Ignacio Camacho-ABC
- Sánchez necesita un plebiscito. Un cambio de eje del debate político que obligue a la derecha a batirse en un marco distinto
El domingo sufrirá Pedro Sánchez la penúltima derrota antes de las elecciones generales. (La última será en las municipales y autonómicas del próximo año). Se podrá consolar si Juanma Moreno pierde la mayoría absoluta pero el Partido Socialista quedará veinte puntos y otros tantos escaños por debajo del PP en el territorio que controlaba como un latifundio privado hasta que su actual líder se puso al mando. Desde 2018, cuando Susana Díaz salió de la Junta, ha cambiado dos veces de candidato –tres si se cuenta a la propia expresidenta– sin revertir la trayectoria de descalabro que le ha costado casi todo el poder provincial y local, incluidos muchos grandes municipios agrarios. He ahí el retrato breve de un fracaso que tiene pinta de ir para largo.
En estas condiciones, repetidas en la mayor parte del mapa autonómico, el jefe del Gobierno no puede afrontar su reelección con el único programa del miedo a la ultraderecha. Y menos con un balance de gestión que va de desastre en desastre sin mayoría parlamentaria que la sostenga, sin presupuestos, sin política de vivienda, con las infraestructuras colapsadas, una inflación al galope y la corrupción trepando por las patas de la mesa del Consejo de Ministros hasta plantarse a la puerta de la Presidencia. Tampoco parece suficiente la oposición a Trump ni el rescate de la consigna del ‘No a la guerra’. Necesita un órdago a la grande, una apuesta estratégica que eleve la polarización al grado máximo y active el voto adormecido de la izquierda.
En este punto hay que escuchar a Iván Redondo, el antiguo gurú que sigue ejerciendo en la Moncloa un cierto ascendiente político. En la gira de promoción de su último libro ha lanzado una idea a la que conviene prestar oído: la de concurrir a las urnas con la propuesta de una nueva Constitución que consagre la plurinacionalidad y el federalismo. Un proyecto para arrasar en Cataluña, el último feudo sanchista, cambiar el eje del debate y obligar a la derecha a batirse en un marco conceptual distinto. Una crisis (de)constituyente para recomponer la cohesión de los socios y convertir la recta final del mandato en un plebiscito. Un señuelo propagandístico, una liebre tras la que correr dejando en el olvido el creciente desgaste del Ejecutivo.
Esa música se parece a la que suena en el entorno gubernamental desde hace algún tiempo. El cincuentenario de la Carta Magna en 2028 sería el pretexto. El objetivo, enredar a la oposición en un brusco giro de planteamientos que desvíe la conversación pública de la necesidad de una alternativa hacia la discusión de unas nuevas reglas del juego. Y la carta escondida, el comodín capaz de reeditar la alianza Frankenstein y atraer a los milenials al proceso, sería la celebración de un referéndum, si es necesario con la monarquía en el centro. Puede ocurrir o no, pero es evidente que Pedro no se va a quedar quieto a esperar su relevo. Y que antes de correr el riesgo de acabar sentado en el Supremo buscará alguna manera de darle una patada al tablero.