- Si España no existe y es sólo un constructo administrativo, si la identidad y la soberanía ya no significan nada, entonces no hay ninguna diferencia entre España y un club privado, y pagar la cuota debería ser optativo.
Escuchando a algunos partidos políticos acabas convencido de que somos los españoles los que estamos colapsando los servicios públicos.
También estamos devaluando nuestros propios salarios y provocando el colapso de nuestro mercado inmobiliario.
Toda la culpa es nuestra.
Luego lees la Constitución y ves que en ella se distingue, de forma bastante clara, a «los españoles» de «todos» los demás.
Como si la Constitución hubiera querido hacer una distinción entre ambos.
Por ejemplo, en el artículo 2: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles«.
«De todos los españoles». No «de cualquiera que ponga el pie en este cacho de tierra».
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Luego, el artículo 15 dice «todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral». No «los españoles», sino «todos».
Esto lo pone el texto para que los españoles no nos arranquemos a asesinar turistas. Que en tanto que «todos», también tienen derecho a la vida.
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A todos los periodistas nos hace gracia esa anécdota (probablemente falsa) del diario español que tituló Trágico accidente de tráfico en la Castellana: mueren dos personas y un francés.
Y nos hace gracia porque todos entendemos perfectamente qué quiere decir el titular.
Lo entendemos, salvo cuando nos ponemos a hablar de inmigración en las tertulias. Entonces, de repente, no comprendemos dónde está el chiste. Porque en España ya no hay «españoles», sólo hay «personas».
El Daily Mail tiene una noticia en su web titulada Un italiano se convierte en francés después de una grave contusión cerebral.
Este chiste tampoco lo entendemos ya en España. «¡Pues si tiene DNI francés, será francés!».
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Yo creo que tampoco es tan difícil de entender la diferencia entre «todos» y «los españoles».
Pero visto el nivel del debate político en España, lo es.
Yo lo veo un poco Barrio Sésamo: todos los españoles son «todos», pero no «todos» son españoles. Fácil.
Pues hay gente que no lo entiende. Que no entiende que seres humanos somos todos, pero que españoles sólo lo somos unos pocos.
Y que lo uno y lo otro llevan aparejados derechos diferentes.
Derecho a la vida: todos.
Derecho a votar: sólo los españoles.
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Claro que esto ha cambiado ahora, porque Pedro Sánchez le está dando derecho al voto a gente que nunca ha puesto el pie en España.
A esto, de toda la vida de Dios, se le ha llamado «amañar las elecciones».
«Modificar el censo electoral», si queremos decirlo finamente para que no se ofendan en las tertulias del centroderecha liberal socialdemócrata sanchista.
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El caso es que los padres de la Constitución no pudieron imaginar ni por un segundo que con los años llegaría al poder una casta de políticos que se pondrían a debatir, muy sesudamente, sobre qué es España y quiénes son los españoles.
¿Son los españoles algo preexistente a la aparición del político?
¿O algo que nace con el BOE?
Y España ¿qué es entonces? ¿Un cacho de tierra de fronteras arbitrarias?
¿Es «el político» el demiurgo universal que insufla vida en ese pedazo de barro sucio que es el español medio?
– Esto es un pedazo de barro sin identidad ni alma, pero gracias al poder que me concede el BOE, yo le dotaré de personalidad administrativa. ¡Hágase un español! ¡Tachaaán!
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Al parecer, español es hoy cualquiera que diga serlo, que es lo mismo que ocurre con el sexo femenino: que cualquier tipo con más cromosomas XY que un Cebada Gago (y once asesinatos a cuestas) es mujer si él dice que lo es.
En realidad, todos tenemos bastante claro quién es hombre, quién es mujer, quién es español y quién no lo es. Otra cosa es que finjamos no saberlo porque nos parece de mal gusto.
Como ese meme en el que se ve un hámster con un texto al pie que dice: «Este es Pepe. Pepe nació en una pecera. Pepe es un pez».
Claro, el chiste es que la pecera puede ser un constructo social. Pero Pepe es un hámster, te pongas como te pongas.
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En realidad, ni siquiera hace falta que lo diga yo. Sólo hace falta salir a la calle y preguntarles a los inmigrantes, a los nacionalizados y a esos que llaman «españoles de nuevo cuño» cuál es su país «de identificación». No es una pregunta tan rara. La Generalitat catalana lleva años preguntando cuál es la lengua que utilizan los catalanes en sus casas, cuál es la que utilizan en la calle y con cuál se identifican «primariamente». Porque no tienen por qué coincidir, claro.
La respuesta a esa pregunta no sorprenderá a nadie que tenga diez minutos de calle. Lo confirman además todos los sondeos que miden la lealtad de los inmigrantes hacia su país de acogida: la lealtad de los «españoles» de segunda generación apenas llega al 50%.
Es decir, que la mitad esos «españoles» ni siquiera se siente español. Aunque lo diga su DNI.
Otro dato. El porcentaje de los que se sienten «más españoles que de su país de origen» ni siquiera suele llegar al 10%.
En la mayor parte de los casos, su identidad es dual: se sienten «un poco» españoles, aunque principalmente extranjeros.
Mejor dicho: se sienten nacionales de su país. Así que los extranjeros, para ellos, somos nosotros. Aunque compartamos DNI.
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Por tanto, son ellos, los inmigrantes, por muy nacionalizados que estén, los que en una amplia mayoría de los casos tienen más claro que nadie que la nacionalidad española concedida por el Estado es sólo un documento administrativo. Un documento necesario para determinados trámites, sí. Pero poco más.
Porque su país es, principalmente, la patria de sus padres.
Esto aplica también a sus hijos. Pregúntale tú a un «español» de padres marroquíes, nacido en el españolísimo Hospital Infanta Leonor de Madrid y educado en el españolísimo sistema educativo público, cuál es su patria. Si responde «España», borro esta columna.
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Así que, visto lo visto, no entiendo los debates sobre el ius solis y el ius sanguinis.
Porque ahora todos los beneficios asociados a la nacionalidad te los da el ius padronis municipalis. O sea, un funcionario a toque de pito.
Pero, vale. Acepto pulpo como animal de compañía: compro la idea de que la nacionalidad es ya sólo una generosa concesión administrativa del funcionario de turno.
Pero en ese caso, si la nacionalidad, tus padres y tu país importan ya un rábano, acabemos con el DNI, esa antigualla, y plastifiquemos el certificado de empadronamiento.
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Esto no lo han entendido algunos periodistas que esta semana se preguntaban cosas tan inteligentes como «¿y si uno ha nacido en Quito, pero su padre es español, y llega a los dos años a España, pero luego trabaja toda su vida en Kuala Lumpur, y vuelve a los sesenta y cinco años, y pide una pensión no contributiva?».
No sé qué esperan que digamos. «¡Oh, Dios mío! ¡Qué inteligente eres! ¡Has descubierto el bug oculto en lo más profundo de nuestra xenofobia!».
Pues oiga, caballero… y yo qué sé.
¿Y cómo sabe usted que su padre es su padre? ¿Porque se lo han contado?
¿Porque lo pone en un papel con un sello que pone «Registro Civil»?
¿Y usted por qué quiere entonces a su padre? ¿Porque se lo dice el señor registrador?
¿O porque hay un vínculo que no se explica burocráticamente?
Y si de repente descubre que su padre no es su padre ¿le continuará queriendo? ¿Por qué?
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En la facultad donde yo estudié Derecho (la Autónoma de Barcelona) se solía ridiculizar a quienes hacían ese tipo de preguntas destinadas a buscar la excepción minoritaria a la norma.
Porque quién se pone a buscar la grieta de la norma, creyendo que está desmontando todo el chiringuito conceptual que la justifica, no está entendiendo algo que cualquier estudiante de primero de Derecho comprende el primer día de universidad: que toda norma es hasta cierto punto arbitraria.
¿Por qué la mayoría de edad es a los dieciocho años y no a los diecisiete y once meses?
¿Por qué la línea mágica en la que un conductor pasa de «seguro» a «peligroso» es en algunos países de 0,8 g/l de alcohol, en otros de 0,5 g/l y en otros de 0 g/l?
¿Por qué la ley presume muerta a una persona tras desaparecer durante diez años? ¿Por qué no cinco, o veinte, o cien?
¿Y quién es la verdadera madre de una niña gestada en un vientre de alquiler? ¿La que diga la parte contratante de la primera parte contratante?
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Que existan casos que desbordan la lógica de la norma no quiere decir que esta, que está pensada para el 90% de las personas, no siga siendo necesaria, aunque eso pueda dar lugar a injusticias puntuales.
La norma funciona de abajo arriba. En la base, existe un sustrato racional. Pero la determinación de sus circunstancias concretas es arbitraria. Y en el pico de la pirámide vamos a encontrar casos donde la norma pierde toda su racionalidad.
Pero en la base de la pirámide, donde reside el 90% de los ciudadanos, la lógica de la norma es inapelable.
Esto también es fácil de entender. Pero no se entiende.
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Mirémoslo así.
Si España no existe y es sólo un constructo administrativo.
Si la identidad y la soberanía ya no significan nada porque nosotros somos los más modernos y globalistas y multiculturales.
Entonces no hay ninguna diferencia entre España y un club privado.
Tú pagas una cuota y tienes acceso a determinados servicios: piscina, restaurante, sala de fumadores, biblioteca, guardería y cine de verano.
Pero si un día el nuevo presidente votado por los socios decide que a partir de ahora en el club entra cualquiera, pague o no pague cuota, con igual acceso a todos los servicios, ¿para qué pagar esa cuota?
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Llegas a la piscina para darte un baño, pero no puedes entrar porque hay setecientas personas que no han pagado (donde antes había veinte que sí pagaban).
Te dicen que te apuntes en la lista de espera. Que el 18 de diciembre, a 12 grados bajo cero, habrá hueco. En la zona de sombra. Sin tumbona. En el cemento (el césped está reservado hasta 2035).
¿Tú seguirías pagando la cuota?
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Por supuesto, un país no es un club privado.
Pero es que no soy yo el que dice eso.
Que un país es un club privado, pero de acceso gratuito universal, te lo dicen los que defienden la idea de que la Nación no existe y que todo lo que queda ya es el Estado y sus servicios.
Los que dicen que todos son bienvenidos y que nuestra capacidad de acogida no tiene límite. Que demos las gracias, porque la inmigración nos va a convertir en Singapur.
Mi pregunta es… ¿y por qué no somos ya Singapur, si las grandes oleadas inmigratorias hacia España empezaron aproximadamente hace veinte años? Porque hoy, nuestros salarios se han estancado, el mercado inmobiliario está roto, los servicios públicos están saturados y los hijos ya viven mucho peor que sus padres?
¿A qué estamos esperando? ¿Cuándo despega el cohete? Con 700.000 inmigrantes en paro, tres millones y medio de parados totales, dos millones de personas viviendo del Ingreso Mínimo Vital, ¿cuándo seremos Singapur?
La realidad es que no. Que no somos Singapur. Y que no sólo no nos estamos aproximando a ello, sino que cada vez estamos más lejos. Que cada vez estamos peor.
¿Qué ha fallado aquí? ¿La teoría, los políticos, los inmigrantes o los españoles?
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En el club privado del ejemplo, mientras los que no pagaban por sus servicios eran pocos (los hijos de los socios, el amigo de turno, algunos invitados puntuales en temporada alta), el club se mantenía en pie.
Pero si los que no pagan son cientos, o miles, o millones, entonces el equilibrio se rompe. Lo que tiene sentido mientras las excepciones son puntuales deja de tenerlo cuando la excepción se convierte en la norma.
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En ese punto estamos ahora. Lo que valía para un millón de inmigrantes no vale ya para diez, camino de quince.
Y que no se me malinterprete: ancha es Castilla si eso es lo que quieren los españoles. Allá el país con qué tipo de Estado del bienestar quiere y a qué precio. Pero si nos dejamos de romanticismos decimonónicos, nos dejamos de romanticismos decimonónicos.
Y entonces, la solidaridad que se la pidan a Rita la Cantaora. Si no existe un «nosotros», ¿entonces para qué y para quién estoy pagando impuestos?
¿Para «la humanidad» en pleno?
Demasiado peso sobre mis hombros. Yo paso.
Porque mi posición es la peor: soy extranjero en Cataluña, a pesar de haber nacido allí de padres catalanes, pero como español viviendo en Madrid, ahora no tengo patria, ni identidad propia, ni mayor derecho a servicios públicos que el de cualquiera que haya aterrizado hace un mes aquí.
Soy sólo un ciudadano administrativamente validado por el BOE como apto para disfrutar (es un decir) de determinados servicios sociales. Uno más, entre 8.200 millones, sin nada que me distinga de los 8.199.999.999 restantes.
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Así que soy un apátrida con acceso a servicios públicos cada vez más saturados, más caros, de peor calidad y frecuentemente inaccesibles, en tanto que contribuyente empadronado en este cacho de tierra.
Me extraña que Podemos, Sumar y el PSOE no hayan pedido ya la expulsión de los españoles de España. Por supuesto, después de expropiarles todo su patrimonio, que es lo único que les interesa de los españoles.
Yo tengo claro que soy un hámster, no un pez. E intuyo que cada vez más españoles van a empezar a buscarse una nueva pecera para huir de Cachodetierralandia.