantes que no terminan de decidirse y algunos, como le ha sucedido a Giorgia Meloni, pasan en pocas horas de ser íntimos amigos del impredecible inquilino de la Casa Blanca a gente de poco fiar.
Aquí en España, Pedro Sánchez lo ha tenido claro desde el primer momento. Se ha situado lo más lejos posible de Trump y hasta lo ha expresado gráficamente retirándose un poco de la foto de la última cumbre de la OTAN. Convencido de que eso le dará un rédito electoral interno, no pierde ocasión para ahondar esas diferencias. Poco parece importarle hacia dónde está llevando al país.
Tras el franquismo, España emprendió algunos caminos equivocados. Muchos recordarán los coqueteos de Adolfo Suárez con el entonces activo Movimiento de Países no Alineados. El 9 de septiembre de 1978, Suárez era recibido en La Habana, con un caluroso abrazo, por el dictador Fidel Castro, que reunió junto a él, a los líderes de una veintena de países que aseguraban no moverse ni en la órbita de EE.UU. ni en la de la Unión Soviética, aunque buena parte compartían ideología con Moscú como Yugoslavia, Argelia, Angola o la propia Cuba. Castro alabó a Suárez por «no dejarse manejar por la OTAN y mantenerse independiente ante el imperialismo norteamericano». Y un año más tarde, Suárez recibió en Madrid a Yasser Arafat, el líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) –considerada entonces un grupo terrorista por bastantes países occidentales– quien le agradeció queno hubiera establecido relaciones diplomáticas con Israel.
Fueron años de rumbo incierto en la esfera internacional hasta que Suárez –y después sus sucesores en la Moncloa– terminaron por alinear a España en la Unión Europea y en la Alianza Atlántica. Nuestro país parecía, por fin, estar donde tenía que estar. Ahí hemos permanecido durante muchas décadas, actuando como un aliado fiable y haciendo valer nuestras fortalezas en algunas zonas del mundo, singularmente Iberoamérica. Ahora, Pedro Sánchez no pone un sólo pero a que su amigo Xi Jinping proclame que ambos son quienes están en el lado correcto de la historia, por más que en China siga habiendo un solo partido –el Comunista– y que sean incontables las violaciones de los derechos humanos.
Eso no importa para que, sólo horas después, Sánchez se reúna en Barcelona, con líderes ‘progresistas’, que alertan contra los populismos, siempre que estos sean de derechas, naturalmente.
Tampoco importa para suscribir, con Brasil y México, un texto en el que lamentan la crisis humanitaria que vive Cuba, sin que haya una sola palabra de condena del régimen castrista, principal responsable de la situación.
Ni mucho menos impide que el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, arremeta contra la líder opositora venezolana María Corina Machado, después de que su Gobierno haya estado compadreando, durante años, con los dictadores bolivarianos hoy caídos en desgracia.
El último gesto del progresista Sánchez ha sido intentar que la UE rompa su relación comercial con Israel, a sabiendas de que no tendría éxito. Todo, por arañar algún posible voto en España, como hizo con su ‘No a la guerra’ en Irán.
Sánchez puede tener razón en oponerse a las decisiones bélicas de Donald Trump o de Benjamin Netanyahu, pero para España no es nada conveniente convertirse en el adalid mundial del enfrentamiento con países con los que nos conviene llevarnos bien por motivos de seguridad, comerciales, etc. Trump o Netanyahu pasarán y cuando eso suceda nos pillará en el lado incorrecto de la historia, al que nos ha llevado el Ejecutivo de Pedro Sánchez.