Olatz Barriuso-El Correo

El estilo de Juanma queda refrendado por el batacazo del PSOE y por haber parado a Vox«. Así resume un dirigente próximo a Alberto Núñez Feijóo el análisis que en la dirección popular se hace de la agridulce victoria de su candidato en las elecciones andaluzas del domingo, en un intento de negar la extendida teoría de las dos almas del PP, la vía moderada de Moreno, por un lado, y la guerra cultural polarizadora de Isabel Díaz Ayuso, por otro, y de frenar, en todo caso, cualquier maniobra de la omnipresente baronesa para aprovechar en su favor el contratiempo andaluz.

Lo cierto es, sin embargo, que el propio Juanma Moreno había planteado los comicios del 17-M como una manera de exportar la «centralidad» al cambio en España, es decir, de aprovechar su capital político para empujar a Feijóo por la senda templada, con la vista puesta en las generales de 2027. Si se baja al detalle, el PP, aun retrocediendo en porcentaje, ha perdido la mayoría absoluta en Andalucía por unos miles de votos en Jaén y Huelva y por la pujanza de un candidato fresco y decidido a acabar con el estilo cenizo y taciturno de la izquierda alternativa (José Ignacio García, de Adelante Andalucía) que, paradójicamente, ha acabado zampándose los restos en los que confiaba el PP para redondear su aritmética.

El tanto de «parar a Vox» que se apunta Génova tiene su lado voluntarista porque Feijóo no ha logrado desembarazarse en todo el ciclo electoral que ahora acaba de la sombra incómoda de Santiago Abascal y, por ende, de las cesiones poco presentables que barones como Guardiola y Azcón se han visto obligados a hacer para poder gobernar. Pero tiene también verosimilitud. Que el voxista Manuel Gavira salga exultante sin haber llegado al 14% –un porcentaje que empeora los de Extremadura, Aragón y Castilla y León y se queda muy lejos del 20% que soñaba Vox hace solo unos meses– es sintomático. El estancamiento de los de Abascal es palmario y su incapacidad para emular las cifras de referentes como el lepenismo, también, por mucho que lo maquillen coreando eufóricos la consigna que resume todo su ideario –prioridad nacional–. Sin embargo, mientras conserven capacidad de condicionar al PP, o incluso chantajearle, estarán en disposición de repuntar si los astros se alían para despejarles el camino de obstáculos latosos: su pleitesía a Donald Trump, por ejemplo, o sus propios disidentes, siempre lenguaraces.

A nadie se le escapa que la campaña de las generales comenzó en el momento en que se contó el último voto andaluz. Sánchez, con un partido impávido ante el desastre –escuece la comparación con la implacable presión del laborismo británico sobre Starmer–, seguirá con el piloto automático y convocará las generales cuando más le convenga, pero con la única estrategia de coronarse como freno universal de la extrema derecha. Ante eso, si Moreno, que encarna el PP transversal capaz de pescar incluso en caladeros del PSOE, se doblegase ante Abascal, el mensaje sería funesto al presentar al pez grande como subordinado del chico. La prioridad nacional no debería despistar a Feijóo de la prioridad del PP, gobernar, no solo en Andalucía, sino en España. Si realmente la ‘vía Moreno’ ha quedado reforzada –la apuesta por gobernar en solitario refuerza ese relato–, lo lógico sería marcar líneas rojas claras e inamovibles en la negociación de la investidura, acortar todo lo posible los plazos y dejar que sea Vox la que tome la decisión en última instancia y se enfrente a la contradicción de votar con toda la izquierda en bloque. Sin titubeos y sin miedo a una repetición electoral.