Ignacio Camacho-ABC

  • Del covid no salimos más fuertes, como proclamaba el Gobierno. Salimos más escépticos, más suspicaces, menos ingenuos

Más vale que la crisis del hantavirus discurra como pronostican los virólogos y no como pensamos o tememos los hipocondríacos. Ojalá se trate sólo de una alerta pasajera, relativamente fácil de controlar con protocolos epidemiológicos y clínicos bastante ensayados por tratarse de un patógeno conocido. (Inciso: epidemiólogos y virólogos, actuales estrellas de los informativos, tuvieron durante el covid el mismo acierto en sus vaticinios que los economistas en el estallido de la burbuja de las hipotecas y el ladrillo). Pero los titubeos de las autoridades, el enfrentamiento institucional o el criterio discordante de los científicos han resucitado los peores fantasmas en el inconsciente colectivo. El ser humano es hijo de su experiencia y la memoria de aquellos desconcertantes días de enero y febrero de 2020 no nos deja tranquilos. Hubo demasiadas mentiras, demasiada incompetencia, demasiado encubrimiento, demasiado conflicto político. Y nosotros, los de entonces, sí somos los mismos.

No salimos más fuertes de aquello, como se empeñaba en arengarnos la propaganda del Gobierno. Al contrario, salimos más desconfiados, menos ingenuos, más suspicaces, más reticentes, más escépticos. Y todavía no se nos ha disipado el mosqueo. Nos dijeron que no había nada que temer, que fuésemos responsables, que nos mantuviésemos serenos, que no había motivos para sufrir de los nervios, y apenas una semana después decretaron el confinamiento. La ciudadanía sacó una conclusión, y fue que de los dirigentes públicos no es posible esperar un comportamiento recto ni sincero, que carecen de credibilidad y de aptitud para solucionar problemas serios, que el Estado no tiene instrumentos para enfrentarse a desafíos complejos. Y encima supimos después que mientras la población temblaba de angustia y de miedo, mientras colapsaban la economía y el empleo, mientras se acumulaban los muertos en unos hospitales repletos, algunos salieron más ricos porque utilizaron la emergencia en su propio provecho.

Ahora nos vuelven a pedir calma. Es razonable: hay pocas personas infectadas, el brote está localizado y se puede controlar con una gestión sensata. Sólo que es esto último lo que se echa en falta: liderazgo, transparencia, honestidad, eficacia. Lo que sobra es descoordinación, inmadurez, deslealtad, arrogancia. No sólo en España, donde el presidente no da la cara y los ministros se contradicen sobre la obligatoriedad de la cuarentena en medio de un lamentable espectáculo de gresca política por el desembarco del crucero contaminado en Canarias; la OMS tampoco se aclara ni es capaz de seguirle la trazabilidad a varias personas contagiadas. Una imagen de caos, de confusión, de ineptitud, que genera un estado de inquietud espontánea incrementado por una estrategia (?) de comunicación opaca y por las dudas sobre el alcance de la propagación secundaria. Se repite la sensación de un país con graves fallas funcionales y un poder dando tumbos entre decisiones improvisadas. ¿Alarma? Poco nos pasa.