Ignacio Camacho-ABC

  • Cualquier casuismo, cualquier reparo en la condena del atentado implica falta de convicción en la defensa del orden democrático

En la segunda parte de ‘El Padrino’, un Michael Corleone (Al Pacino) resuelto a liquidar a un testigo fuertemente protegido responde así a los colaboradores que le expresan sus reticencias: «Si algo enseña la historia es que se puede matar a cualquiera». Y en efecto así es; para matar a alguien sólo hacen falta un arma, una oportunidad y la voluntad de hacerlo; ni siquiera un motivo, y menos una razón porque jamás la hay para un homicidio por mucho que siempre existan mentes dispuestas a encontrarle una causa lógica, una coartada, un paliativo. El tipo que pretendía atentar contra Trump en el hotel Hilton creía tenerlos, como lo creen todos los asesinos, pero lo más grave es que ciertos sectores de opinión –incluidos algunos de la política y el periodismo– traten de explicar su conducta normalizando con coartadas ideológicas esa clase de delirio retorcido, apelen a teorías conspiranoicas o hasta lamenten con lenguaje más o menos explícito que el intento de magnicidio resultara fallido.

Es evidente que en el ataque hubo fallos de seguridad muy comprometedores para el Servicio Secreto. Sorprende que el presidente no haya desatado una purga de sus responsables, tan aficionado como es a los ceses fulminantes en su equipo de Gobierno. Procede también al respecto el debate, ya viejo, sobre la facilidad legal con que en Estados Unidos es posible adquirir armamento en los comercios, y no sobre el conocimiento del contexto histórico de una nación donde dirigentes de todos los tiempos han sido víctimas de tiroteos. A ello hay que sumar el grado paroxístico de polarización que el populismo trumpista ha introducido en el sistema con serio riesgo de conflicto interno; una tensión civil radicalizada en ambos lados del espectro hasta la deshumanización del adversario y la consiguiente creación de un paisaje moral descompuesto. Pero ningún factor circunstancial puede justificar o atenuar el regreso a ese estado atávico de la conciencia en que la violencia se convierte en un método.

Trump es un personaje pernicioso cuyo mandato no sólo amenaza el equilibrio planetario sino el orden liberal vigente en Occidente durante los últimos ochenta años. Sin embargo, fue elegido en unas elecciones limpias por sus conciudadanos –detalle que plantea otros interrogantes problemáticos– y su presidencia tiene un límite constitucional de plazos tasados. Condenar el atentado –los atentados, porque van tres– no significa avalar su liderazgo; significa defender la libertad, la vida como bien supremo, la convivencia, la ley, las bases del mundo civilizado que la modernidad ha establecido sobre el humanismo democrático. Condenar es condenar: sin acepciones, sin excepciones, sin ambages, sin evasivas, sin casuismos, sin reparos. Sin esas adversativas culpables, distantes, suspicaces o minimizadoras, cuando no abiertamente sectarias, que sugieren alguna clase de tolerancia o de comprensión con un acto bárbaro. Salvo que ese modelo tribal sea el estadio prepolítico al que en el fondo aspiramos.