- El periodismo no ha comprendido que ahora ya no derramamos encíclicas sobre la cabeza del lector. Ahora hablamos con él. De tú a tú.
Sólo existe una antipatía mayor que la que los partidos liberales sienten por sus votantes («¡cuando gobernemos se van a enterar esos fascistas que nos votan!») y es la que muchos periodistas sienten por sus lectores.
Al periodista le pasa un poco como a esos jóvenes españoles que han sido educados con gustos propios de la alta burguesía, pero que viven la ruina lenta de una sociedad antes próspera. Ese choque suele provocar fuertes disonancias cognitivas entre expectativa y realidad. También muchas frustraciones mal canalizadas. Vivir peor que tus padres es un fracaso colectivo y una señal evidente de decadencia social.
Algunos de esos jóvenes gestionan bien esas frustraciones y rompen la inercia del voto de sus padres, o se mudan a Andorra, o plantan cara en las redes sociales, en la medida de sus posibilidades.
Otros no las gestionan tan bien y piden más de lo mismo en la creencia de que aumentar la dosis de veneno curará la enfermedad.
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Al periodista le pasa lo mismo, pero al revés.
El periodista urbanita vive rodeado de académicos, expertos y analistas que a él le parecen el súmmum de la sabiduría. Son gente que vive acurrucada en el sofá Chester del Salón de las Grandes Abstracciones y que muy pocas veces toca realidad. Pero él les admira. Si lo dice «un experto», el periodista se desploma arrobado.
La pregunta clave para saber si uno vive en la realidad o en una abstracción es muy sencilla. «¿Qué ocurre si te equivocas?».
1. Si te equivocas, y tu error no tiene consecuencias o lo pagan los demás, vives en el mullido mundo de la academia. Y en ese mundo lo que importa no es cómo se adecúa tu teoría a la realidad, sino el prestigio social en tu burbuja particular.
2. Si te equivocas, y lo pagas en tu cuenta bancaria, vives en la realidad.
El periodista envidia lo primero. Porque el periodista está obligado por su profesión a lidiar con el barro de la realidad, tan jodida ella. Sobre todo por su capacidad para destruir cualquier bonita teoría con eso que la gente llama «consecuencias».
Llegas tú con una bonita teoría, por ejemplo la del control de los alquileres, y la realidad la mastica, la tritura y la escupe sin respeto alguno por tus fantasías redistributivas de salón. Y eso duele, claro.
No me lo creía y lo he comprobado por mí mismo. Efectivamente, en Rentería, primera localidad del País Vasco en declararse “zona tensionada”, ya no hay pisos en alquiler. Lo que sí habrá, intuyo, son okupaciones.
A disfrutar de lo votado, amigos. pic.twitter.com/8mUGYr8969
— Cristian Campos (@crpandemonium) May 13, 2026
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¿Cuál suele ser la reacción del periodista a esa fatality de la realidad?
Desde luego, en ningún caso renunciar a la teoría. Mucho menos asumir que la naturaleza humana no funciona como él creía que funcionaba.
Sino culpar a quienes han contribuido a echarla por tierra por su incapacidad para captar lo sublime de su perfección aristotélica.
Es decir, culpar al mercado, que son sus lectores.
Por eso al periodista, sobre todo en su rama urbanita progresista, le molesta todo lo que tiene éxito entre aquellos a los que desprecia. Las películas de Torrente, Milei, Mercadona, Pablo Motos, Tesla, Florentino Pérez o Iker Jiménez. El mercado libre (es decir, la democracia) es su enemigo número uno. Y cuanto más libre, más enemigo.
La única manera de que el periodista acepte un producto de éxito masivo es si ese éxito masivo ha sido santificado por las autoridades políticas y culturales en función de los criterios ideológicos de moda, que son los que le convienen al cacique de turno. Hoy, en España, Pedro Sánchez.
Por eso al periodista le gustan Bad Bunny, Henar Álvarez, David Uclés, el FC Barcelona o las versiones Black Lives Matter de los grandes clásicos de la literatura occidental. Y es el motivo por el que le va a gustar La Odisea de Christopher Nolan. Porque lo importante ahí no es el producto (la música, el humor, la literatura, el fútbol o el cine), sino su capacidad para generar consensos morales artificiales que permitan la perpetuación de las élites políticas y culturales.
Como esa tira de StoneToss en la que un ejecutivo del departamento de marketing muestra su última campaña para la empresa de hamburguesas en la que trabaja y cuando el CEO le pregunta «¿y crees que eso nos ayudará a vender más hamburguesas?» él responde «¿hamburguesas?».
Porque el objetivo nunca es satisfacer necesidades reales, sino otro muy diferente.
Viene esto a cuento de la reciente polémica generada por la lista de los 30 mejores compositores americanos vivos de la historia publicada por el New York Times hace un par de semanas. Aquí en España, claro, no nos hemos enterado. Pero en Estados Unidos la cosa ha generado un (relativo) revuelo. No por la importancia del artículo, muy leve, sino porque llueve sobre mojado.
La lista es objetivamente lamentable. No tanto por la calidad de los músicos incluidos como porque es evidente que ha sido elaborada con criterios políticos y no musicales. Es decir, con una clara voluntad de demolición. Como La Odisea de Nolan, vaya.
No me voy a detener ahora a analizar la lista, porque para gustos colores. Pero un rápido vistazo deja claro que en ella están las razas correctas, los sexos correctos, los gustos sexuales correctos y los géneros musicales correctos, con alguna leve concesión a la objetividad en forma de macho heterosexual blanco. Eso sí: macho heterosexual blanco de extrema izquierda.
La lista ha provocado el consiguiente revuelo. No porque la gente se crea al New York Times o le importen un rábano sus listas (tú no vas a dejar de escuchar a Paul McCartney, Tom Waits, Kanye West o Eminem porque te digan que Taylor Swift es mejor que todos ellos juntos), sino porque el intento de manipulación del canon occidental es tan burdo que ofende a la inteligencia.
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El caso es que los periodistas que han elaborado la lista, todos ellos educados en Yale, Harvard y Princeton, es decir en las universidades progresistas más elitistas del planeta, han grabado un vídeo donde se mofan de los lectores que les han contestado cosas tan razonables como «¿por qué están nombres irrelevantes como Young Thug, Babyface o Romeo Santos en la lista y no artistas como Billy Joel, Ashley Gorley o Pharrell Williams, que han escrito varias de las canciones más populares de los últimos cincuenta años?».
Uno, por supuesto, puede estar de acuerdo o no con los nombres que los lectores proponen como «alternativas razonables».
Entiendo también la tentación de reelaborar el canon «tradicional» para añadir a artistas que no vivían en la época en la que se elaboró ese canon. Todas las generaciones creen que han inventado la rueda, aunque sólo hayan pintado la llanta. Pero tienen derecho a presumir de la pintura.
Lo que uno no puede hacer es burlarse de sus lectores y despreciarlos por «catetos». Que es lo que hicieron los periodistas del New York Times responsables de la lista grabando un vídeo en el que defendían sus decisiones burlándose de los lectores que discrepaban de ellas. Nadie soporta peor la crítica que un periodista que se pasa el día criticando todo lo que se menea.
Y no puedes hacerlo, eso de insultar a tus lectores, no ya porque eso esté feo y sea de mala educación. O porque esos lectores sean los que pagan tu sueldo.
Sino porque el periodista ya no es hoy el único mediador entre la información y los lectores.
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Ese es el caso de Rick Beato.
Rick Beato es un conocido productor musical, compositor y músico estadounidense, famoso mundialmente por su canal de YouTube donde analiza la teoría musical, la producción y la historia del rock. Su canal de YouTube tiene 5,62 millones de suscriptores. La mitad que el New York Times.
Sólo que el New York Times tiene 6.000 empleados y Rick Beato trabaja prácticamente solo.
La ratio es humillante. Para el New York Times, claro.
Rick Beato, además, a diferencia de los periodistas del New York Times, sí ha estudiado música. De hecho, la ha estudiado, la ha tocado y la ha producido.
Y no es que eso sea imprescindible para ser crítico musical. Pero reconozcamos que le dota de una experiencia vital y profesional que se asienta sobre algo más sólido que las teorías abstractas sobre la «cultura popular», «el pueblo» y la «igualdad racial y de género» de los periodistas del New York Times educados en las universidades de la Ivy League.
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Rick Beato ha grabado una respuesta en la que comenta el vídeo de los periodistas del New York Times. Y en ese vídeo puede verse algo a lo que Beato no le presta mucha atención, pero que a mí me parece muy significativo.
Un periodista del New York Times, Jon Caramanica, uno de esos tipos que todavía viste camisetas adolescentes con cincuenta años, escoge uno de los comentarios de los lectores y lo lee en directo mientras no para de carcajearse.
El comentario del lector no es ofensivo ni insultante. Es, de hecho, bastante correcto. El lector le recuerda, eso sí, que él fue al Berklee College of Music, a lo que Caramanica responde, riéndose cínicamente, que él no. Luego, el lector le dice que considera «estúpido» que Billy Joel no esté en la lista.
No parece un comentario tan terrible como para merecer un vídeo de respuesta.
Pero Caramanica, sin poder aguantarse la risa, lanza despectivamente el papel al suelo, como si fuera basura.
A partir del minuto 5:08 del vídeo.
Hay algo en la gestualidad de Caramanica, en su teatralidad exagerada, en cómo señala a la cámara con el dedo, en su «dejadme solo que me lo como», en sus risas burlonas y en la saña con la que intenta humillar al lector, que he reconocido de inmediato.
He visto ese tipo de gestos cientos de veces en mis compañeros de profesión. Es el desprecio de quien ve cómo una posición que él creía garantizada, la de «intermediario en exclusiva de la información y la opinión», está siendo amenazada por una nueva especie mejor adaptada al medio: la del tipo que habla de los mismos temas de los que habla el periodista, pero con conocimiento de causa y desde las redes sociales.
Lo que el periodista no ha entendido es que el público lector ya no busca el visto bueno de un crítico de Yale si tiene a mano a un experto que descompone la teoría musical y el negocio de la música de forma más transparente e informada que él.
Es el mismo desprecio que veo, por ejemplo, cuando algunos de mis compañeros hablan de Vito Quiles. Vito Quiles se ha convertido, por razones disparatadas, en el símbolo de la «pureza perdida del periodismo». Me gustaría saber de qué pureza estamos hablando y cuándo ha existido esa pureza.
Porque este siempre ha sido un oficio de ventajistas. El oficio de quienes aciertan la quiniela el lunes.
El periodismo no ha comprendido que ahora ya no derramamos encíclicas sobre la cabeza del lector desde un ático con vistas. Ahora hablamos con él en igualdad de condiciones. Y distanciarnos de él, burlarnos de sus gustos, decirle que toda su vida ha sido una mentira fascista y menospreciar sus preocupaciones, sobre todo cuando esas preocupaciones no han llegado a nuestros privilegiados barrios de periodista urbanita, no nos va a llevar a ningún lugar productivo.
Hay que espabilar. Y, sobre todo, no ser nunca como los periodistas del New York Times.
Corremos el riesgo de caer en el populismo, sí. Pero mucho, mucho peor es caer, no ya en el elitismo, sino en la soberbia pedante sin nada sólido que la justifique.