- Cuando algunos se atrevían a vaticinar que Sánchez acabaría mal, el PSOE y su corte los ponían a parir, pues bien, ya estamos ahí
Conmovedor. Se divulga de buena mañana el informe de la UCO sobre Begoña, que muestra sin atisbo de dudas sus chanchullos como extraordinaria y muy complutense catedrática, y los medios del régimen reaccionan celebrando que no se la acusa ni de la muerte de Manolete ni del robo del tren de Glasgow.
La situación que padecemos en España es como si un alpinista anémico, con problemas severos de movilidad, atrofia pulmonar y un corazón averiado se empeñara en subir andando a la cumbre del K2. Todo el mundo ve que su situación es absurda, imposible, ridícula. Pero el alpinista destrozado mantiene compradas y sometidas a unas cuantas televisiones, donde comentaristas untados por sus prebendas lo presentan como un Superman que es víctima de una conjura de sus enemigos. Quieren acabar con él por los nobles valores que encarna.
Algunos periodistas y políticos –muy pocos– se atrevieron a vaticinar hace ya un par de años que «Sánchez acabará mal». La escandalizada respuesta del PSOE consistió en poner a parir a los augures fachosféricos que se atrevían a pronosticar tan descabellada hipótesis sobre el futuro del egregio referente «progresista». Pero ya estamos ahí. Asistimos a una impresionante explosión de mugre, mientras el alpinista acabado se empeña en simular que se mantiene en la cima.
Pensaban que aquí nunca ocurriría. Pero ya había ocurrido en grandes países de Europa. El socialista Bettino Craxi, que fue primer ministro de Italia, murió refugiado en Túnez, a donde se había escapado tras el estallido del escándalo de Tangentopoli. La formación de Craxi, el veterano Partido Socialista Italiano, fundando en 1892, se disolvió en 1994. La corrupción se lo llevó por delante. El presidente francés Sarkozy, gran divo, encantado de haberse conocido en sus días dorados en el Elíseo, ya ha dormido en el trullo y puede volver a él. Chirac también fue condenado: dos años de cárcel por malversación de fondos públicos, pena que no llegó a cumplir por su avanzada edad y delicada salud.
Durante largo tiempo, la propaganda agobiante del Gobierno hizo creer a la opinión pública que el sanchismo no terminaría así. Si alguien mentaba tal posibilidad, era tachado de exaltado. Hoy ya no resulta descartable.
Disculpen la expresión, pero es la que lo deja más claro: la mierda está saliendo a chorros. Cuando la Moncloa intenta tapar un manchurrón, se encuentra con que ya los embadurna una nueva salpicadura. Estábamos digiriendo todavía las andanzas de Zapatero cuando llegó el informe con las de Begoña, donde se acredita que se saltaba las normas de contratación, pasaba la boina a enormes empresas aprovechando el cargo de su marido y creía que la Universidad Complutense era su oficina boutique para jugar a los empresarios.
Y no hemos acabado todavía de estudiar los detalles de las aventuras de la tetraimputada y del sumario de ZP cuando al final de esta semana comenzará otro gran espectáculo: el hermanísimo en el banquillo de Badajoz, de donde todo indica que saldrá condenado. El informe sobre la catedrática extraordinaria sin título universitario, el caso de la alegre mascota del sanchismo, Zapatero, y los avatares de los golfos ilustres del PSOE se solaparán con el gran show que promete la peculiar personalidad del maestro Azagra. El recital puede superar incluso los deliciosos arpegios de su aclamada Danza de las chirimoyas.
Sánchez se podía haber ido a su casa tras perder en 2023 y dejar así una pequeña posibilidad de futuro a su partido. Pero ha elegido un final a lo pato laqueado. Cada día se va abrasando un poco más en el escaparate policial y judicial mientras en su infinita egolatría sigue pensando que es el gallo del corral y que todavía puede darle la vuelta al marcador. Asistimos a la demoledora traca final. Es la mascletá del sanchismo y la quema de sus figuras de cartón piedra.