Este 15 de mayo de 2026, Pedro Sánchez ha alcanzado los 2.905 días al frente del Gobierno, superando el registro de José María Aznar y convirtiéndose en el segundo presidente más longevo de la democracia española, sólo por detrás de Felipe González (4.904 días).
El dato es objetivo. Y la reacción del PSOE también lo ha sido.
El partido ha lanzado en la red social X una campaña titulada «Gracias, presidente», con un mensaje que reza:
«Gracias por decirle al mundo NO A LA GUERRA y por el escudo social… Gracias por hacer que nuestro país supere los 22 millones de afiliados a la Seguridad Social».
El tuit remata con esta frase, que adquiere un doble sentido inquietante, tratándose de Pedro Sánchez:
«Lo importante no es cuánto tiempo se gobierna, sino para qué se gobierna y, sobre todo, para quién».
Gracias por decirle al mundo NO A GUERRA y por el escudo social que nos protege de sus efectos.
Gracias por contarle al mundo que España es un país solidario y responsable.
Gracias por hacer que nuestro país supere los 22 millones de afiliados a la Seguridad Social.
Gracias… pic.twitter.com/ILxmvL64wE
— PSOE (@PSOE) May 15, 2026
La ironía es tan evidente que resulta casi obscena. Un partido que, en la práctica, funciona como una extensión personal de su secretario general (el más personalista de su historia) publica un comunicado de autofelicitación.
Es Sánchez felicitándose a sí mismo a través de una formación que él controla con mano de hierro desde que ganó las primarias de 2017 y reconstruyó el PSOE tras la crisis de 2016. No hay órganos internos, listas electorales ni discursos críticos o sumisos que escapen a su órbita. La «autofelicitación» no celebra un logro colectivo: celebra la supervivencia del líder con una ceremonia de adulación orquestada por el líder en honor del líder.
Ningún presidente en los casi cincuenta años de historia de la democracia española había alcanzado tales cotas de endiosamiento.
Algo llamativo, si se tiene en cuenta que la llegada de Sánchez a La Moncloa no fue el resultado de una victoria clara en las urnas.
El 2 de junio de 2018, Sánchez accedió al cargo gracias a una moción de censura apoyada por 180 votos, entre ellos los EH Bildu, además de por los de ERC y PDeCAT (antecesor de Junts): exactamente los dos mismos partidos que, meses antes, habían impulsado el procés independentista de 2017.
En las elecciones generales de julio de 2023, las últimas celebradas en España, el Partido Popular obtuvo más votos y más escaños (136 frente a 122 del PSOE). Sánchez no ganó. Fue investido en noviembre de ese año gracias a un pacto con Sumar, ERC, Junts, EH Bildu y otras formaciones periféricas.
Su permanencia en el poder descansa, por tanto, en la aritmética parlamentaria y en cesiones políticas de alto coste (la ley de amnistía entre ellas), no en un mandato mayoritario directo de los ciudadanos.
Ahora Sánchez ha anunciado públicamente su intención de gobernar «ocho años más» hasta 2035, lo que le llevaría a sumar casi diecisiete años en la Moncloa. En democracias consolidadas como Estados Unidos, la Constitución limita expresamente el mandato presidencial a dos legislaturas (ocho años) precisamente para prevenir el caudillismo y garantizar la alternancia.
En España, aunque el sistema es parlamentario, la figura del presidente del Gobierno ha adquirido un carácter marcadamente presidencialista: controla el Ejecutivo, los nombramientos clave y la agenda pública.
Mantenerse tanto tiempo en el cargo, con todas las instituciones del Estado colonizadas por el Ejecutivo y bajo el mando casi directo del presidente, no es señal de fortaleza democrática: es síntoma de degradación institucional. La alternancia, la rendición de cuentas y la renovación de las élites son el oxígeno para cualquier democracia.
Cuando un solo hombre encarna el poder durante casi dos décadas, el riesgo de confusión entre interés personal e interés general se vuelve estructural. Y el sanchismo hace mucho tiempo que sobrepasó ese punto de no retorno.
El contraste con el Reino Unido resulta especialmente ilustrativo. Allí, Keir Starmer, que llegó al poder en 2024 prometiendo «limpieza ética», se encuentra hoy cuestionado fuertemente por su propio Partido Laborista.
En diciembre de 2024, Starmer nombró embajador en Washington a Peter Mandelson pese a sus vínculos documentados con Jeffrey Epstein: tres transferencias de 25.000 dólares cada una entre 2003 y 2004, correos electrónicos de 2009 y 2010 en los que Mandelson compartía información privilegiada y contactos previos y posteriores a la condena de Epstein en 2008 por prostitución de menores.
A pesar de ello, Starmer ignoró las alertas internas.
El pasado 7 de mayo de 2026, el Partido Laborista británico perdió alrededor de 1.400 concejales y el control de numerosos ayuntamientos en las elecciones locales. Como consecuencia, más de ochenta diputados laboristas han exigido la dimisión de Starmer, argumentando que «ha perdido la autoridad moral». El ministro de Sanidad, Wes Streeting, ha dimitido y ya hay un movimiento interno para aupar al alcalde de Manchester al liderazgo del partido.
En una democracia viva, escándalos de este calibre, muy inferiores a los que hoy acosan a Sánchez, provocan rebelión interna y debate real.
En el PSOE, en cambio, Sánchez ha obviado casos como el de Koldo y Ábalos, o el que afecta hoy a su mujer y a su hermano, además de un rosario de irregularidades y de escándalos políticos de todo tipo, sin que ningún barón o militante de peso se atreva a cuestionar su liderazgo.
La corte permanece unida.
La autofelicitación de hoy no es un exceso retórico. Es la confirmación de un estilo que prioriza la perpetuación del líder, embarcado en una obscena y casi ‘onanista’ ceremonia de autoalabanzas, sobre la salud democrática del partido y del país.
España no necesita presidentes eternos. Necesita alternancia, rendición de cuentas y líderes que dimitan frente a los escándalos. Que Sánchez se dé las gracias a sí mismo por perpetuarse en el cargo dice más de la degradación del sistema que de sus supuestos logros.
La historia juzgará si estos 2.905 días fueron un ejercicio de resistencia o una era de poder personal sin contrapesos.
Por ahora, la única certeza es que el espejo en el que se mira Sánchez le devuelve una imagen que él mismo ha construido: la de un presidente que ya no distingue entre su permanencia y el interés general.