Pedro Chacón-El Correo
- Pensó que la legitimación de las urnas -32 escaños en las autonómicas de 1984- le daba un plus de autoridad frente a la legitimación de los batzokis
El Gobierno vasco encabezado por Carlos Garaikoetxea puso en marcha la estructura política que venía diseñada ya desde José Antonio Aguirre -como primer paso para llegar a la Euskal Herria soñada- y desde Indalecio Prieto, como forma de contrarrestar el arcaísmo que veía en las Diputaciones liberal-fueristas. Es por ese origen que tenemos hoy unas Diputaciones Forales reducidas a la fiscalidad, la asistencia social y las carreteras y un Gobierno vasco con todo lo demás. Lo cual desmiente por completo que Garaikoetxea perdiera la confianza del PNV por echarle un pulso a las Diputaciones. La foralidad ya estaba sentenciada por Aguirre y Prieto desde el principio. La verdadera razón de la salida de Garaikoetxea fueron lo que cabe denominar los límites del nacionalismo vasco.
Unos límites que para el PNV se traducen en que el partido lo es todo, es su referente vital. Mientras la izquierda abertzale prefiere la nebulosa de su mapa de Euskal Herria, creyéndose cosas tan estrafalarias como que a alguien de Lanestosa le interese realmente el tiempo que hace hoy en Anglet, la gente del PNV es su partido lo que vive y siente como algo físico, real, con centro geopolítico en Sabin Etxea, y todo el que ponga en riesgo ese fundamento, más aún si es de los suyos, queda rápidamente desautorizado.
Garaikoetxea desafió a ese mundo porque pensó que la legitimación de las urnas -sacó 32 escaños en las autonómicas de 1984, a solo 6 de la mayoría absoluta- le daba un plus de autoridad frente a la legitimación de los batzokis, que es la única que cuenta en el PNV. Y ahí empezó su calvario. El PNV se considera investido por el ascendiente de haber sido el primero en incorporar a la política la idea de que existe un pueblo vasco. Y no le importa que su presidente salga con el voto de solo el 15% de sus 22.000 afiliados, ya que 3.000 aguerridos jeltzales pueden tumbar, si quieren, a un lehendakari, aunque tuviera mayoría absoluta. El PNV puso sus límites y Garaikoetxea los traspasó. Eso fue todo.
Hay otro límite del nacionalismo vasco que no afectó a la salida de Garaikoetxea pero que sí se notó el día de sus honras fúnebres en Ajuria Enea, donde ni Aitor Esteban ni Arnaldo Otegi tuvieron la valentía de recordar que la época en que gobernó, entre 1980 y 1985, fue también la más aciaga de la Transición, con -salvo error u omisión- 270 asesinatos de los cuales 218 cometidos por ETA. No habría sido una falta de respeto, siendo Garaikoetxea un defensor acérrimo de los derechos humanos. Es más, seguro que le habría reconfortado ese mínimo detalle por las víctimas. Aitor Esteban, sin embargo, solo destacó, de entre las «circunstancias difíciles» de su mandato, las inundaciones de Bizkaia. Y Arnaldo Otegi recordó compungido que «una de las grandes heridas en la Transición para nuestro país fue la división territorial».