Javier Santa Cruz-Editores

A la espera de una OTAN distinta de la que hemos conocido hasta ahora —una OTAN en la que Europa tendrá que asumir un esfuerzo mucho mayor, tanto económico como en términos de responsabilidad estratégica, ante unas exigencias crecientes de unos Estados Unidos cada vez más volcados en el Pacífico— Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Italia, Reino Unido, Francia y Alemania han terminado articulando una posición común, crítica y exigente, frente al comportamiento expansionista de Israel. Tal vez sigan siendo hoy las democracias más sólidas que resisten el avance del populismo, el extremismo y los liderazgos autoritarios. Y España no está, ni se la espera.

Nuestra ausencia —que previsiblemente irá a más— de esos espacios de decisión y de influencia internacional es el resultado de haber construido la política exterior sobre ideas infantiles, postulados demagógicos y oscuros intereses de trastienda. Durante un tiempo pareció que España, por fin, iba a convertirse en un país homologable a los de su entorno. Pero Sánchez —y antes, y después, Rodríguez Zapatero— nos han devuelto a una política exterior caprichosa y arbitraria, guiada por intereses ideológicos y, lo que resulta más triste, por intereses particulares.

Con su mezcla de soberbia e ignorancia, no son conscientes del daño que han causado a la aspiración de una España normal, seria y fiable.