Ignacio Camacho-ABC
- Ningún descalabro deportivo alcanzará el impacto de daño reputacional de este alegato desquiciado que carga de razón a quienes barruntan una grave crisis de liderazgo
Los colores de un equipo de fútbol se llevan por dentro, grabados como un blasón de identidad emocional que queda impreso en la memoria del aficionado desde el instante en que entra por primera vez a un estadio y sube agarrado de la mano paterna las escaleras de cemento. Yo tenía cinco años cuando mi padre, que en su juventud había visto jugar a Bernabéu de interior derecho, me llevó a ver al Real Madrid en el viejo Pizjuán, en una silla muy cercana a la banda por donde corría Paco Gento. El madridismo ‘de provincias’ tiene poco que ver con esa exigente afición capitalina acostumbrada a pitar al equipo cuando está disconforme con el juego; es una experiencia entre el orgullo y el sufrimiento de saberse minoría en medio de la atmósfera hostil de los campos ajenos. Aquel día de marzo de principios de los sesenta, 0-5 al Sevilla, aún no podía comprender hasta qué punto la conciencia de un niño asimila el rito iniciático de un sentimiento nuevo capaz de forjar un vínculo memorial invulnerable al paso del tiempo. El mismo que muchos años después sorprendió a Florentino Pérez cuando me vio llorar en la capilla ardiente de Di Stéfano.
Cualquier madridista bien nacido sólo puede sentir agradecimiento y respeto por Florentino. Recogió un club en bancarrota para volver a convertirlo en una potencia financiera, una marca universal, un símbolo planetario de grandeza y prestigio. Ha sido el mejor presidente desde Bernabéu, inspirado en un espíritu visionario de dinamismo competitivo. Ha construido un estadio fabuloso –feo, sí, pero magnífico–, ha traído jugadores extraordinarios y ha recuperado la autoestima de los seguidores llenando las vitrinas de títulos, entre ellos siete Copas de Europa, el Santo Grial de nuestro imaginario colectivo. El problema de este balance es el tiempo verbal: ha sido. Porque hoy existen síntomas serios de un rumbo errático, de una gestión desorientada, de una deriva de extravío.
La rueda de prensa del martes fue una patética, lastimosa demostración de desconcierto, una exhibición de delirio paranoico que acaso haya podido complacer a los hinchas más fanáticos pero ha sembrado en la opinión pública un estupor generalizado. El exitoso empresario frío y certero, el influyente magnate de los negocios, el dirigente de expresión circunspecta y pulso flemático, apareció transformado en una parodia de sí mismo, un hombre fuera de control, superado por los acontecimientos, atrapado en un bucle de aturdimiento y caos. Ningún descalabro deportivo alcanzará el impacto de daño reputacional de este discurso incoherente, deslavazado, trufado de fantasmas mentales como un remedo caricaturesco del Macbeth shakespeareano. Una imagen desquiciada que carga de razón a sus adversarios e inquieta a los simpatizantes que vienen barruntando la idea de una grave crisis de liderazgo, la sensación creciente de que el mejor club del mundo ha dejado de estar en buenas manos. Un par de años de malos resultados no merecían ni justificaban este deplorable espectáculo.
Ocurre que hay un mar (o mal) de fondo relacionado con la estructura financiera. Muchos socios sospechan que está en marcha una operación para enajenar en todo o en parte la propiedad del club, y ese recelo ha creado un clima de polémica acrecentado por los recientes fichajes fallidos, el revés de la Superliga y la trayectoria adversa de un equipo en visible ciclo de decadencia, imposible de ocultar bajo la denuncia, por otra parte justa, del escándalo Negreira o de maniobras desestabilizadoras –tal vez ciertas– relacionadas con cuestiones externas como la competencia industrial por la hegemonía energética. Este Madrid llorón en perpetua queja lastimera no encaja en los valores históricos de señorío y de nobleza, como no encaja el ventajismo fullero de Mourinho, a quien el presidente sueña con recuperar como bastión de su estrategia. Y sucede también que el fútbol lo exagera todo, envuelto como está en una hipérbole gigantesca cuya ola arrastra a los espectadores, a los directivos, a los profesionales, a la prensa. Es muy improbable que Florentino se comportase de esta manera en el manejo de las responsabilidades institucionales de su empresa.
En este contexto, la funesta comparecencia obliga a pensar en el riesgo de que un Pérez desgastado por su largo mandato pueda malversar su propio legado. Sería muy triste que esta etapa deslumbrante acabase escombrada en una espiral autodestructiva de desconfianza y estragos sobrevenidos por el palmario presagio de un proyecto agotado. El Madrid ganador, el Madrid campeón, volverá como siempre ha vuelto porque su destino está marcado con un gen de rebeldía ante el fracaso que permanece intacto. Ése es el verdadero patrimonio moral del madridismo, el que ha de quedar a salvo por encima de contrariedades, errores, disputas corporativas o pasos en falso.
La mayoría del ‘pueblo blanco’ sigue siendo florentinista, aunque la sequía de las dos últimas temporadas haya hecho aflorar corrientes partidarias de una alternativa. El relevo es difícil, primero por las cortapisas estatutarias y luego por la dominancia mediática y comunicativa con que el mandatario se ha blindado frente a cualquier crítica. Sobre su influencia en los medios existe una leyenda de difícil comprobación objetiva pero es indiscutible que aguanta mal las discrepancias y tiende a identificarlas con intereses espurios o intrigas ilegítimas. El insólito señalamiento a ABC se inscribe en esa obsesión conspiranoica, reveladora de una inseguridad impropia de un personaje de su categoría. En cualquier caso carece de importancia más allá de la constatación de su pérdida de sentido de la realidad y de una sorprendente convicción victimista. Y no va a cambiar nada: aguantar la presión de los poderes duros y blandos, audiencias incluidas, es una rutina esencial en la actividad periodística.
Sin embargo este articulista, que mantiene con Florentino una larga relación de mutuo aprecio, no sería sincero si omitiese su amarga decepción por este improcedente desencuentro. Y, sobre todo, por la arbitrariedad de la arremetida contra unos compañeros que hacen su trabajo con criterio independiente y honesto. Lo digo desde un madridismo dolorido al que le cuesta ya sentirse representado en este desvarío que arrastra la dignidad del escudo por los suelos: no consiento una duda sobre la integridad de este diario ni sobre su compromiso ético. Agradezco la invitación al palco que generosamente me ha mantenido durante veinte años pero a partir de hoy puede disponer de ese asiento en el que un día tuve el honor de conocer a don Alfredo. Este fin de época es mejor verlo desde lejos.