Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo

  • El ‘aquí no viene nadie’ ha dejado de ser una maldad capciosa, para convertirse en una simple constatación. ¿Cuál es la última inversión, de importancia y novedosa, nacional o extranjera que recuerda?

Antes de fomentar el arraigo es necesario modificar el entorno. El Gobierno vasco lleva años tratando de fomentar el arraigo de nuestras empresas. Aunque no existe una definición precisa y comúnmente aceptada de lo que significa esto del arraigo, todos tenemos una idea aproximada de lo que es. Básicamente, consiste en que los centros de decisión, desde donde se dirigen nuestras empresas y los lugares desde donde se toman las decisiones importantes, se encuentren próximas y sean permeables a nuestras conveniencias. Pero eso no es una simple cuestión de voluntad, una mera declaración de intenciones. El arraigo vendrá solo, si antes se reúnen las circunstancias adecuadas y será imposible si estas son adversas. Hoy en día nadie dudará que las nuestras no son las ideales y que no bastará con desearlo y expresar buenas intenciones para recomponerlas.

La historia demuestra, y las estadísticas lo certifican, que el País Vasco ha dejado de ser un lugar atractivo para invertir. El ‘aquí no viene nadie’ ha dejado de ser una maldad capciosa, para convertirse en una simple constatación. ¿Cuál es la última inversión, de importancia y novedosa, nacional o extranjera que recuerda? Sin duda las hay, pero son tan pocas que no superan el nivel de la excepción y nunca llegan a convertirse en la regla. Las últimas declaraciones del presidente de la CEOE fueron demoledoras, pero las únicas críticas que recibieron se centraron en discutir la oportunidad del mensajero, al no poder refutar el contenido del mensaje.

Nadie podrá criticar por ello al consejero de Industria, que intenta con entusiasmo y esfuerzo sostener el antiguo -más que levantar un nuevo- entramado industrial. Tuvo éxito con la operación Talgo, en donde consiguió reunir los mimbres necesarios. No fue sencillo, pero las ayudas políticas fueron importantes. Y poco puede hacer en Tubos Reunidos, aplastada la empresa por el peso de sus deudas y su falta de competitividad.

Pero subamos un par de escalones más en la cuestión. Para que el entorno se vuelva favorable hay que cambiar el sistema educativo, que vive ajeno, cuando no de espaldas, a las necesidades empresariales. Tuvimos, tenemos hoy, la escuela de negocio pionera en toda España, pero después han surgido otras muchas que, apoyadas en grandes esfuerzos de marketing nos han sobrepasado en atractivo para las familias españolas y no digamos para las extranjeras, para las que somos inexistentes. Añadan la defunción del mérito, la obsolescencia del esfuerzo, la falta de atractivo de la excelencia y verán retazos de una buena parte de la juventud actual, que huye del compromiso, que aborrece el riesgo y que esquiva con demasiada frecuencia la responsabilidad. Tenemos la juventud mejor formada de la historia (dicen) pero, sin duda, la menos atraída por el emprendimiento.

Tras culminar su formación, nuestros mejores jóvenes se van -eso es bueno porque la completan-, pero no pueden volver y eso es malo. El 85% de ellos opinan que es por falta de proyectos. Otros muchos ocultan las razones lingüísticas, que han pasado de ser el fomento de una lengua al obstáculo de un proceso.

Hay que cambiar el entorno sindical. No puede que ser que aquí manden organizaciones que busquen la confrontación y midan su éxito por el número y la duración de las huelgas que convocan, y hay que transformar en profundidad el entorno social. La violencia etarra ha terminado -no olvidemos que tras un rosario de secuestros, extorsiones y asesinatos que dejaron el cuerpo social malherido-, pero se mantiene una violencia social difusa que hace muchísimo daño.

Los ‘ongi etorris’ que celebran la vuelta a casa de asesinos convictos y confesos y las ‘Korrikas’ que ensalzan y homenajean a condenados por asesinatos crueles no son el mejor caldo de cultivo para que surjan iniciativas empresariales. Como lo es el ver a los partidos que alentaron y sostuvieron la violencia convertidos en sostén e inspiración del Gobierno.