- No es muy disparatado imaginar que cuando José Luis Ábalos defendió la moción de censura contra Rajoy ya debía estar pensando en los negocios que podría hacer desde el ministerio
¿Quién es peor para un país, Koldo o Peramato? ¿Una trama de corrupción incrustada en el corazón mismo del gobierno o el ejercicio descarado y sin filtros de un poder arbitrario? ¿Qué es peor, robar el dinero público o robar las instituciones para usarlas en beneficio propio? Resulta fácil hacer chanzas con Koldo, con sus pintas, sus chistorras y su pintoresco testimonio ante el Supremo; Peramato, por el contrario, circula por la vida pública armada con sus puñetas, su cara de palo y su aire de superioridad. Ella es una autoridad del Estado y Koldo una especie de friki, pero ambos son hijos del sanchismo y ambos comparten su mismo objetivo: la rapiña, de dinero o de poder, pero rapiña en cualquier caso. Así funciona el sanchismo desde su presentación en sociedad en el famoso comité federal de hace una década. Aquel intento de pucherazo, el inicio de su asalto al PSOE, fue su acto fundacional y en ello siguen diez años después.
No es muy disparatado imaginar que cuando José Luis Ábalos defendió la moción de censura contra Rajoy ya debía estar pensando en los negocios que podría hacer desde el ministerio; Begoña Gómez barruntaba cómo iniciar su fulgurante andadura académica y Santos Cerdán se disponía a acometer la expansión territorial de los chanchullos navarros con Servinabar. Sánchez y su guardia de corps eran una banda de desarrapados en términos políticos, lo peor de la organización socialista; jamás podrían haber imaginado llegar a donde llegaron y, como buenos arribistas, se dispusieron a sacar rendimiento a ese golpe de audacia desde el primer minuto. Como su desmedida ambición solo era equiparable a su torpeza, la mayoría han acabado sentados en el banquillo.
Pero existe otro tipo de rapiña que esta semana hemos visto en todo su esplendor: la de las instituciones. La purga en la Fiscalía General del Estado iniciada por Dolores Delgado y seguida con entusiasmo por Álvaro García Ortiz y ahora Teresa Peramato no tiene parangón; ha sido una auténtica razzia. Una organización minoritaria, la Unión Progresista de Fiscales, que no llega a representar al 10 % de la carrera, ocupa todos los puestos de responsabilidad. A lo largo de estos años se han creado fiscalías especiales de todo tipo con el único propósito de promocionar a más fiscales de su cuerda y cambiar los equilibrios en el seno del cuerpo. Para moverse en ese campo de minas no valen ni el escalafón ni los méritos profesionales, solo la obediencia lanar a la secta que comandan Dolores Delgado y Baltasar Garzón. La purga de la fiscal Lastra por haber defendido la legalidad frente al condenado García Ortiz ha sido la última hazaña de esta banda de campeones del uso alternativo del derecho.
El CIS, Televisión Española, el Tribunal Constitucional y la Fiscalía General del Estado se han convertido en los fortines ideológicos del sanchismo. Han dejado de ser instituciones en el sentido democrático del término porque ya no representan al conjunto de la sociedad, han sido ocupadas de forma casi militar para convertirlas en bastiones del despotismo de Pedro Sánchez. En el caso de TVE y el CIS, los ciudadanos al menos tenemos la alternativa de los medios y encuestadoras privadas, pero no hay alternativa privada a la Fiscalía o al Constitucional y ello supone que las consecuencias de su colonización política son mucho más graves.
Si este tipo de instituciones se justifica por la necesidad de proteger al individuo del abuso de las mayorías, lo que estamos viendo en España es un fenómeno aún peor, el de una mayoría indefensa ante el robo y el abuso de las instituciones por parte de la minoría. Ante semejante atropello democrático, Koldo y Ábalos no pasan de ser unos pobres pringados.