Editorial-El Debate
  • El procesamiento de Ábalos y Koldo es un juicio condenatorio para la política y la trayectoria de Sánchez

Nunca se había visto en España un caso de corrupción tan abrumador como el que ya define al llamado sanchismo, con tantas ramificaciones, tantas complicidades y tantas pruebas sonoras, audiovisuales y documentales.

El Tribunal Supremo enjuicia ahora una de sus partes, el «Caso Mascarillas», pero toda una época está sentada en el banquillo moral de la Justicia y muy pronto en distintos tribunales por las más lamentables tramas, tantas de ellas yuxtapuestas y sincronizadas.

En el caso concreto que nos ocupa, todo parece visto para sentencia desde hace tiempo, por la contundencia de las investigaciones y testimonios de la UCO: parece improbable, por no decir imposible, que Ábalos, Koldo y, en menor medida Aldama, no vayan a conocer en pocas semanas un fallo condenatorio.

Con la diferencia de que los dos primeros eran delegados de Sánchez y ostentaban cargos o empleos públicos gracias al PSOE y el segundo, por el contrario, era un ciudadano sin representación que además ha decidido colaborar con la Justicia, aceptando el castigo, reconstruyendo la trama y pidiendo disculpas.

Lo relevante, al final, es que todo este bochorno describe el paisaje global de Sánchez y explica su trayectoria: Koldo, Ábalos y Cerdán conforman el equipo fundacional del actual presidente, el que le ayudó a asaltar el PSOE, a afinar una moción de censura infame y a lograr una investidura indecente con un obsceno cambalache con todos los enemigos de la España constitucional.

A todos ellos Sánchez les promovió, utilizó y protegió. Y todo lo que hicieran, más allá de la política, lo pudieron hacer en distintos ámbitos económicos gracias al visto bueno y a la complicidad, por acción u omisión, de ministros, comunidades autónomas y la propia Moncloa.

Vender mascarillas, lograr obra pública, favorecer rescates u obtener licencias para comercializar hidrocarburos hubiera sido imposible sin la complacencia del propio presidente o de sus delegados.

El juicio actual acabará de una manera, pero la sentencia política condenatoria para Pedro Sánchez ya es firme desde hace mucho tiempo y, de no ser un inmoral sin precedentes, ahora mismo ya habría dimitido.