- Por dedicarse a botaratadas acaso desatiende sus funciones ministeriales. Y luego nos sorprende que no encontrase fallo alguno sobre el mandato de Ábalos o que su gestión, según él, sea ajena a la tragedia de Adamuz
No se trata de Buffon, el sabio francés del siglo XVIII, naturalista, botánico, cosmólogo y escritor entre otras dedicaciones. Da su nombre a un cráter lunar y a un asteroide. Su aportación a la ciencia es relevante. Me refiero a bufones de la Corte, con una historia de muchos siglos detrás. El gran Adorno en su definición de bufón incluye: «En el parecido de los payasos con los animales se ilumina el parecido del hombre con el mono». La definición del filósofo, mi cita es sólo una muestra, se considera certera. Animales y bufones entretuvieron durante siglos a reyes y a poderosos.
Los bufones hacían reír por sus gracias o actitudes histriónicas o burlescas. Animaban las aburridas jornadas regias con chistes y tonterías. En la pintura o la literatura aparecen como tipos grotescos. Históricamente ocupaban lugares privilegiados junto a monarcas o personajes principales y estaban facultados para decir, cercanos al poder, lo que no decía nadie. Para otras inteligencias eso no resultaba de recibo; además el bufón aprovechaba su posición ventajosa. Era un gracioso oficial.
Las primeras noticias sobre el bufón como figura social nos llegan de Egipto; luego de Atenas y de Roma. En Pompeya se encontraron imágenes de bufones. En la Edad Media los bufones callejeros solían coincidir con los juglares en el entretenimiento de las gentes. Shakespeare hizo de su Bufón un personaje principal de «El rey Lear», y Triboulet, bufón de Francisco I, inspiró a Víctor Hugo en «El rey se divierte». La figura del bufón también prosperó en la Corte de Pedro el Grande con Lakosta, portugués, al que el zar llevó a San Petersburgo.
En España fueron célebres los bufones con los Austrias. Carlos I y Felipe II tuvieron bufones. Fueron centenares los bufones entre los siglos XVI y XVIII. En Las zahúrdas de Plutón Quevedo los consideró «espías públicos de los palacios y los que más estragan las costumbres de los reyes». Velázquez los pintó en lienzos memorables; resalta en ellos cierta dignidad, y figuran en Las Meninas. En aquel tiempo eran como funcionarios de la Corona, con retribuciones elevadas para unos tiempos en los que el pueblo pasaba hambre.
Hemos heredado el pasado y en esa herencia se cuentan los bufones. Se ajustan como anillo al dedo al papel de los bufones de otras épocas. En nuestro tiempo los bufones cuentan con vías que no podían imaginar Pablo de Valladolid, Calabacillas, Sebastián de Morla, Barbarroja o Antonio el Inglés, entre los bufones retratados por Velázquez, o Maribárbola y Nicolasito Pertusato de Las Meninas. Me refiero a sistemas de comunicación como Twitter, hoy X. Yo no tuiteo, pero conozco a un bufón, tuitero compulsivo, que consigue que quienes, utilicemos o no esa vía, nos enteremos de sus gansadas. Él se encarga de promocionarlas. Así cumple con su jefe y trata de distanciar al personal de los problemas de fondo. Es el gran bufón.
El bufón a que me refiero comparte características con sus antecesores: sumiso a su poderoso señor y empleado en servirle, desde una posición empingorotada, se cree gracioso y, como sus predecesores, provoca risas con sus actitudes histriónicas y burlescas, en su caso siempre ofendiendo a alguien. Una de las últimas majaderías de este gran bufón actual la dedicó a Ayuso, tras el viaje a México. La memez: «En España decimos que lo que naturaleza no da, Salamanca no presta» (qué original), y cree que la mexicana Sheinbaum «se equivoca» porque «Ayuso no tiene capacidad alguna para aprender». ¿Y él la tiene? Baratos el comentario y la cita.
No pocos lectores habrán intuido que me refiero al inefable Óscar Puente. No vuelvo a la cita de Adorno sobre el parecido del hombre y el mono. Por dedicarse a estas botaratadas el bufón Puente acaso desatiende sus funciones ministeriales. Y luego nos sorprende que no encontrase fallo alguno en su investigación sobre el mandato de Ábalos en su ministerio, o que su gestión, según él, sea ajena a la tragedia de Adamuz en la que quedó claro que mintió desde un principio. Es más fácil insultar que trabajar. Además, distrae sobre las graves pifias del sanchismo. Sirve al «puto amo», como él calificó a su jefe. Estará preparando su próxima bufonada.