Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli

  • La cuestión es qué van a hacer ahora las agotadas naciones-estado de Europa

Trump no puede dejar pasar una hora sin titular escandaloso, y dos de los últimos hablan de un plan secreto para expulsar a España de la OTAN y para quitar las Malvinas al Reino Unido, en castigo por no implicarse en la guerra de Irán. Sabemos que legalmente no puede hacer ninguna de estas cosas, ni tampoco que Dinamarca le regale Groenlandia o Canadá pase a ser el Estado número 51, pero lo significativo de estas embestidas es este imperialismo descarado y grosero donde Estados Unidos no tiene verdaderos aliados, sino socios desiguales, protectorados y enemigos. Hay que agradecerle, sin duda, que apunte al nuevo elefante en la habitación: el regreso de los imperios y la crisis de la nación-estado liberal.

Extraño y antipático

El regreso de imperios e imperialismo es quizás uno de los fenómenos más extraños y antipáticos del presente, pero parece difícil negarlo. No estaba en el guion biempensante de lo probable y real (lo que indica un problema en ese guion), y es antipático porque la modernidad ilustrada decretó el rechazo de los imperios como construcciones despóticas y anacrónicas: “Cárceles de pueblos”, como se motejaba al astro-húngaro de Sissi y los valses de Viena.

La primera revolución de la baja modernidad política fue la de independencia de los Estados Unidos, una rebelión contra la metrópoli imperial británica, que se negaba a reconocer a sus colonos de ultramar los derechos a la representación parlamentaria vigentes en la metrópoli. Por eso el imperialismo siempre ha tenido muy mala prensa en los Estados Unidos, lo que no impidió que se convirtiera raudo en otro poderoso imperio de facto a caballo de la doctrina Monroe y el despojo de sus vecinos y víctimas, aunque del género vergonzante. Algo bastante original, porque los imperios solían gloriarse de serlo.

Ahora el imperialismo estadounidense revive con fuerza y descaro novedoso en la retórica agresiva, grosera y no siempre mentalmente coherente del presidente Trump. El suyo es un imperialismo tan descarado como contradictorio si no engañoso, pues prometió a sus votantes la retirada de los Estados Unidos del resto del mundo y el fin de las aventuras militares. Pero, naturalmente, los intereses estratégicos perennes de la superpotencia imperial de facto se han impuesto a la voluntad del inquilino temporal de la Casa Blanca.

No es el único imperialismo en auge: China está decidida también a restaurar y aumentar la potencia del milenario Imperio del Centro, con la dictadura de partido único y el capitalismo de Estado sustituyendo a la burocracia letrada de la Ciudad Prohibida y a la economía agraria. Algo similar ensayan otros países: la Turquía de Erdogan coquetea con cierta restauración del Imperio Otomano mediante alianzas con sus parientes culturales; el Irán de los ayatolás -y caro lo está pagando- asumió objetivos imperiales con el cerco chiita a Israel y a las monarquías suníes; de la Rusia neoimperial de Putin para qué hablar, Japón se rearma contra la amenaza china, y así una lista de lo más interesante.

La única gran entidad política a contrapié es… la Unión Europea. Los europeos todavía seguimos creyendo, sin ningún motivo, que el mundo no quiere saber nada de imperios, como si estuviéramos en una eterna Asamblea Nacional francesa de 1789 y su Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Vamos retrasados de noticias.

Los imperios europeos, los mayores de la historia, componen una historia paradójica. El portugués, y sobre todo el español, fueron los primeros en sufrir los embates erosivos de la globalización que ellos comenzaron. España ayudó a la independencia de los Estados Unidos, siguiendo a Francia y para debilitar a los británicos, para caer en la trampa de que el nuevo país rebelde ascendió de inmediato a ideal de los revolucionarios hispanoamericanos.

¿Qué puede hacer Europa?

Algo corriente, si no sistémico, en las historias de auge y decadencia imperial: durante su mayor poderío, el imperio mismo pone las bases de su propia decadencia y caída. Les pasó a Atenas y a Roma, al califato omeya y a los sucesivos imperios chinos y mongoles, a Persia y los turcos osmanlíes, y por supuesto a España, Francia y el Reino Unido: no parece tener remedio. Conviene tenerlo presente, como la posible regla de que no haya imperio capaz de crecer seguido más de un par de siglos, tras lo que viene el repliegue y la refundación, fragmentación o desastroso desmoronamiento, según. Pero hay otra regla: cuando un imperio se hunde, otro lo sustituye. La idea del fin de los imperios es tan desafortunada como el fin de la Historia de Hegel y todas sus derivadas más o menos plagiarias.

Hay tantas historias imperiales como imperios ha habido, y son muchos desde el comienzo de la historia y en todos los continentes y civilizaciones: quizás el imperio sea la entidad política a la que la humanidad tiende de forma espontánea, con interludios de repúblicas o reinos de menor pujanza. La unión parcial de repúblicas y reinos ex imperiales que es la Unión Europea no sabe muy bien qué hacer en una época que parece ir en la dirección contraria a la suya. ¿Hará falta un nuevo imperio europeo, como lo fueron el romano, el carolingio o el sacro romano-germánico? ¿Por qué no? Los imperios no son incompatibles con la democracia.

Los enormes imperios británico, francés, holandés, alemán, belga del XIX y XX inventaron un imaginativo e incoherente imperialismo liberal, que consistía en derechos democráticos para sus nacionales indígenas y sometimiento colonial para los colonizados; los modelos más esmerados, y a la larga inútiles o desastrosos, fueron los del Reino Unido con la enorme India, y Francia con la fracasada Argelia francesa, que casi hunde al país en la guerra civil. Más ingenioso fue el invento británico de la Commonwealth modo de retener influencia dando autonomía y soberanía a los dominios, que España pudo haber anticipado en tiempos de Carlos III. Pero todo eso es pasado. La cuestión es qué van a hacer ahora las agotadas naciones-estado de Europa.

Es mucho lo que sabemos y tendemos a obviar. Estamos en condiciones de entender el revival de imperialismo y los imperios, de actuar al respecto asumiendo el fin del mundo ficticio de pequeños estados-nación iguales y soberanos que intentaba garantizar para muchos siglos la fundación de la ONU. Como dijo Jean-Claude Juncker, lúcido político europeo luxemburgués, Europa se compone de dos tipos de Estados: los que saben que son pequeños, y los que aún no se han dado cuenta de serlo. Fuera de aquí lo sabe todo el mundo.