Editorial-El Correo

  • La polarización extrema en este mandato de Trump impide a EE UU afrontar con serenidad el tercer episodio de peligro para el presidente, que recibe una ola de solidaridad internacional

Donald Trump tuvo que abandonar el estrado de la cena de corresponsales en la Casa Blanca llevado en volandas por el Servicio Secreto, después de la amenaza desatada por un individuo armado en el hotel Washington Hilton de la capital de Estados Unidos la noche del sábado. El hecho de que, según las primeras informaciones, un profesor californiano de 31 años tratara de atravesar un control de seguridad dentro del recinto hotelero desató un tiroteo y sembró el caos, un piso más abajo, entre las 2.600 personas reunidas en una de las grandes citas sociales y políticas del año. Era la primera vez que Trump acudía como mandatario a este evento, después de años de ausencia por una intervención de Barack Obama que había considerado especialmente hiriente para él. En el mismo escenario en el que Ronald Reagan estuvo a punto de morir tiroteado en 1981, Trump se vio expuesto al tercer intento de atentado desde 2024, tras los episodios de Pensilvania y Florida cuando aún era candidato republicano.

La investigación ya en marcha deberá determinar los objetivos del atacante, ahora detenido y que comparecerá esta tarde ante un juez, y aclarar su posesión de una escopeta, una pistola y varios cuchillos. Además, será preciso examinar, y en su caso revisar, un dispositivo de seguridad al que le llueven las críticas, empezando por la decisión de concentrar en un mismo lugar al presidente, el vicepresidente, el líder de la Cámara de Representantes y los más destacados miembros del Gobierno de EE UU; una presencia conjunta de toda la cadena de sucesión, conocida de antemano, que viola las prioridades básicas de la continuidad del poder federal. El evento, además, tenía lugar en un hotel que seguía abierto a huéspedes -entre ellos, supuestamente, el atacante llegado en tren desde Los Ángeles- y que albergaba esa misma noche otras celebraciones con centenares de asistentes.

Si en los anteriores episodios de peligro para el presidente se cuestionó la actuación del Servicio Secreto, la reacción del sábado no recibe objeciones, por la eficacia y la rapidez a la hora poner a salvo, ilesos, primero a J. D. Vance y unos segundos después a Trump, movimiento este más exigente porque lo acompañaban la primera dama y la portavoz de la Casa Blanca, a punto de dar a luz. La censura en esta ocasión se centra en la planificación de la protección. Había una presencia policial masiva en el exterior del Washington Hilton, pero al interior se accedía con la mera presentación de la invitación. Solo para entrar a la cena era preciso superar el detector de metales y un registro. Con todo, el tiroteo en el que el chaleco antibalas salvó a uno de los agentes se produjo en la planta superior.

Las condenas internacionales del incidente, inmediatas y numerosas, llaman a desterrar la violencia política de las democracias. Pero la polarización, extrema en EE UU durante este segundo mandato de Trump, impide la serenidad que exige el momento; de hecho, convierte la ciénaga de las redes sociales en vehículo para tachar el episodio de Washington de ataque de falsa bandera o, desde el lado contrario, responsabilizar a las fuerzas progresistas. Ambas actitudes perniciosas no encuentran en la Casa Blanca el necesario referente moral cuando el mandatario utiliza el sobresalto para impulsar la construcción de su salón de baile, paralizada por un juez. El presidente estadounidense tampoco corresponde a la solidaridad enviada por sus maltratados aliados con una orientación clara sobre cómo se propone desatascar la guerra en Oriente Medio que lanzó junto a Israel hace ya casi dos meses.