Eduardo Uriarte-Editores
Estando las urnas andaluzas aún calientes, muy pocas horas después del resultado de las elecciones, Illa con Ezquerra Republicana pactan unos presupuestos con unas concesiones tales que podrían rebasar, por su trato privilegiado en lo económico y por sus competencias fiscales, el marco constitucional. Se certifica así, de facto, un proceso hacia un orden territorial, invento de Podemos, denominado plurinacionalismo. Precisamente ahora que en Andalucía emerge también una fuerza trotskista-nacionalista, que a Trotski le hubiera espantado, que, como el federalismo proudhoniano de Pi y Margal, nos conduce al caos.
Sin embargo, para Pedro II el de las Mercedes -mercedes para los que no quieren convivir en esta nación que él no conoce- le viene bien en su ansia de poder fomentar todo aquel corpúsculo o formación anticonstitucional que le otorgue los apoyos necesarios para seguir en la Moncloa, aunque no gane las elecciones. Con los votos del otrora partido socialista iría a la oposición. Con un conjunto de formaciones nacionalistas y antisistema puede, piensa, superar la ola conservadora que amenaza su poder. Al menos, con esa fórmula y una posible alteración del censo electoral, sueña con mantenerse. Pues los casos de corrupción, incluido el de ZP, no altera la adhesión de la feligresía que le queda en su desgastado suelo electoral. Como a Trump, podría asesinar a cuatro viandantes que sus fieles le seguirían apoyando.
El peculiar engendro del federalismo de Pi i Margall era contradictorio desde su planteamiento, pues lo que tenia de denominación federal se quebraba inmediatamente con su inspiración anarquista de otorgar la soberanía popular a cada ente político, ayuntamientos para ser precisos. Los cuales, borrachos de soberanía, se lanzaron a combatir al municipio vecino convirtiendo la península en un inmenso y caótico campo de batalla. Es decir, el federalismo que tanto teme las derechas españolas, por recuerdo del de PI i Margall, no era federalismo, era ante todo una propuesta anarquista. Les recomiendo a los de derechas echar un vistazo al federalismo norteamericano o al alemán con más detalle, pues podría solucionarnos el caos hace tiempo iniciado del desorden autonómico.
Si la soberanía otorgada a los municipios produjo aquella situación explosiva, qué decir del soberanismo que emergería de cada una de las múltiples naciones inventadas. Sería imposible la convivencia social, base necesaria de toda nación, aunque en unas próximas elecciones Sánchez volviera a ser investido presidente gracias a ese mosaico de naciones. El precio de esa investidura sería el caos político, la apoteosis de proceso centrífugo ya iniciado, y la explosión del enfrentamiento violento, sazonado previamente con la Memoria Histórica. Tras la mala experiencia del falso federalismo de la I República sólo nos faltaba conocer las consecuencias de otro acrático proceso plurinacionalista. Asistiríamos a la más profunda reacción histórica impulsada, nada menos, que por un bloque político denominado de “progreso”.
No es exagerada la consideración de absolutismo que un juez ha hecho tras la investigación de la arbitrariedad y abuso de poder en la señora del presidente. El plurinacionalismo impulsaría aún más el absolutismo traicionando todo el esfuerzo que el progresismo liberal -Espartero y Prim entre otros- costosamente impusiera con la unificación administrativa y territorial de nuestra nación. Unificación nacional que era en sí progreso, superando la dispersión territorial sobre la que emergía la figura del soberano absoluto, único referente unificador en la dispersión de los reinos y regiones del Antiguo Régimen.
Ese papel de soberano absoluto es el que ya ejerce nuestro soberano presidente. El juez tiene razón al comparar los comportamientos actuales con los que se daban en el absolutismo. Pues se gobierna por decreto, funcionamos sin presupuestos, se amnistía a los que le viene bien, se hacen negocios inconfesables, los comportamientos se asemejan a los de los señores del pasado, vicios incluidos, y la relación política es unilateral con cada territorio. Reacción al pasado, aunque lo llamen progreso, y su actor es Pedro II el de las Mercedes plurinacionales.