Iñaki Ezkerra-El Correo

  • En el caso de las mascarillas no estamos ante un particular que propone un negocio turbio a otro que era un alma impoluta

Son las dos figuras narrativas que se han utilizado hasta la saciedad durante el juicio de las mascarillas: el corruptor y el corrompido. No diré que ese literario reparto de papeles no tuviera cierta utilidad para elaborar un ‘relato’ de los hechos que se juzgaban. Pero sí que es más que cuestionable, inexacto e incluso perverso desde un punto de vista conceptual, moral o incluso judicial. Y es que, por definición, el corruptor es también un corrompido (la propia acción lleva implícita la putrefacción de quien la ejerce), como es también el corrompido a su vez un corruptor desde el momento en que implica a terceros en sus prácticas ilícitas y en que da un reprobable ejemplo que incita a la imitación por parte de quienes tiene a su alrededor. Dicho de otro modo, hace ver como normal lo que no lo es o no debe serlo, así como hace también que, quienes hasta entonces no han actuado deshonestamente, puedan sentir como una limitación timorata, una desventaja económica o un signo de candor ofensivo y de descrédito ante los otros esa misma honestidad. Negar o ignorar, en fin, que el corrompido corrompe es impugnar el popular dicho de que ‘la manzana podrida pudre a las otras del cesto’.

¿De dónde han salido el corruptor y el corrompido? ¿De las Ciencias Sociales, siempre empeñadas en difuminar el Estado de Derecho y esparcir la culpa del crimen a toda la sociedad? En nuestro Código Penal no aparece ninguna de esas dos figuras. En los artículos 419 y 427 de este, que son los que tratan el cohecho, la redacción es escueta y se ciñe a la tipificación y descripción técnica del delito. Por ese motivo, llama extraordinariamente la atención el protagonismo que han cobrado, durante el juicio de las mascarillas, esos dos pintorescos términos en boca de quien cabía esperarse una terminología procesal rigurosa y ajena a las veleidades creativas, más cuando estas no sirven para esclarecer y dibujar nítidamente las responsabilidades penales, sino para oscurecerlas y desdibujarlas.

Sí. Esa maniquea división de roles resulta demasiado reductiva para un caso en el que la corrupción se presenta en un contexto delincuencial que linda con lo estructural, si no lo alcanza plenamente. Diríase que se quiere reducir todo a dos o cuatro personas, cuando está por medio un partido político y la cobertura que este ha dado a todo ese tipo de maniobras. No estamos ante el caso de un particular que propone un negocio turbio a otro que hasta ese instante era un alma impoluta. Hablar de Koldo como de un corrompido por Aldama es presentarlo como virgen y mocito. Como un corazón noble al que de pronto han pervertido las malas compañías, cuando todo indica que había sido fichado laboralmente no para encomendarle una misión diocesana.