Pedro Chacón-El Correo

La mejor manera de entender el debate actual en torno a la regularización masiva de inmigrantes es partir del principio de que en política todo es política. Y si perdemos eso de vista, nos vemos abocados a hablar de partidos más humanistas y partidos más depravados y a tomar posición moral en una decisión como la de Vox que solo busca marcar identidad política frente al PP, porque si no lo hace corre el serio riesgo de quedar absorbido más pronto que tarde por el partido del que surgió.

Resulta demasiado fácil entrar en calificativos peyorativos ante una medida claramente discriminatoria y amoral que, de llevarse a la práctica (cosa harto improbable en un sistema tan garantista como el español), supondría una afrenta inasumible en términos de pura humanidad. Así que, por favor, analicemos la medida solo en sus parámetros políticos.

Vox, en su necesidad de diferenciarse a la derecha del PP, le ofrece a la llamada coalición progresista la perfecta cobertura con la que ocultar sus propias contradicciones. Y la prioridad nacional lo que ha venido es a tapar mediáticamente hablando, aplicada a la inmigración, lo que es la prioridad nacionalista. La ley de extranjería, a la que los inmigrantes deberán someterse a partir de la regularización actual, ya les tiene reservado un filtro mucho mayor, consistente en los deberes a cumplir en las comunidades con lengua propia para poder renovar, cuando toque, el permiso de residencia que ahora obtengan.

Salvador Illa ya lo ha anunciado para Cataluña. Y lo mismo harán los nacionalistas de por aquí. Porque por encima de la prioridad nacional, elemento que casi podríamos denominar exótico, de puro raro que es en la política española de los últimos cincuenta años, lo que hemos tenido todo este último medio siglo y en dosis que dejan en anécdota lo de Extremadura, es la prioridad nacionalista, dominante absoluta en País Vasco y Cataluña y frente a la que la izquierda nunca ha sabido imponer su agenda social. El mejor ejemplo de esta deriva lo tenemos en el propio presidente del Gobierno, que habla ya de España y Cataluña como dos países distintos. O con Podemos y Sumar, a quienes Sánchez regala la regularización masiva para amarrar su apoyo, mientras lo que queda aquí de ambos partidos celebra el Aberri Eguna.

Así que en Euskadi veremos a más inmigrantes apuntándose, por la cuenta que les trae, a los cursos AISA de euskera para extranjeros, elaborados desde hace más de veinte años y donde los personajes principales son Elena, una colombiana, y Guillaume, un francés –han leído bien, un francés–, que vienen no a Euskadi sino a Euskal Herria y donde van a necesitar el euskera para sentirse integrados. Ya me dirán qué sentido de la realidad tiene esto, pero así es la prioridad nacionalista, de la que ahora nadie habla gracias a la ocurrencia (y a la necesidad) de Vox.