Editorial-El Debate
  • Mientras los agentes mueren o son asesinados, este Gobierno les abandona a su suerte

Los pitidos y abucheos a Marlaska de las familias de los guardias civiles en Jaén son, en sí mismos, suficientes para que el peor ministro del Interior dimitiera sin dilación ni excusas del cargo o, en su defecto, le destituyera del mismo el presidente del Gobierno.

Pero es que hay muchas más razones, todas irrebatibles y además bien tristes: la muerte o el asesinato de cuatro agentes en dos años, mientras luchaban contra el narcotráfico en condiciones precarias, resume trágicamente el abandono del gobierno a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, sistemáticamente denunciado por ellos y desoído por el Gobierno.

Todo lo que han hecho Sánchez y Marlaska en este ámbito ha ido en contra de estos servidores públicos y de lo que ellos protegen, que es a la ciudadanía.

Han legislado en contra de su eficacia e integridad, anteponiendo una ridícula visión del delincuente como una especie de víctima probable de los Cuerpos. Han despreciado la condición de peligrosidad para policías y guardias civiles, así como sus legítimas y merecidas aspiraciones económicas.

Y, además de todo esto, en el caso del Atlántico les han quitado aún más recursos que en el resto de España, a la par que crecía el desafío de las redes del narcotráfico: suprimir la unidad OCON Sur, especializada en esa dura tarea, es la indecente metáfora de todo el fenómeno.

Marlaska tiene que dimitir porque no está a la altura de los principios y de la imagen de sus subordinados, queridos y admirados por la ciudadanía en relación inversamente proporcional al desprecio que provocan él y su promotor, Pedro Sánchez.

Una sociedad no puede estar protegida cuando, quienes tienen esa misión encomendada, son los primeros desprotegidos. Y lo pagan con su vida, para vergüenza de un presidente deudor de un partido que en el pasado jaleó, con su marca original, el asesinato terrorista de decenas de agentes y que hoy sigue abandonándoles a su suerte.