- Deja muy a las claras que el inquilino de la Moncloa no se ha corrompido con el poder, sino que ya llegó infecto de los prostíbulos de su señor suegro, el proxeneta Sabiniano Gómez
Al ser defenestrado el 1 de octubre de 2016 de la secretaría general del PSOE, tras abortar el comité federal su primera tentativa de forjar su Alianza Frankenstein con los separatistas y la ETA política que luego plasmaría en la primavera de 2018, Pedro Sánchez compareció en rueda de prensa para reafirmar que él no podía «administrar una decisión que no compartía» como abstenerse en la que, a la postre, sería la última investidura de Rajoy. A este fin, «Noverdad» arguyó que «mis padres me enseñaron que lo más importante es sostener la palabra», y se fue tan campanudo como si no hubiera sido sorprendido protagonizando su primer intento conocido hasta entonces de «pucherazo» para evitar ser decapitado. Luego se sabría que aquella trapacería tuvo su precedente en las primarias de 2015, donde Susana Díaz (con peor ojo derecho que la Princesa de Éboli) le cedió la vez en base de que «no vale, pero nos vale» a la espera de desembarcar luego en Ferraz bajo palio de Reina del Sur, y su prolongación en las primarias de 2017 tras dejarse los barones robar la tostada por no haberle expulsado tras el sablazo.
Del complot de Ferraz se había publicado alguna fotografía, pero no el vídeo con la urna embarazada antes de los desposorios en un esperpento nunca observado antes del referéndum ilegal secesionista catalán. La revelación de esta cinta oculta en los archivos del PSOE por The Objective con motivo de la aparición del libro Todos los hombres de Sánchez, de Ketty Garat, a modo de caja negra sanchista, explicita a las claras que el inquilino de la Moncloa no se ha corrompido con el poder, sino que ya llegó infecto de los prostíbulos de su señor suegro, el proxeneta Sabiniano Gómez, y luego ha corrompido ese poder para mercadear sus investiduras merced a sucesivos actos de simonía, colonizar las instituciones y atrincherarse al margen del control del Parlamento. Con su conducta cuatrera, cobra vigencia la décima o espinela citada por Mingote en su ingreso en la Real Academia en 1988: «Viriato, desde ladrón / llegó a político un día; / usanza entonces sería / mejorar la condición. / Mas otros los tiempos son, / y al caudillo portugués / hoy se le imita al revés/ con tanta maña y destreza, / que hay quien político empieza / y llega a ladrón después».
El vídeo-bomba del jefe de la banda del Peugeot que, en realidad, viajaba en el Mercedes de su jefe de gabinete, Juanma Serrano, luego recompensado con sendas presidencias de empresas públicas en las que ha certificado su ineptitud con menoscabo de las arcas públicas, acredita que alguien con esos malos principios tendrá muy probablemente malos finales cubriendo ese interregno de fango y lodo. Con esa hoja de servicios, será difícil que acepte un desenlace contrario de las urnas, salvo que las preñe de votos postizos o de neoelectores del gran reemplazo en marcha.
Así, con la Ley de Memoria Democrática de subterfugio, está ampliando –se habla de dos millones y medio– los beneficiarios de la nacionalidad española de modo que supuestos nietos de españoles exiliados condicionarán el destino del país en el que no viven. En un ejercicio de poder sin responsabilidad por parte de estos agraciados, las secuelas de su elección recaerán sobre los hombros, sin embargo, de quienes habitan y laboran en España sustentando el Estado con sus cotizaciones y aportaciones.
Por eso, con los granos de los embustes en su cara, Sánchez se puso el parche en mayo de 2023 en vísperas de aquellas elecciones estivales. Haciendo gala de lo que el médico escocés John Arbuthnot denominaba en El arte de la mentira política la «mentira por traslación», Sánchez achacaba a los demás sus falsías. De esta guisa, tras haber sido cesado por trampear los resultados en aquel bochornoso comité federal socialista, les trasladó a sus diputados y senadores: «Hablarán de pucherazo; lo harán unos, y otros dirán que hay que detenerme como responsable de ese pucherazo». Parece obvio que, si tramó esas triquiñuelas contra los suyos para continuar en Ferraz, ¿cómo no va a urdirlas extramuros del partido jugándose la Moncloa y sus aldabas para tratar de ser impune quien es el vértice de la pirámide de corrupción familiar (mujer y hermano), orgánica (eventual financiación ilegal del partido) y gubernamental (coimas por obras públicas y por rescates de empresas)?
Una estafa, por lo demás, en la más execrable tradición de un PSOE que contrabandeó los comicios republicanos de febrero de 1936 saboteando el triunfo de la derecha en febrero de 1933 con su alzamiento de Asturias, coincidiendo con el del separatismo catalán en octubre de 1934 para que la CEDA no formara parte del Gobierno. En su alegato ante sus parlamentarios, Sánchez usó a Trump, a propósito del asalto al Capitolio, como frontón, pero realmente el presidente norteamericano es el espejo de quien aparenta ser la némesis de aquel al que imita para alejar a España de Occidente y someterla bajo el yugo de la dictadura comunista china.
Al trascender el explosivo vídeo del receptáculo de metacrilato repleto previamente de papeletas, su efecto sería letal para cualquier gobernante democrático, pero no para un déspota al que, si acaso, le habrá descolocado que la lanzada provenga del interior del PSOE donde algunos que luego serán legión se preparan para el «día después», de paso que vuelcan algo de veneno en la copa de su Calígula. A diferencia de aquella canción de The Buggles –Killed the Radio Star («El vídeo mató a la estrella de la radio»)–, con el que la cadena norteamericana MTV emitió el 1 de agosto de 1981 la primera señal televisiva que cambiaría la manera de consumir música en los hogares, la grabación no acabará con la estrella socialista. Mientras unos se quedarán al aguardo entretenidos con el «si yo te contara», la mayoría esgrimirá los consabidos «tengo hipoteca» o «tengo familia» para comulgar con ruedas de molino con quien juzgarán, como el presidente Franklin D. Roosevelt, al dictador nicaragüense Anastasio Somoza al recibir con honores de Estado a quien cifró su autocracia en la represión y el fraude: «Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta».
No en vano, en un mundo en el que «la falsedad vuela, mientras la verdad se arrastra tras ella», como asegurara el gran escritor irlandés Jonathan Swift, el más vil de los falsarios goza de crédulos y corona su ambición con que sólo perdure una hora su patraña. Y, si es pillado con las manos en la masa, se muestra insolente y descarado como Sánchez en las sesiones de control como si fuera el agraviado para minar la moral de los timados con sus puertas falsas. ¿Quién podría refutárselo a quien «mis padres me enseñaron que lo más importante es sostener la palabra», pese a mentir como habla evocando al burgués gentilhombre de Molière que estuvo hablando toda su vida en prosa sin sospecharlo jamás?