Miquel Escudero-Catalunya Press

Cuando Mariano José de Larra, genio del periodismo, se suicidó en 1837, tenía tan sólo 27 años. Y dejó huérfanos a tres niños: Luis Mariano, Adela y Baldomera (de nacimiento era María Dolores). El primero fue libretista de zarzuelas (la más conocida: El barberillo de Lavapiés). La segunda descubrió el cadáver de su padre con 4 años de edad (casada y con tres hijos fue amante de Amadeo de Saboya y Galdós la retrató en sus Episodios nacionales). La tercera, abandonada por su marido, protagonizó una estafa piramidal por la que fue a la cárcel.

Es interesante preguntarse por «el momento en que la vida de unas personas cambia sin posibilidad de vuelta atrás»; frase que extraigo del libro de Santiago Tarín Los crímenes de los pasos perdidos (Ed. Alrevés). Este periodista entiende que con los años te das cuenta de que la crónica negra es «una figura geométrica con muchos ángulos» y que ni los datos ni las narraciones simples son suficientes para captar la personalidad de los delincuentes y el por qué de sus acciones. De este modo, Tarín transmite el valor de las charlas con jueces, fiscales, abogados, políticos, víctimas y delincuentes sobre aspectos que los documentos oficiales no recogen. En este caso, asevera, son conversaciones efectuadas en el gran salón central del edificio del Palacio de Justicia de Barcelona, popularmente conocido como el de los Pasos perdidos.

Santi Tarín es un hombre sensible al dolor que se genera alrededor, día a día, y al mal desatado. «Un crimen –afirma- es siempre la derrota de la razón, un fracaso que a veces ni su resolución conlleva una victoria, porque al final sólo encontramos perdedores«. También es consciente de las carencias y miserias que, desde su nacimiento, se concentran en algunos seres humanos con muchas menos oportunidades que la mayoría para tirar adelante. Refiriéndose a los antiguos quinquis, señala que aquellos muchachos sólo aprendieron en la cárcel a «asociarse con otros delincuentes, a perfeccionar sus dotes de forajidos o a endurecer aún más su carácter». Un grafiti carcelero refleja una extendida percepción: «Los ricos nunca entran, los pobres nunca salen».

Por estas páginas desfilan personajes desestructurados y con absoluto desapego por la vida, pero hay también un extraño caso de violencia doméstica relacionado con una prejubilación, que sale de los moldes habituales y que merece especial atención. Ciertamente, hay enigmas que nunca se resolverán. Por ejemplo, el año 2020 hubo en España 3.217 cadáveres anónimos. El procedimiento a seguir con ellos: hacerles la autopsia, tomarles las huellas digitales, el ADN y, pasado un tiempo prudencial, inhumarlos en una fosa común.

Santiago Tarín homenajea a Josep Martí Gómez como maestro del reportaje de sucesos y tribunales y con el que tuvo la suerte, según destaca, de compartir redacción y charlas. Tarín expresa su convicción de que a un reportero no le corresponde decir a sus lectores lo que deben pensar sino darles toda la información posible para que lleguen a sus propias conclusiones. Hacer otra cosa es «tratar a la gente como niños que no pueden razonar e induce a la manipulación».

Tarín desestima la expresión fake news y opta por emplear la más clara de ‘paparruchadas’, esto es: noticias falsas y desatinadas. Este cronista se caracteriza por atenerse a los hechos, y exponerlos con sentido crítico. En 2020, escribió el libro En el tsunami catalán; que subtituló como ‘Una biografía del proceso independentista’. Me parece oportuno evocarlo de nuevo. Santiago Tarín constataba cómo un entramado financiero desafió al Estado «con absoluta falta de transparencia y con abundante dinero público». Cientos de millones de euros, quizá miles, se evaporaron de las arcas públicas, «destinándose a comisiones en lugar de a otros fines, como la salud, la educación o las infraestructuras». En los veintitrés años de predominio de Pujol y CDC se constituyó un régimen: «Y no fue un sistema amable. Disentir estaba estigmatizado». ¿Cuánto perdura de él hoy día?

Hace siete años, Piergiorgio M. Sandri especificó en La Vanguardia que en España se llegaba a perder por fraude un 4,5% del PIB (unos 60.000 millones de euros). No hay duda de quien más paga el precio de la corrupción es la propia ciudadanía, la cual «parece –dice Santi Tarín- no acabar de darse cuenta de lo que ocurre o ha ocurrido en no pocas elecciones, ganadas por partidos manchados con esta lacra». Pero, al compás del grafiti antes citado, puede decirse que los ricos nunca entran en la cárcel (o salen enseguida), mientras que los pobres nunca salen de sus penas.