Editorial-El Correo
- La aceptación por EE UU de la «estabilidad estratégica constructiva» en su relación con China implica que Trump reconoce a Xi Jinping como un par
A la hora de encarar la relación de Estados Unidos con China, Donald Trump apostó en su primer mandato por la confrontación, una vía que recuperó en los primeros meses de su segunda presidencia en forma de guerra comercial. La visita de Estado que le lleva estos días a Pekín equivale al abandono oficial de un camino fallido en favor de la coexistencia. La aceptación de una «estabilidad estratégica constructiva» representa un esfuerzo de ambos países por reconducir su rivalidad, más volátil que nunca con el republicano en la Casa Blanca, hacia un vínculo más gestionable y predecible. Tratar de contener al gigante asiático resulta demasiado costoso para un presidente más interesado en abrir aquel inmenso mercado a la corte de magnates que le acompañan, aun a costa de intereses estadounidenses a más largo plazo, de la inquietud de sus aliados asiáticos y del reconocimiento implícito de Xi Jinping como un par.
La prioridad económica descarga la agenda de EE UU de cualquier preocupación por los derechos y libertades en China. Pero la cooperación colaborativa entre las dos potencias no consigue eludir relevantes obstáculos políticos. Aunque la comunicación oficial estadounidense prefiere silenciarlo, Taiwán es el gran problema en las relaciones bilaterales y Xi Jinping se apresuró a destacarlo. A prometer una relación estable si el asunto «se maneja adecuadamente» y a augurar que, de lo contrario, Washington y Pekín «chocarán». Para las autoridades de la isla autónoma con gobierno democrático, que China reclama como territorio nacional, queda ahora la preocupación por una reducción del apoyo defensivo de EE UU.
Trump arrastra hasta Pekín su fracaso estratégico en la guerra contra Irán, representado por la interrupción de la libre navegación en Ormuz. Antes de su cumbre con Xi, Teherán le recordó cómo los barcos chinos transitan según esa suerte de gobernanza soberana que pretende para el estrecho. El cierre iraní de este paso estratégico no es un problema para China. Sí lo sería el bloqueo estadounidense si dificulta su abastecimiento de petróleo. La prolongación de esta medida de fuerza puede desanimar al líder chino a la hora de relajar los controles a la exportación de las tierras raras para las tecnológicas y la industria de defensa de EE UU. Y disuadirle de hacer realidad las compras de productos agrícolas e inversiones que la Casa Blanca ya asegura tener en el bolsillo.