- En países menos melindrosos –y más serios–, Rodríguez Zapatero hubiera podido, tal vez, ser juzgado por alta traición. Aquí, habremos de conformarnos con que lo sea por «falsedad documental, blanqueo de capitales y organización criminal». Dicho en román paladino: por chorizo
Todo lector de Vargas Llosa recuerda aquel arranque brutal de su Conversación en la Catedral; cuando el narrador mira «sin amor», a la salida de su trabajo en La Crónica limeña, el caos «de automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris» de la Avenida de Tampa. Deja caer, desalentado, entonces, la única pregunta de la novela. La que retorna y no tendrá respuesta: «¿En qué momento se había jodido el Perú?» Y toda la conversación, en el bar de mala muerte que a sí mismo se da nombre de «catedral», se despliega, a partir de ese primer párrafo, como una desasosegante página en blanco.
No hay página en blanco para el español que hoy, ante el espectáculo de la delincuencia asentada en el consejo de ministros, se atreva –porque hay que atreverse y es amargo– a plantear para su patria esa pregunta: «¿En qué momento se jodió España?» Todos sabemos que la respuesta es desoladora. Tanto cuanto obvia. En el instante mismo en el que un presidente de gobierno decretó aliarse con los mentores de la mayor matanza de nuestra historia contemporánea. Y encontró el escalofriante refrendo mayoritario de los españoles. No, no fue el 11 de marzo de 2004 quien jodió España. Lo hizo el pusilánime presidente que decidió rendirse a los autores del crimen y aceptó, de inmediato, todas sus condiciones. Y que muy pronto remataría su compromiso, huyendo de Iraq y maquinando con los ayatolás iraníes lo que él llamó una «Alianza de Civilizaciones». En países menos melindrosos –y más serios–, Rodríguez Zapatero hubiera podido, tal vez, ser juzgado por alta traición. Aquí, habremos de conformarnos con que lo sea por «falsedad documental, blanqueo de capitales y organización criminal». Dicho en román paladino: por chorizo. Tampoco es que deba preocuparse demasiado. Siempre le quedará Pumpido. Como a todos.
Hasta aquel 2004, claro está que había habido en el socialismo español gente mala. Pero, incluso los peores, eran criminales políticos: los torturadores y asesinos del GAL, por ejemplo. Se abría, con Zapatero, un nuevo horizonte. Rotos todos los diques morales, la infamia del 11M inauguraba en la política española la tentación del gansterismo. En cuya barbarie vivimos. Una vez que su mangoneo en el gobierno acabó en quiebra nacional y con él de patitas en la calle, Zapatero decidió hacer negocio a lo grande. En materia crematística, buscó a los iguales que él. Nada más comprensible. Fue el mediador supremo del atajo de ladrones que, en torno a la dictadura de Nicolás Maduro, desvalijó Venezuela. Al precio, cuando le plugo, de humillar públicamente a las víctimas de la dictadura bolivariana. Y, cuando lo de Venezuela empezó a resultar demasiado ruinoso para seguir sacándole los higadillos, se pasó a China, que es una dictadura muchísimo más eficiente. Y que paga, con seguridad, muchísimo mejor. En familia. Siempre. La paternidad es sagrada.
Del PSOE que le legaron, hizo José Luis Rodríguez Zapatero una ciénaga en la cual, malamente, trataron de sobrevivir los muy pocos que aún no habían entendido que «socialista» significa en español «comisionista de altos vuelos». Tan altos como los vuelos de Plus Ultra. Al cabo, sólo un dirigente tan impecablemente exento de criterios morales como Pedro Sánchez, podía capitalizar consecuentemente la herencia del alquimista aquel que logró trocar la retórica arcangélica en dinero más bien oscuro.
Yo, de verdad, lamento que Zapatero vaya a la cárcel –si Pumpido no lo impide– por algo tan poco épico como llevarse comisiones a puñados, en negro y en banda organizada. Hubiera preferido que rindiera cuentas por la traición que vino tras un 11M cuyos centenares de muertos pesarán siempre sobre el alma de este pobre país. España se jodió en la glacial mañana de 2004 en que estallaron los trenes. Y, en medio de la humareda, emergió Zapatero.