Editorial-El Español 

Aunque es exagerado calificar, como ha hecho Donald Trump en su estilo hiperbólico habitual, el encuentro de este jueves con Xi Jinping como «la cumbre más importante de la historia», la cita supone un hito innegable en los anales de las relaciones internacionales.

En el contexto de 2026, la reunión de Pekín marca el inicio de una fase en la que las dos superpotencias han comenzado a diseñar, de forma bilateral, el nuevo orden mundial.

Los escasos detalles trascendidos y la vaguedad de los compromisos anunciados por la Casa Blanca y el Partido Comunista de China obligan a mantener un sano escepticismo.

El telón de fondo de la cumbre presentaba tres líneas críticas: la arquitectura geopolítica —con Irán y Taiwán como ejes—, la estabilidad económica ante la guerra arancelaria y la gobernanza de la inteligencia artificial.

En materia tecnológica, los avances han sido más bien nulos.

Ni Washington ni Pekín tienen incentivos para consensuar la necesaria regulación de la IA, sino, al contrario, para priorizar la carrera por la supremacía técnica sobre la seguridad global que entraña esta transformación acelerada.

El terreno económico puede ofrecer una lectura más benéfica.

Trump se hizo acompañar en su comitiva por una delegación de altos ejecutivos de la banca, la empresa y el sector tecnológico estadounidense. El compromiso de expandir el acceso al mercado chino y fomentar las inversiones cruzadas sugiere una voluntad de destensar la guerra comercial.

Y en el plano geoestratégico, los resultados son mixtos.

Respecto a Irán, se ha escenificado un punto de encuentro pragmático. Ambas partes han coincidido en que el estrecho de Ormuz debe permanecer abierto para garantizar el abastecimiento energético. Según Trump, Xi se ha mostrado dispuesto a mediar para lograr un acuerdo que resuelva la crisis en Oriente Medio.

Es una convergencia de intereses: EEUU necesita bajar los precios de la energía, y China asegurar sus suministros.

Pero el disenso persiste en torno a la cuestión de Taiwán.

Mientras Washington ha intentado soslayar el asunto, Xi Jinping se ha mostrado inflexible.

El líder chino ha advertido de que una «mala gestión» de las aspiraciones soberanistas de la isla conducirá inevitablemente al conflicto entre ambas potencias. Para Pekín, la independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho son conceptos incompatibles.

Esta disparidad de tonos es reveladora.

La actitud halagadora de Trump contrasta con la firmeza de Xi, lo que trasluce una correlación de fuerzas en la que China se siente hoy en una posición de ventaja. Pekín controla cadenas de suministro críticas, mientras que Trump llega condicionado por las urgencias electorales de las midterms.

Resulta especialmente inquietante la posibilidad de que Trump relaje su compromiso con la defensa de Taiwán a cambio de concesiones comerciales y políticas.

El precedente de Ucrania, donde el presidente estadounidense optó por desvincularse de Kiev en favor de las tesis del Kremlin, sugiere que Taiwán podría convertirse en una moneda de cambio transaccional.

Para Europa, esta deriva es alarmante. La sintonía entre Washington y Pekín podría ocultar una colusión para repartirse el mundo en esferas de influencia, marginando los intereses de la Unión Europea.

Bajo el clima de concordia reinante, y fórmulas como «debemos ser socios, no rivales», late una tensión sorda por el control del siglo XXI.

Aun así, parece que sí existe una voluntad compartida de normalizar el flujo económico global y estabilizar el sistema internacional.

Y evitar que la disputa por el control comercial y tecnológico escale hacia una nueva guerra fría es una buena noticia. Pero este diálogo bilateral corre el riesgo de transformarse en un rectorado global excluyente.

La insistencia de Xi en que el programa del «gran rejuvenecimiento» chino es compatible con la agenda de «hacer Estados Unidos grande de nuevo» apunta en la dirección de ese diseño de áreas de influencia.

Aunque la gobernanza amistosa del mundo sea preferible al conflicto abierto, la complicidad exhibida entre los mandatarios chino y estadounidense invita a sospechar que estamos ante el prólogo de un nuevo Yalta.

El resto del mundo, y muy especialmente los europeos, no deberían bajar la guardia ante este incipiente reparto del poder global.