Jesús Lillo-ABC
- Que los iraníes nos caigan ahora medio bien ha sido el gran logro de Donald Trump, de gatillo fácil y boca de chancla
Envalentonadas por lo que tenía toda la pinta de acabar en un santiamén y con victoria a domicilio, algunas jugadoras de la selección de fútbol de Irán escenificaron en la Copa Asiática –esto fue a comienzos de marzo, recién estrenada la operación militar especial de Trump– su rechazo a los ayatolás mientras por megafonía sonaba el himno de su país. Tachadas de «traidoras en tiempos de guerra», las futbolistas rebeldes y farrucas, seguidoras en Instagram de nuestra Jennifer Hermoso, tuvieron que pedir una visa humanitaria y quedarse en Australia, lejos del patíbulo que les esperaba en Teherán. Midieron mal el fuera de juego, confiadas en la propaganda de una Casa Blanca que cantó victoria a las primeras de cambio y las metió en un lío antes de que el VAR pusiera las cosas en su sitio. La ola de simpatía que provocaron las futbolistas iraníes con su gesto y su sacrificio ha ido cambiando de sentido según pasaban los días, se descubría el pastel del Pentágono y se acercaba el Mundial de Fútbol, donde nada podría resultar más apetecible que un cruce entre EE.UU. e Irán, probable a partir de la combinatoria de la FIFA y el tanteo de la primera fase del torneo. Que los iraníes nos caigan ahora medio bien ha sido el gran logro de Donald Trump, de gatillo fácil y boca de chancla.
Tiene Trump la costumbre de designar enviados especiales para las zonas de conflicto, un cuerpo diplomático al que de seguir así Pedro Sánchez no va a tardar en incorporarse un negociador para España. Para eso habrá que esperar a que acabe el Mundial, con los árbitros echando una moneda al aire y sorteando el lado correcto de la historia. De los enviados que circulan por el mundo, nos quedamos con el embajador en Turquía, que además ejerce de mediador en Siria. Se llama Tom Barrack, conoce bien el paño y la alfombra persa y habla con la franqueza de quien ejerce la diplomacia a calzón quitado, sin títulos de crédito. «Lo único que ha funcionado aquí, lo único, son regímenes con un liderazgo poderoso. Aquí solo se respeta una cosa, el poder». Lo que Carrack dice de Siria se puede aplicar al resto de Oriente Próximo, incluido Irán. Mano dura, balsa de aceite. Lo mismo nos da un rey moro que un clérigo chií. Talibán o paloma, que cantaba Pablo Abraira.
Es el dinero, lo tiene a espuertas, lo que proporciona a Barrack la libertad de expresión de la que –más o menos vulnerables, con el sello de Correos o el carné de Ferraz– carecen quienes dependen de su puto amo para hablar en público. Para Barrack «no hay Oriente Próximo, sino tribus y aldeas», y ni siquiera Israel –soltó en Davos– puede considerarse una democracia. Estamos a solo un paso de que el embajador cruce la última frontera y reconozca que la única manera de gobernar EE.UU. es la que ejecuta Donald Trump, lobo capitolino, mientras rediseña un Washington que le va a quedar como el Berlín de Speer o el Teherán de Jamenei II, entrenador de fútbol y ayatolá suplente. Empatados ya en lo teocrático –«me quieren matar por ser cristiano»– en los penaltis vamos con Irán.