Ignacio Camacho-ABC

  • A la Guardia Civil le duele más la falta de amparo de las autoridades que la escasez de medios contra los narcotraficantes

Accidente laboral. Quien preparase a María Jesús Montero para el último debate electoral le colocó un mensaje ciertamente desafortunado sobre los guardias civiles fallecidos en persecución de unos narcos. Y si lo improvisó ella, abundando además en el concepto, no pudo cometer un error más nefasto. A la falta de sensibilidad de Marlaska, que ya estaba en entredicho por ausentarse del funeral de las víctimas, su excompañera de Gabinete añadió la minimización de un desenlace dramático. En un momento de enorme indignación en el Instituto Armado, cuyos agentes se quejan de indefensión y desamparo, la candidata socialista no tuvo mejor idea que minimizar dos muertes en acto de servicio asimilándolas con un percance de trabajo. Como si se hubieran caído de un andamio.

Los colegas del diario ‘Artículo 14’ publicaron ayer que la Mesa del Congreso ha frenado setenta veces, 70, la propuesta para reconocer a la Policía y a la Guardia Civil como profesión de riesgo. El congelador de Armengol, llama la oposición a este procedimiento con que la coalición de Gobierno trata de disfrazar su falta de mayoría en la Cámara mediante subterfugios de bloqueo. Ese epígrafe técnico de actividades peligrosas –que incluye condiciones especiales de jubilación y mejoras de sueldo– acoge a profesionales taurinos, mineros, personal de vuelo, ¡¡trapecistas!!, bailarines y por supuesto policías locales y forales, ‘ertzainas’, mozos de escuadra y bomberos. Pero deja a 150.000 agentes de seguridad al descubierto.

Y ahora viene la autodenominada mujer más poderosa de la democracia a decirles que estrellarse al perseguir a unos traficantes provistos de sofisticadas armas de guerra y lanchas ultrarrápidas viene a ser como perder un dedo al manipular una máquina. Una contrariedad, un gaje del oficio, una desgracia de la vida cotidiana. Con los cadáveres recién enterrados quizá se pueda ser más fría pero es difícil resultar más inoportuna y menos empática. Consciente del patinazo, Montero se vio obligada a matizar ayer sus palabras. Tarde: más de 600.000 ciudadanos habían visto en directo su áspera receptividad emocional, su desapego rayano en la ataraxia, su lamentable, displicente valoración de unas circunstancias trágicas.

La renuencia gubernamental a reconocer la peligrosidad del ejercicio policial demuestra que no se trata sólo de un resbalón en el acaloramiento del debate. Es una posición oficial, por razones económico-financieras, ideológicas o de otra clase, pero en cualquier caso inexplicables, indefendibles ante una opinión pública consciente de las dificultades de las fuerzas del orden a la hora de enfrentarse a unas bandas rampantes pertrechadas con medios que los defensores del Estado no tienen a su alcance. Pero esa desigualdad de equipamiento tendría un cierto pase si al menos contaran con el apoyo moral de las autoridades, cuya ausencia les duele más que la cicatería de recursos materiales. Para que los malos ganen sólo es menester que los buenos se desentiendan o se aparten.