Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- Lo que Ignacio Trillo nos propone en este vibrante ensayo es simplemente la forja de un carácter
El pasado miércoles se presentaba en Madrid, en la Fundación Rafael del Pino, el libro La travesía hacia el sentido de Ignacio Trillo Arespacochaga. Este primer trabajo literario de Nacho Trillo no es un libro de autoayuda, aunque un lector poco avisado podría verse tentado de clasificarlo en este género en el que abundan los textos banales únicamente destinados a que sus perpetradores vendan muchos ejemplares con el consiguiente beneficio crematístico sobre la base de explotar las inseguridades, fragilidades, complejos y frustraciones de muchas buenas personas, víctimas de una época que se caracteriza por la inmediatez, la superficialidad y la sobreabundancia de información.
Lo que Ignacio nos propone en este vibrante ensayo es simplemente la forja de un carácter. No se encuentran en sus páginas ni pronunciamientos ideológicos ni planteamientos filosóficos ni opiniones políticas, pero sin duda el que recorra sus sucesivos capítulos se verá obligado a reflexiones muy serias sobre cuestiones en absoluto triviales. Aunque no lo hace de manera explícita, el autor se adhiere, y nos invita también a sumarnos, a un determinado sistema de valores, a una concepción ética de la existencia humana basada en la disciplina, la autoexigencia, el altruismo -el producto de la edición será destinado a causas humanitarias- y el constante afán de fijar metas y alcanzarlas. El libro no postula un sentido concreto para la vida humana, pero establece con claridad y convicción un modus operandi para alcanzarlo una vez identificado por el que ande en su búsqueda. Todo el contenido del libro podría sintetizarse en la recomendación de Aristóteles en la Ética a Nicómaco: “Sed como arqueros que disparan a un blanco”. Ni qué decir tiene que La travesía hacia el sentido no es alimento espiritual adecuado para relativistas ni para deconstructivistas.
Es evidente que la formación militar de Ignacio como miembro de un cuerpo de elite de nuestras fuerzas armadas impregna todas y cada una de las recomendaciones, consideraciones y conclusiones de este libro singular en el que nada es superfluo y en el que abundan las frases que son sentencias. Véanse unos ejemplos: “Libertad sin compromiso tiende a la dispersión, compromiso sin libertad se vuelve rutina vacía”, “Reconocer que hay circunstancias que escapan a nuestro control no es sinónimo de rendición, sino de prudencia estratégica”, “La técnica y la disciplina son las que transforman un acto peligroso en una operación controlada”, “El éxito es una forma de existencia en la que cada derrota es un peldaño y el entusiasmo es la energía para subir uno más”… y así podríamos seguir hasta acumular centenares de relámpagos de verdad que son a la vez evidencias iluminadoras y útiles señales de tráfico en nuestro discurrir por este mundo.
Itinerario sin concesiones
Tomando inspiración del pensamiento estoico, La travesía hacia el sentido nos arrastra desde su primera línea hasta la última a un itinerario sin concesiones que nos deja sin aliento. No fija objetivos concretos, pero nos explica cómo conseguir los que nosotros nos marquemos. Sea cual sea nuestra profesión, nuestras preferencias estéticas, nuestra historia personal previa o nuestro nivel de conocimientos, Ignacio nos indica un método para alcanzar aquellos logros que tengamos por dignos y merecedores del esfuerzo necesario para perseguirlos.
Los que conocemos su trayectoria sabemos que practica hasta extremos admirables lo que expone en su libro, siempre con la sencillez, la discreción y la entrega propias de las almas grandes y generosas. Resulta obvio que si todos los españoles actuásemos como Ignacio nos anima a hacer y él lleva a cabo habitualmente, la productividad de nuestro sistema económico y social se dispararía, nuestra convivencia sería armoniosa, el nivel moral del país subiría bastantes escalones y el equilibrio mental de nuestros compatriotas mejoraría notablemente porque pocas cosas hay que contribuyan más a la salud psíquica que la ausencia de egoísmo y la satisfacción del deber cumplido.
Aunque queda claro tras la lectura de La travesía hacia el sentido que una vida orientada por las normas de comportamiento que allí se aconsejan no es para nada fácil ni placentera en el significado hedonista del término, sí es cierto que sus reglas nos pueden proporcionar una existencia plena, satisfactoria y henchida de contenido. Lejos de excesos estajanovistas, Ignacio Trillo dibuja un enfoque gradual a la hora de planificar una tarea o de conseguir un propósito y tranquiliza a sus interlocutores explicándoles que un pequeño paso adelante puede ser tan valioso como otro más ambicioso si se acomete con voluntad firme y sin regatear empeño.
Conviene advertir que esta aportación de Ignacio a la doctrina ascética si bien de estilo directo y en apariencia asequible tiene un notable espesor y su densa riqueza no se capta suficientemente en un primer examen, sino en una segunda y quizá una tercera atención a la fértil cosecha de pensamiento que ofrece. El libro abunda en citas muy acertadamente elegidas, no pocas extraídas de la antigüedad clásica, y si yo tuviera que aportar una por mi parte que reflejase fielmente el fundamento de La travesía hacia el sentido, me inclinaría por la célebre invocación de Píndaro “Alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”.