Rosario Morejón Sabio-El Correo

  • El peligro es la banalización del arma atómica por el aventurerismo de Trump y Putin

El 27 de abril arrancó en Nueva York durante un mes la undécima conferencia del Tratado sobre la no proliferación de armas nucleares (TNP). Esta gran cita de la diplomacia internacional se celebra una vez cada cinco años. Las últimas ediciones discurrieron entre una relativa indiferencia. Sin embargo, ante al regreso desinhibido de la competición por los arsenales atómicos, esta rendición de cuentas del acuerdo de 1970, del que son firmantes la casi totalidad de los países -191 Estados- tiene lugar en un contexto singular. Las guerras en Ucrania y en Oriente Medio llevan a muchos países a creer que el cumplimiento de las bases del tratado ofrece menos protección que el poder. Esta es la verdadera prueba de Nueva York. El riesgo no es otro documento final fallido. El peligro mayúsculo es que más países firmantes empiecen a preguntarse si el acuerdo atómico protege la moderación o simplemente preserva los privilegios de los Estados nucleares.

La conferencia avanza con riesgo de implosión. El TNP no está muerto aunque los tratados de este tipo se desgastan cuando las promesas se convierten en meras formalidades. Desde su entrada en vigor, ha atravesado serios tumultos. Especialmente en 2003, cuando Corea del Norte se retiró para lanzarse oficialmente a construir su arsenal. De rápido crecimiento, se estima que cuenta con «algunas decenas de ojivas», según los datos comunicados, el 15 de abril, por la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA).

«Todas las bases del tratado están debilitadas: desarme, lucha contra la proliferación y nuclear civil», resume Héloïse Fayet, del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI). En cuanto al desarme, el punto crucial es la desaparición de la arquitectura de seguridad de los arsenales de las dos potencias nucleares: Estados Unidos y Rusia. El último acto de este hundimiento tuvo lugar el 4 de febrero con la finalización del tratado New Start. Firmado en 2010, representaba la última salvaguarda para organizar las inspecciones recíprocas de sus depósitos de lanzamientos, misiles balísticos intercontinentales u ojivas nucleares.

A su vez, sin entender de no proliferación, China intenta alcanzar a EE UU en el número de ojivas. Rechaza cualquier transparencia sobre almacenamientos y ensayos; según los expertos, podría alcanzar las 1.000 cabezas hacia 2030 frente a las 600 presentes. EE UU cuenta con 1.670, Rusia tiene 1.718. A este ambiente se suma la banalización del recurso al arma nuclear hasta doblegar cualquier compromiso internacional: la Rusia de Putin y los EE UU de Trump amenazan con sus terroríficos dispositivos a naciones soberanas o civilizaciones ancestrales. En la reunión preparatoria entre las cinco potencias nucleares reconocidas (EE UU, Rusia, China, Francia, Reino Unido) ni se mencionaron los compromisos de no proliferación. No hay cohesión entre los viejos motores del TNP.

Francia llega a la conferencia en una situación especial. El 2 de marzo, Emmanuel Macron anunció en su discurso sobre la disuasión en la base naval de Longue que «ordenaba» el aumento de cabezas nucleares. Con la superación de las 290 actuales, el presidente ponía fin a 35 años de reducción del arsenal atómico. Reino Unido dio este paso en 2021. Francia era el último país del P5 firme en mantener la línea de un no aumento del arsenal.

El jefe de Estado galo sumaba el mismo día otra excepción al TNP: un proyecto de «disuasión avanzada» defendido como complemento al paraguas nuclear estadounidense. Esta desviación del espíritu del tratado permite el posicionamiento de bombarderos o de ojivas en otros países. El proyecto francés cuenta con el apoyo de los Estados bálticos, Suecia y Polonia. Los países árabes se interesan, visto el aventurismo guerrero de Trump.

Esta evolución de la postura francesa es similar a los deslizamientos cada vez más visibles en otras democracias, particularmente en Asia. En Japón el tabú del nuclear civil y militar está a punto de saltar al debate público; lo mismo en en Corea del Sur y en Australia, con el programa Aukus, lanzado en 2021, que permite la adquisición de submarinos de propulsión nuclear.

La conferencia deambula entre dos realidades contrapuestas. El TNP sigue siendo la base de un sistema mundial de no proliferación de armas nucleares; ha logrado avances reales, incluidas amplias regiones libres de armas de destrucción masiva. Sin embargo, el estancamiento del desarme, los dobles raseros según Estados -Pakistán, India e Israel-, los ataques a instalaciones nucleares, la modernización y las nuevas tecnologías que cuestionan las salvaguardias existentes, todos estos fenómenos distorsionan la legitimidad y viabilidad de un tratado desfasado ante las nuevas guerras y necesidades en defensa. Todo ello, inmersos en una recomposición de las alianzas. ¿Alguien piensa desprenderse del poder nuclear?