Borja Vivanco-El Correo

  • Estaba convencido de la superioridad lingüística y cultural del pueblo alemán y no pidió perdón por su apoyo a Hitler

Se cumplen cincuenta años de la muerte del intelectual alemán Martin Heidegger (1889-1976), sin duda el filósofo más influyente de los últimos cien años. En concreto, no se ha vuelto a escribir otro libro de filosofía que haya logrado el interés y la relevancia de ‘Ser y tiempo’, publicado en 1927.

La gran aportación de Heidegger es la puesta en valor del «estudio del Ser» frente a la tradición metafísica, a la que acusaba de haberse centrado en la reflexión sobre los «Entes» (Dios, personas, naturaleza, mundo…). La persona humana angustiada y arrojada a la existencia («Dasein»), consciente de su temporalidad y capaz de trazar un destino «auténtico», es el «Ente» llamado a conocer el «Ser». Sus textos y conceptos son a menudo complejos y muchas veces ambiguos, lo que ha despertado aún más la fascinación por su obra filosófica.

Sin embargo, la biografía del autor es muy controvertida, ya que fue miembro del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (el partido nazi) desde 1933, año en el que Adolf Hitler asaltó el poder, hasta 1945, fecha de su suicidio. Heidegger, de modo indisimulado, respaldó a Hitler durante los dos primeros años de la era nazi, el tiempo en que fue rector de la muy prestigiosa Universidad de Friburgo.

Al finalizar la contienda bélica, al igual que dirigentes y militares de alto rango durante los años del Tercer Reich, Heidegger fue obligado a un proceso de ‘desnazificación’, y se le prohibió impartir clase en la universidad durante un lustro. Sin embargo, no solo no pidió perdón por su pasado nazi, sino que daba la sensación de que continuaba contemplando en el nacionalsocialismo una doctrina política más que aceptable en algunos de sus planteamientos.

Durante las últimas décadas de su vida llevó una existencia más bien discreta, si bien continuó escribiendo, profundizando con agudeza en su pensamiento filosófico y dejando fascinadas a personas con inquietudes intelectuales de todo el mundo. De hecho, los textos de Heidegger han despertado interés en múltiples disciplinas, desde la artística -uno de sus admiradores fue el escultor vasco Eduardo Chillida, por ejemplo- hasta la psiquiatría.

Sabemos bien que, en octubre de 1936, el bilbaíno Miguel de Unamuno transformó su discurso como rector en la Universidad de Salamanca en un improvisado y valiente alegato contra la violencia de la Guerra Civil española, lo que le costó su inmediata destitución y, según algunas versiones, hasta su vida. En cambio, la intervención de Heidegger durante su toma de posesión como rector, en 1933 se convirtió en un inteligente acto de propaganda nazi, llegando a alinear conceptos sustantivos de su obra filosófica con la dialéctica nacionalsocialista. Es probable que, en ese momento, el filósofo aspirara, además, a convertirse no solo en un ideólogo del nazismo, sino quizá en su principal referente intelectual.

Al respaldar el fascismo conocía que Hitler y sus seguidores eran antisemitas, racistas, muy violentos y despreciaban la democracia

El apoyo de Heidegger al fascismo en ese año 1933 tuvo lugar cuando el filósofo conocía a la perfección que Hitler y sus seguidores eran racistas y antisemitas, extremadamente violentos y despreciaban los valores democráticos. Y no fue el único. Hubo algunos otros intelectuales y científicos germanos de renombre que respaldaron el totalitarismo, incluso premios Nobel de Física (Philipp Lenard y Johannes Stark) o Medicina (Konrad Lorenz).

Heidegger no compartía los postulados biologicistas y pseudocientíficos del nazismo, es decir, no creía en la supremacía biológica de la raza aria, pero sí estaba absolutamente convencido de la supremacía cultural y lingüística del pueblo alemán. Así pues, veía en su país el baluarte de la esencia de la cultura occidental frente a las sociedades «tecnificadas», como Estados Unidos y Rusia, que habían derivado en el «olvido del Ser».

Por otro lado, defendía que solo se podía escribir metafísica en griego clásico o alemán. De este modo, formuló gran número de nuevas palabras o conceptos en su lengua, en ocasiones de muy difícil traducción, a fin de sintetizar sus aportaciones filosóficas más originales, pero también con el propósito de que su obra solo se leyera e interpretara en su idioma materno.

Al mismo tiempo, a pesar de que mantuvo un romance extramatrimonial con la pensadora alemana de origen judío Hannah Arendt (1906-1975), en algunos textos se repiten comentarios antisemitas. Y naturalmente compartía con gran resquemor, junto a millones de alemanes, el sentimiento de humillación después del Tratado de Versalles.

Esos son, en definitiva, los ingredientes que indujeron la simpatía de Heidegger por el nazismo. Muchísimos de sus compatriotas cayeron también en las redes del fascismo, pero no eran tan inteligentes como él. Por fortuna, solo de manera muy marginal su magna obra escrita contiene algún elemento que se pueda relacionar con el totalitarismo.